La guerra de los chicles

OLGA ESTEBAN OESTEBAN@ELCOMERCIODIGITAL.COM
La guerra de los chicles

Si la suerte no le acompaña y lo pisa, se acordará del chicle y de quien lo tiró. En caso contrario, es posible que ni siquiera repare usted en las cientos y cientos de pequeñas manchas negras que llenan las aceras de la ciudad. Pues sí: esas manchas son chicles. Miles de gomas de mascar que llevan no meses, sino años convirtiéndose en parte de los adoquines de Gijón. Imposible contarlos. Como imposible es prácticamente limpiarlos. Porque, acostumbrados ya (casi todos) a tirar las cosas a la papelera y a recoger los excrementos de los perros, a los gijoneses nos queda una asignatura pendiente. Aprender que los chicles son uno de los factores más importantes de ensuciamiento de la ciudad.

La Empresa Municipal de Servicios de Medio Ambiente Urbano (Emulsa) está en ello. En estos momentos lleva a cabo algo así como una campaña especial de retirada de chicles, campaña que ni se puede prolongar demasiado, ni se puede repetir a menudo. Es, simplemente, inviable. La prueba: sólo para retirar las gomas de mascar de la calle Corrida se han necesitado dos semanas de trabajo. Eso significa dos personas, trabajando unas cinco horas cada día, de lunes a viernes. También se han retirado ya en la plaza de San Miguel y en la del Seis de Agosto (cuatro días de trabajo en esta última). Y es que, pese a la importante mecanización que Emulsa lleva a cabo desde hace unos seis años, hay cosas que las máquinas no podrán hacer nunca solas. Y esta es una de ellas.

Los dos operarios de Emulsa que estos días tratan de retirar el rastro de nuestros chicles lo hacen, primero, con paciencia. Y también con una máquina de agua a vapor, que es la única manera de limpiarlos. A veces, incluso es necesario echar mano de la espátula. No hay inventos milagrosos que valgan, por mucho que se publiciten, aseguran en Emulsa. Es, simplemente, un minucioso trabajo que en Gijón, al menos, es compartido. Porque en Barcelona, por ejemplo, hay un único operario encargado de esta labor. Sólo para despegar gomas de la Rambla necesita dos meses.

La tarea aquí es distinta. En esta campaña que se lleva a cabo ahora, los dos operarios de Emulsa (que no son nada parecido a una brigada antichicles, como en otros lugares) trabajan estos días en el paseo de Begoña y continuarán después con un completo recorrido a la caza de las otrora coloridas y ya negras gomas de mascar: por la Plaza Mayor, el Campo Valdés, la plaza del Carmen, la del Humedal, Palacio Valdés, Los Campinos, plaza Europa, plaza de San Agustín, parque de la Fábrica del Gas, parque de Cocheras y parque Continental. Chicle a chicle, por toda la ciudad.

Más caro que el propio chicle

Tirarlos al suelo, en principio, sale gratis. Limpiarlos, no. Hay municipios que tienen cuantificado el coste que esto supone, cifra que oscila entre los 0,12 y los 0,37 céntimos por chicle, calculando el coste de personal y el uso de la máquina, con la manguera de agua a vapor. En cualquier caso, siempre es más caro limpiar el chicle de lo que costó comprarlo. Curioso. Quizás por eso en lugares como Valencia la ordenanza de limpieza recoge sanciones de hasta 3.000 euros por dejar en la calzada lo que la boca ya no quiere. Lo cierto es que en Gijón también está prohibido. Al menos, en la teoría, es decir, en la ordenanza, que prohibe expresamente «arrojar a la vía pública todo tipo de residuos (papeles, plásticos, colillas, etcétera), debiendo depositarse en las papeleras instaladas a tal fin». El texto es de 1988 y el área municipal de Medio Ambiente comienza a pensar en actualizarlo. Quizás para entonces la cosa se ponga tan difícil como en Valencia.

Y es que el chicle puede estar en la boca unos minutos. Pero en la calle, ya sin colores y sabores, años. Toda una vida, de hecho. Se calcula que se necesitan unos cinco años para que estas pastillas masticables aromatizadas comiencen a resquebrajarse. Pero su mancha en el adoquín puede durar bastante más. Cualquiera lo puede comprobar. Y calcular que retirarlos todos, de toda la ciudad, costaría cientos de miles de euros sin contar con que lo más probable es que, al terminar, hubiera que volver a empezar. Eso, hasta que nos acostumbremos a que el chicle tiene que ir, como todos los demás desperdicios, a la papelera. Porque además, aseguran desde Emulsa, «con el grado de limpieza que hay en Gijón estas cosas se notan mucho». Lo cierto es que se notan incluso después de haberlos limpiado: el suelo, en el lugar concreto donde antes estaba el chicle, queda tan limpio que se diferencia muy mucho del resto del pavimento. Es la huella de la goma de mascar. Una huella que, según algunos estudios, acumula miles de gérmenes.

Quizás la solución esté en los chicles biodegradables, que al parecer ha presentado una cooperativa mexicana: no se pega en la ropa y se convierte en polvo seis semanas después de haber acabado en el pavimento. Sin duda, todo un mundo, el de las pastillas masticables.

Pegatinas y pintadas

Sufren nuestras calles los chicles. Pero también sufren otras cosas como las pegatinas, que parecen surgir de la nada en canalones, farolas y demás mobiliario urbano, y las pintadas que llenan cada vez más portales y fachadas por toda la ciudad, especialmente en las zonas de movida. También esto está prohibido por ordenanza, pero también a ello tiene que dedicarse Emulsa. Una media de 178 operarios trabajan cada día en las labores de limpieza viaria. Parte de esos recursos deben ser empleados en cuestiones como estas, absolutamente evitables. Dos de esos operarios comenzaron, tras el verano, con la campaña de pegatinas. Además de retirarlas, parece que han encontrado el 'truco' para que no puedan volver a ser pegadas. Ese no lo cuentan para llevar ventaja. Y es que la necesitan. En su paso por La Arena, los trabajadores de Emulsa llegaron a retirar 200 pegatinas al día. Desde octubre se está actuando en calles y avenidas principales de toda la ciudad. Porque el objetivo de Emulsa es dar el mismo tratamiento a todas las zonas de la ciudad, teniendo en cuenta sus usos. Es decir, tratar igual una calle comercial del centro que de La Calzada. Como se actúa también, y de forma permanente, contra las pintadas. Cuestión ésta que no es nada fácil. Porque, como ocurre con los chicles, se limpia con agua a presión y, entonces, se nota aún más la diferencia con el resto de la pared. La intención es siempre dejarlo lo más estético posible. En total, Emulsa dispone de cuatro equipos de dos personas que se dedican a carteles, pintadas y manchas.

Son algunos de los problemas de limpieza viaria a los que se enfrenta Emulsa, una empresa que el año pasado limpió un total acumulativo de 338.920 kilómetros de calles y avenidas. Y subiendo. Porque cada ejercicio, el crecimiento de la ciudad supone añadir entre 10 y 15 kilómetros más a las labores de limpieza. Eso, sin contar con las zonas verdes. Una tarea que, cuando finalice este 2009, ya se realizará de forma mecánica en un 41%. La última incorporación a esta mecanización: 10 vehículos eléctricos.

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