Una casa con vida

ÁNGEL ANTONIO RODRÍGUEZ |GIJÓN
La artista, en su estudio. CITOULA/
La artista, en su estudio. CITOULA

Advirtiendo su rostro juvenil, su sonrisa y su perenne ímpetu, podríamos suponer que Maite Centol (Logroño, 1963) acaba de empezar su carrera. Pero hace dos décadas (largas) que llegó a Asturias y se zambulló para siempre en la difícil aventura artística de una región que vive contrastes culturales para todos los gustos. Sus trabajos individuales y colectivos siempre han sido frecuentes en nuestro circuito pero hoy, quizás, más valiosos que nunca.

Tiene el taller de trabajo en su propia casa, en la gijonesa calle Marqués de San Esteban. Es un piso antiguo de grandes pasillos y altos techos que le permite almacenar grandes pinturas, fotografías, restos de instalaciones, equipos multimedia, recuerdos y dossiers que documentan sus últimas actividades dentro y fuera de España. Hay mucha luz, una armonía levemente caótica y bastante silencio que, de vez en cuando, rompe Astérix, su gato adoptado, también conocido como * (asterisco).

Acaba de llegar de Guadalajara (México), tras un mes realizando allí las múltiples acciones de su proyecto Palimseptos que planteó reflexiones sociales sobre el muro inferior de La Galletera, límite y referente en los viajes de tren de la frontera norteamericana. «Son acciones que tienen un carácter reivindicativo del lugar, como espacio donde está impresa la historia», dice mientras muestra imágenes de aventuras como las que plasmó recientemente en los muros de Naval Gijón. «En los astilleros me fijé en las reivindicaciones laborales y sociales, el futuro incierto de la ciudad, emblema del pasado, y su contraste con el acoso de la reconversión». Rebeldía, solidaridad y diálogos sobre el muro que llevó también a la ciudad sueca de Linköping, y a las jornadas de arte en Valparaíso (Chile). «Las líneas, las manchas, las vivencias de esos muros y las acciones se superponen hasta la desaparición total. Una misma acción en espacios y tiempos diferentes, sobre contenedores representativos de la urbe, queda definitivamente tensada con la grabación en vídeo y proyección posterior».

La clave creativa de Maite es su buen ánimo. Así lo patentaba la beca AlNorte que recibió de EL COMERCIO en 2006 por su proyecto Yo soy optimista, expuesto en la galería Espacio Líquido. Se trataba de una original manera de reivindicar la pintura como arte vivo y el uso de las nuevas tecnologías para constatar que las disciplinas son complementarias y lo importante es la calidad. La instalación asumía las paredes como un mural pictórico, un work in progress de diferentes soportes (vinilo, acrílico, cintas de colores) que tomaban fondo y forma a partir de un grupo de cuadros en pequeño formato de su serie Base para días alegres. Nueva apuesta de Maite, nuevo guiño en la búsqueda de la felicidad. Aquel proyecto dio una vuelta de tuerca en 2008 en la colectiva Arte AlNorte del Centro Cultural Cajastur Palacio Revillagigedo, actuando a modo de diario para proponer texturas, geometrías y emociones donde el espacio arquitectónico y la experimentación obligaban al espectador a articular otras posibilidades interpretativas. Libertad y optimismo, piedras filosofales de sus obras.

Forma y paisaje es otra dualidad común a su trayectoria, como demostró este último verano en las Bodegas Contador de La Rioja, encajando sus obras entre vinos y viñedos, proponiendo lecturas cruzadas que implicaban a otras personas. Maite Centol, otra vez, colaborando. Otra vez brindando sus personales trabajos al debate colectivo, lejos de aspavientos, cerca de la ciudadanía. El Espacio de Creación y Didáctica que coordina desde hace años en Gijón junto a su hermana Carmen es otro ejemplo de tales inquietudes, con hermosos proyectos infantiles que, a modo de talleres, suele llevar al Festival Internacional de Cine, la Semana de AlNorte, las asociaciones vecinales y otras aventuras diseñadas para «hacer y pensar» en grupo. Lo mismo ocurre en sus Encuentros de Arte Público del Barrio de El Carmen, una programación estival autogestionada por los artistas que se plantea como encuentro experimental bajo nexos comunes, tratando de implicar al público con el ambiente festivo, la música y las intervenciones callejeras.

Acciones-encuentros de Maite Centol, metáforas de una actitud tan vital como necesaria. En El buen lugar, que presentó en 2007 en el entorno románico de Villaviciosa y continuó en el Jardín Botánico de Gijón, mezclaba elementos icónicos y lingüísticos asumiendo los personajes como porteadores de un objeto que afirmaba su propia existencia. La misma línea le sirvió para la Capilla de San Benito, en León, donde se atrevió a recuperar la sentencia de uno de los teólogos de la orden («El arte supremo es el amor a Dios») y colgó un rótulo luminoso con otra verdad, quizás, más escueta y rotunda. («El arte supremo es el Amor»). Marcando distancias, al margen de polémicas, como en la acción El que pueda oír que oiga del proyecto colectivo Peregrinatio de Sagunto (Valencia, 2008), donde compartió la espiritualidad y la mística de la ermita de Santa María Magdalena utilizando estrategias críticas de artistas como Jenny Holzer o Bárbara Kruger, para dar nuevas prioridades a elementos lingüísticos. «Se fundamentaba en la figura de María Magdalena a través de los textos bíblicos, reapropiándose de los términos que la han definido históricamente en los diferentes evangelios». La intervención se materializaba en la fachada por medio de un texto integrado sobre el blanco, centrado, con una tipografía sencilla, casi invisible. «Mirar, miraréis, pero no veréis». La obra denunciaba la tradicional discriminación de la mujer en la iglesia católica. «Hablo del poder androcentrista de la iglesia. Una metáfora de la ocultación a través de la adjetivación que representan los estereotipos femeninos».

Llama la atención que, pese a su multidisciplinaridad, Maite siga manteniendo fe en la pintura. Una pasión que, lejos de reducirse, se ha intensificado con el tiempo. Le gusta lanzar sentencias acerca de su vigencia y del poder liberador del arte. En sus pinturas confluyen la esencialidad y el ritmo que, a modo de series, configura, corta, pega, marca, perfora o dibuja en un complejo mundo de elementales sensaciones, caminando en línea recta hacia el infinito, a través de combinaciones casi espirituales que parecen retomar aquellas palabras de Goethe cuando escribía «si quieres correr hacia el infinito basta con que camines en lo finito hacia todos lados». Ella ya hacer andar su arte incluso sobre suelas de zapatos viejos. Palabras, colores, acciones, amigos, encuentros. Homenajes de Maite Centol a la armonía, las tensiones polimórficas y las cadencias espirituales.

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