De la sartén al Mercedes

Roberto Sánchez carga el depósito de su coche con aceite de los bares. Ahora se ha propuesto arrancarlo con agua

ZURIÑE ORTIZ DE LATIERRO
Siete vidas verdes. Mientras la cumbre  del cambio climático trata de combatir el efecto invernadero, miles de españoles piensan y viven en verde. V les hace protagonistas en una serie de reportajes donde desfilarán un murciano con una lavadora a pedales, una ingeniera vallisoletana que pastorea con ovejas o un gijonés que da recados en bici.
                        Roberto Sánchez, subido a su 'Merceditas', en la costa santanderina. ::
                             ANDRÉS FERNÁNDEZ/
Siete vidas verdes. Mientras la cumbre del cambio climático trata de combatir el efecto invernadero, miles de españoles piensan y viven en verde. V les hace protagonistas en una serie de reportajes donde desfilarán un murciano con una lavadora a pedales, una ingeniera vallisoletana que pastorea con ovejas o un gijonés que da recados en bici. Roberto Sánchez, subido a su 'Merceditas', en la costa santanderina. :: ANDRÉS FERNÁNDEZ

Roberto no puede parar quieto. Y como tampoco le va demasiado eso de trabajar de lunes a viernes a cambio de un sueldo fijo, ha dado con la fórmula para atravesar España con sus tablas de surf sin gastar apenas unos euros en combustible. Lo coge gratis de las freidoras de los restaurantes, salvo cuando el tasquero de turno se pone terco y debe poner rumbo a la gasolinera más cercana. Porque su 'Merceditas' anda con todo. Incluso se ha propuesto arrancarlo con el hidrógeno que le roba al mar. Se trata de un Mercedes 300 TD familiar de 1982, con una bomba de inyección prodigiosa, en manos de un peculiar surfero empeñado en vivir en un mundo más limpio y justo.

Santanderino, de 38 años, pasa los días solo en un semisótano con vistas al Sardinero donde sueña con recorrer 100 kilómetros con un litro de agua. «La investigación es cara. El hidrógeno es muy inflamable, pero en cuanto tenga dinero... lo conseguiré».

Roberto Sánchez no es ingeniero ni científico. Ahora sólo diseña y arregla tablas para cabalgar sobre las olas. Pero esconde un currículo tan extenso como sorprendente. Se estrenó a los 17 años como camarero. Luego estudió Artes y Oficios y empezó a ilustrar guías de naturaleza hasta que se cansó de dibujar pájaros y flores. A los 29, hizo el petate y se plantó en Estados Unidos. Trabajó de albañil, encofrador, electricista y carpintero. A ratos. Sin mucho estrés. «En veinte días hacíamos una chalé de un millón de dólares. Yo sacaba unos 3.000 euros, y en dos meses juntaba 6.000. Bajaba a México, donde ese dinero daba para mucho». Allí montó tirolinas en la jungla, aprendió a construir palapas -chozas de palmas secas y madera- y pintó muchos murales. Cuando el presupuesto ya no daba ni para un trago de tequila en condiciones, regresaba a California, Hawai o Colorado a levantar casas para familias acomodadas. Se aburrió a los cuatro años y volvió a Santander empapado de ecologismo.

En Estados Unidos alguien le había hablado de coches movidos con aceite y en Internet confirmó que el mejor turismo para conseguirlo era ese tipo de Mercedes. «Empecé a tunearlo por enredar, porque me encanta la mecánica, por contaminar menos, por ser antisistema».

Por su tubo de escape sale ahora algo de humo, «pero he logrado reducir mucho las emisiones».

Roberto lo mide y calcula todo. Resulta increíble que de crío no se le dieran los números. «En Santander tengo el suministro garantizado. La freidora de un restaurante necesita entre 25 y 30 litros y la suelen cambiar una vez a la semana, si no son muy guarros. Me apaño con cuatro o cinco suministradores fijos».

Como el de la botella

Ya en casa, limpia el aceite con un equipo doble. «Fuera del coche utilizo una serie de filtros para decantar el agua. Otro de turbina de barco me lo deja en dos micras. Me queda como el de la botella, de color oro». En el adaptador colocado en las entrañas de 'Merceditas', el más ecológico de los carburantes se vuelve a filtrar y se calienta a 90 grados para evitar su coagulación.

Parece sencillo, el principio del fin de los surtidores. Cuestión de manitas y bastante paciencia. Pero no sueñen. El sistema sólo funciona con esta bomba de inyección 'made in Germany', «la mejor del planeta».

Mientras mejora el sistema, pule tablas y coge olas en el Cantábrico, Roberto sueña con los mares que bañan África. Quiere cruzar el continente a bordo de un todoterreno propulsado por agua. El proyecto, que ha tomado el nombre de sus orígenes -'Free-tanga'-, está pendiente de que alguna marca de surf capee de una vez el temporal de la crisis y lo financie.

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