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Vaqueiros de antaño

Sociedad

Vaqueiros de antaño

La antropóloga María Cátedra narra sus viajes hace 40 años por los concejos de Valdés y Tineo, donde captó más de un millar de fotografías que acaba de donar al Museo del Pueblo de Asturias

08.03.14 - 01:10 -
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Tenía 22 años, un Seiscientos de cuarta mano, un magnetofón y una cámara Zenit bien surtida de negativo en blanco y negro. Tenía toda la ilusión del mundo, una licenciatura recién estrenada por la Universidad Complutense y un ansia infinita por saber más y más sobre los vaqueiros de alzada. Con ese equipaje, María Cátedra (Lleida, 1947) llegó desde Madrid cuando los sesenta llegaban a su fin para encontrar en una visita exploratoria territorios para estudiar desde una perspectiva antropológica moderna. Y los halló en los concejos de Tineo y Valdés, en las brañas, en los chigres, en las fiestas, las bodas y los funerales. En 1970 comenzó a realizar trabajo de campo para una tesis doctoral sobre los vaqueiros de alzada que leería dos años después en la Universidad Complutense. Y volvería más tarde para realizar un segundo doctorado en la Universidad de Pensilvania en 1984. Ahora todo el material fotográfico y las distintas publicaciones realizadas por esta catedrática que es directora del Departamento de Antropología Social de la Complutense obra ya en poder del Museo del Pueblo de Asturias, al que ha donado negativos y positivos hasta superar el millar de aquellos tiempos en los que Asturias aún se veía en blanco y negro.

«Yo era María la de la tesis, pero nadie sabía lo que era una tesis», recuerda hoy esta mujer que se recorrió el Occidente de Asturias en los correos antes de que una beca de la Fundación March le permitiera financiar un Seiscientos con el que, además de llevar a cabo su investigación, ejercer de taxista improvisada para los vecinos de la zona. «Si había que avisar al veteriano porque paría una vaca, me llamaban a mí... Y una vez a punto estuvo de nacerme un niño en el coche, al final llevé a la madre a Luarca y le vi nacer», rememora.

Fue absolutamente fascinante su trabajo en aquella comarcar rural en la que todo eran carencias, pero en la que sus vecinos se hicieron sus cómplices «para que sacara buenas notas» con aquella tesis que no sabían qué fin podía tener. A base de vivir con ellos, les conoció a fondo. Viajó a caballo a las brañas, compartió experiencias, creencias, celebraciones. «Las cosas han cambiado mucho. Entonces había pueblos sin luz, sin agua corriente, no había sanitarios... Para mí, que había vivido siempre en la ciudad, fue un choque enorme», detalla la antropóloga, quien subraya que aquella experiencia marcó su vida y su carrera: «La gente de las brañas me ayudó a ser antropóloga, fue fundamental en mi vida y en mi trabajo», dice.

Y eso que al principio le costó. «Había mucha suspicacia, había quien decía que si era una espía de Franco, imagínese lo que era entonces una chica joven sola andando por los caminos, llamaba la atención, y no entendían mi trabajo». Pero se lo curró a fondo. Cuando aterrizó en Navaral era otoño y no había llegado la maestra que debía dar formación a los niños. Y en un pis pas y durante tres semanas se hizo maestra de una clase de treinta niños entre cinco y 15 años. «Fue un horror», ríe hoy. Pero le sirvió para conocer a la gente, para que la invitaran a la matanza, para que la madre de uno de sus alumnos la acercara a la braña. Entonces apareció la gente cariñosa y dispuesta ayudar, que le enseñó a cantar y bailar sus canciones y sus danzas y que se acercó a su cámara y a su magnetófono. «Muchos nunca habían escuchado su voz grabada». Y muchas de las fotos que tomó con su cámara réflex tenían como fin entregarlas a sus protagonistas, poco acostumbrados aún a ver su estampa sobre papel.

Cintas y fotografías tomaron forma de dos tesis doctorales -la segunda, leída en inglés en EE UU, obtuvo el Premio Nacional de Investigación Marqués de Lozoya- que inauguraron en Asturias la antropología moderna de la mano de los vaqueiros de alzada. Aquellos 18 meses de trabajo de campo entre 1970 y 1975 transitando la cotidianidad de Naraval, Escardén, Folgueras del Río, Businán, Los Corros, Las Tabiernas, Navelgas, Ariestébano, Luarca o el santuario del Acebo están ya guardados a buen recaudo en el museo gijonés y al alcance de quienes los puedan necesitar para futuras investigaciones.

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