Un círculo desasosegante

‘Los círculos concéntricos’ del poeta Alejandro Céspedes (Gijón, 1958) acaba de ganar el Premio de la Crítica de Asturias de poesía en castellano de 2008.

Alejandro Céspedes, en la presentación de uno de sus libros./
Alejandro Céspedes, en la presentación de uno de sus libros.

Un libro que ya había merecido el premio Blas de Otero, y que hoy en día resulta imposible de encontrar en las librerías (la verdad es que siempre resultó); por fortuna, el autor lo ha colgado en su página web.

Estamos ante el libro más arriesgado de Céspedes y no olvidamos su James Dean, amor que me prohíbes del ya lejano 86, y quizás el mejor. Los círculos concéntricos es en realidad una historia escrita en prosa que, como todas las historias que bien se cuentan, requiere una lectura ordenada. Una historia con principio y final que se desarrolla alrededor de este círculo de 27 radios acerados y brillantes. Y sin embargo, a pesar de lo dicho, o precisamente por eso, estamos ante un libro de honda poesía. Aquello que decía Leonard Cohen de que la poesía no sólo está en los libros donde los renglones no llegan hasta el final, adquiere aquí plena vigencia.

Ya en el primer poema del libro («Quién dice a la caricia cuál es el territorio prohibido») la protagonista (¿trasunto del autor, un inequívoco juego de espejos al modo de Marcel Proust y su barón Charlus?) nos muestra la localización exacta del campo de batalla donde se va a desarrollar esta particular tragedia, este cuerpo a cuerpo entre un adulto y una menor de 12 años.

La confusión («No alcanzo a discernir qué diferencia existió entre unos besos y los otros. Entre los que me hacían dormir como los pájaros con la cabeza envuelta en sus alas, y los otros»), la culpabilidad («Tal vez no fue su culpa. Tal vez no supe hacerme huraña a su mirada cuando veía sus ojos reptando por mis muslos »), el erotismo («Y él me abría el pijama muy despacio porque el secreto nace justo dentro del alma de las niñas»), la aceptación («todo está consumido y sé que es imposible apartar de mí el cáliz auque haya bebido de él hasta saciarme»), el dolor («Su nombre se me hizo intolerable»), se suceden en estas 27 confesiones de la niña Aurora con una claridad que desarma al más prevenido de los lectores.

Y es que Céspedes nos comunica con su particular círculo una inquietud que, si bien comienza en el primer verso, no por ello finaliza al cerrar el libro Es un desasosiego que permanece, el desasosiego que genera el descubrimiento de que los mundos prohibidos no están en la Conchinchina, ¡ay!, sino justo en el piso de abajo.

Si la poesía tiene la capacidad de sublimar la realidad, incluso la más oscura, Los círculos concéntricos es un notable ejemplo de ello. Lenguaje directo y no por ello menos lírico que atrapa y hace dudar. La víctima y el verdugo. ¿Es todo tan sencillo? Céspedes los cubre a ambos con la mirada generosa del que intuye los caminos ocultos, las trampas y los chantajes sentimentales, pero también la imposición y el abuso que se suelen dar en las relaciones pedófilas. ¿O no es de esto de lo que habla Los círculos concéntricos?

Un libro desasosegante y hermoso:

Somos nuestro secreto me decía.

Y apagaba la luz.

Los secretos brillan todavía

más en la penumbra.

Y yo ni me atrevía a respirar.

Decía cierra los ojos, los secretos tienen un brillo tan intenso

que quema las pupilas de las niñas.

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