Cela: 20 años de un Nobel, 27 de un bulo

Se cumplen 27 años de que <strong>Asturias se levantara contra Camilo José Cela</strong> <strong>por un polémico</strong><strong> insulto a la Santina atribuido al escritor por error</strong>

PACHÉ MERAYO
Camilo Jose Cela, recibiendo de manos del rey de Suecia Gustavo Adolfo, el Premio Nobel de Literatura. Un octubre por el que han pasado ya 20 años. / EFE/
Camilo Jose Cela, recibiendo de manos del rey de Suecia Gustavo Adolfo, el Premio Nobel de Literatura. Un octubre por el que han pasado ya 20 años. / EFE

En 1989, hace exactamente 20 octubres, le fue concedido el Premio Nobel de Literatura «por ser la figura más destacada de la renovación literaria en España» a un gallego socarrón llamado Camilo José Cela. Siete años antes, en setiembre de 1982, una buena representación de asturianos intentó que su carrera se paralizara, que sus lectores dejaran de serlo y, por supuesto, que el Premio Príncipe de Asturias de las Letras que llegó a sus manos en 1987 nunca fuera posible. Y todo por un bulo que recorrió rincones de calles y despachos, de prensa escrita, hablada y vista. Un bulo que ponía en boca del gran escritor una ya conocida sentencia: «¿Qué la Virgen de Covadonga es pequeñina y galana? ¡pues que se joda!». Aún hoy es imposible saber con certeza de dónde salió la falsa noticia, quién se ocupó de divulgarla y ponerla en boca de Cela. Son muchas las versiones que se cuentan y, curiosamente, todas ponen en boca de mujer la frase que se convirtió en auténtico escándalo.

Esmeralda González Suárez, propietaria del restaurante Nalón, asegura desde hace 27 años que tal «improperio» fue lanzado al aire delante de ella. Dicho de otro modo, que sabe de la mejor tinta posible que la frase del alboroto no llevaba el acento de Cela. Ahora bien, como el Nobel, Esmeralda asegura que nunca desvelará quien le puso voz. «Don Camilo decía: 'no he de desmentir nada, porque nada dije y nunca contaré quién fue la persona que se expresó así, porque un caballero nunca descubre a una dama'». La restauradora hace hincapié en ese punto. La dama. «Sí, fue una mujer», asegura. E insiste: «Nunca y por nada de mundo diré quién». Tampoco descubre Esmeralda González al resto de los compañeros de mesa de aquella velada. Eran unos ocho y entre ellos, seguro, estaba Emilio Alarcos Llorach. No en vano el lingüista también fallecido era el causante de que Cela acudiera con frecuencia a la mesa de Esmeralda «para degustar la merluza a la sidra», algo que hacía «cada vez que se acercaba a 300 kilómetros a la redonda de nuestra casa. O eso decía siempre».

El relato de esta devota de don Camilo, al que adoró desde el principio («por caballero y buen escritor. Era el autor favorito de mi padre», cuenta), no coincide con otros. Para José Manuel Vilabella, Premio Nacional de Gastronomía y colaborador de EL COMERCIO, la frase del escándalo no fue expresada en comedor alguno, sino en una librería cercana al edificio histórico de la Universidad de Oviedo.

A diferencia de Esmeralda, Vilabella no tiene reparo en dar identidad de la autora de lo que ya se ha convertido en un chascarrillo odiado. Según dice, ésta fue la primera esposa de Emilio Alarcos Llorach, «una inglesa algo loca, pero muy ingeniosa, que era conocida por tener salidas de tono de calibre parecido». Avala a Vilabella la relación con el escritor. Epistolar durante 20 años («precisamente, desde que saltó lo de la Santina») y en alguna ocasión más cercana, ya que llegó a recibirle en su casa. Fue allí mismo en su salón, entre sus libros, donde el autor de 'La familia de Pascual Duarte' le confesó quién estaba detrás del entuerto. En honor a la verdad, hoy nadie puede asegurar haber escuchado a inglesa o española decir la frase tristemente famosa. Sin embargo, hay documentación abultada y memoria suficiente para recordar qué respuesta tuvo una parte de la población asturiana ante la asociación de la sentencia con la voz ronca de Cela, que creyendo que la cuestión no iría a ningún sitio la reprodujo en los 'Cuadernos del Norte' de septiembre de 1982, envuelta en otros cien dichos.

La publicación, que guiaba el escritor Juan Cueto, fue la primera en recibir oleadas de cartas de protesta. Como ella, Cajastur, por financiar la revista. En el despacho de Graciano García, director de la Fundación Príncipe también llovieron misivas intentando disuadir de concederle el galardón de las letras que se llevaría en 1987.

Hoy aquello está olvidado y parece asumido que Cela, bautizado Camilo José María Manuel Juan Ramón Francisco Javier de Jerónimo Cela Trulock, nunca insultó a la Santina. Pero el escritor, fallecido en Madrid en 2002, que está en el recuerdo de los muchos que lo admiraban como don Camilo y en el de los bastantes que le odiaban como el «canalla de Cela», sigue enfrentando a defensores y detractores. A quienes gustaba su prosa escrita, su verbo alto e ingenioso y su capacidad para evadirse de toda norma, haciendo alquimia entre humor, ternura, horror, desenfado léxico y recursos escatológicos, con los que le definían como delator de opositores al régimen y censor, que, en lo literario, como decía Dionisio Ridruejo, había puesto en marcha un mecanismo que era pura «estrategia de la fama, el culto a la personalidad y la voluntad imperativa».

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