Herrero, en la forja

Herrero, en la forja

Sergio Herrero Álvarez arrasó esta semana en las elecciones al Decanato del Colegio de Abogados de Gijón. A sus 47 años, este gijonés que lleva ejerciendo la abogacía desde 1987, se ha sucedido a sí mismo tras un mandato algo crispado, en el que tuvo que lidiar con las novedades que supuso el traspaso de competencias del Ministerio de Justicia al Principado de Asturias, además de una huelga de abogados del turno de oficio.

Herrero parece hacer gala a su apellido de forjador de materiales duros a base de paciencia, maña y capacidad para resistir el calor sin quemarse. Sin caer en juegos de palabras fáciles, quienes le conocen desde sus inicios e, incluso, desde la Universidad advierten que se trata de un hombre que se ha forjado a sí mismo a base de años de trabajo, mano izquierda en los conflictos, las palabras justas y saber ver los huecos en los que meter la cabeza.

No fue un estudiante de expediente arrasador. Herrero no era empollón, pero como suele pasar en otros casos, las aulas fueron un primer paso para saber que la vida y el ejercicio profesional suelen ser los mejores catedráticos cuando se quiere. Su padre fue Gin Herrero, miembro de una casta de gijoneses 'de toda la vida' como fueron José Guerra, Carlos del Castillo y otros nombres propios de mucha sonoridad social en el Gijón de la posguerra. Su tío es José Ramón Herrero, durante muchos años destacado militante socialista (primero comunista), que ocupó todo tipo de cargos públicos hasta que decidió darse de baja como militante del PSOE.

De manera que Sergio Herrero vivió desde niño en un mundo de personas significadas en sus respectivos ámbitos sociales e ideológicos, tal vez esa sea la razón por la que uno de los rasgos de su personalidad es la discreción. Sus relaciones con la prensa son restringidas. No suele salir en los papeles más de la cuenta, ni busca más titulares que los justos. Cuando se le entrevista opta por respuestas muy medidas, pesadas y matizadas. Parece dictar la respuesta en vez de contestar. Escucha a su interlocutor con mucha atención y responde con aspecto reconcentrado, como cocinando cada palabra. Ya se sabe que todos somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras. Herrero parece tener esta lección bien aprendida, siempre en la línea de forjar de si mismo una figura compacta y cada vez más sólida, empeñado en ser un tanto impenetrable. Si uno se fija en las fotos de las entrevistas, el abogado Herrero posa con un gesto adusto, algo hierático y que no permite deducir ni sus pensamientos ni su humor. Sin fisuras. Cuida su aspecto físico, perdió peso de manera notable y añadió a su imagen una barba que pasó de darle un aspecto algo rebelde, a conferirle ahora un aura madura y en progresión no exenta de cierta coquetería muy medida. Siempre en la forja.

Al actual decano de los abogados gijoneses no se le conocen militancias políticas notorias, a excepción de los devaneos juveniles en diferentes direcciones que, algunas fuentes consultadas, insisten en vincular más hacia la derecha. En cualquier caso, sus comparecencias públicas se centran mucho en hacer un discurso profesional, destinado a defender a sus colegas y su oficio. Sólo arremete contra la Administración cuando se trata de discutir cuestiones que afectan al colectivo que representa. Lo demás, se lo guarda.

Sus primeros pasos en el foro los dio de la mano de José Joaquín García, el casi mítico y barbudo penalista gijonés. Quienes conocen a Herrero dicen que su aprendizaje junto a José Joaquín García fue determinante para hacer de él un buen profesional y un buen compañero de profesión. En el campo de los penalistas, Sergio Herrero pasa por ser junto a José Joaquín uno de los mejores de Asturias. Desde luego, en Gijón lo es. «Juega limpio», dice de él un abogado gijonés. No siempre es fácil defender a acusados de narcotráfico o delitos de sangre. Es una especialidad dura, sometida a una presión social y mediática muy grande y en la que toda prudencia es poca. Quienes conocen a Herrero dicen que su despacho funciona bien y que él es un buen abogado que va por el camino correcto. Si se introduce su nombre en el buscador Google, la mayor parte de las casi 700 entradas que aparecen tienen que ver con artículos sobre cuestiones jurídicas firmadas por el decano gijonés o por su presencia en jornadas, simposios y similares. El Herrero jurista de fuste también se ha forjado en este tiempo.

Han pasado muchos años desde que Sergio Herrero empezó a ejercer como abogado en un piso de la gijonesa Ruta de los Vinos. Un piso que, según cuentan testigos presenciales, hacía gala de unos excesos decorativos que no eran demasiado propios de un despacho de abogados. Todos los principios son duros.

El decanato ha sido una oportunidad de seguir forjando su carrera y no la ha desaprovechado. Algunos de sus colegas le reprochan haber sido poco beligerante en la defensa de las retribuciones del turno de oficio, de haber generado unas expectativas por encima de lo realizado. Esperaban más de su gestión y esa oposición interna se tradujo en tres candidaturas al Decanato. Sin embargo, Sergio Herrero mantuvo el pulso. Hizo una discreta campaña basada en llamar por teléfono a cada uno de sus colegas solicitando el voto, y poco más. Herrero sabe que la abogacía es un colectivo que sólo hace experimentos con gaseosa y, convencido de que el electorado no daría saltos mortales sin red, consiguió un récord de participación y de votos.

Un martillazo más para seguir la forja.