«Los gobernantes pierden demasiado tiempo en hablar de la pobreza; hay que actuar»

Convencida de que «otro mundo aún es posible», Sister, como la conocen en la India, sigue la labor iniciada junto a su marido y critica «el gasto inútil» en debates internacionales Anna Ferrer Viuda de Vicente Ferrer

Anna Ferrer, junto a los niños a los que ayuda y alegra en Anantapur. «Hemos conseguido escolarizar al 100% de los discapacitados», celebra. ::                             ÁLVARO YBARRA/
Anna Ferrer, junto a los niños a los que ayuda y alegra en Anantapur. «Hemos conseguido escolarizar al 100% de los discapacitados», celebra. :: ÁLVARO YBARRA

Algo más que un gran puzle cósmico se tuvo que dar para que Anna Perry y Vicente Ferrer unieran sus energías sajona y latina para obrar el milagro de Anantapur. Debió de ser la providencia, esa figura que aparece en los estatutos de la Fundación Vicente Ferrer como elemento fundamental y fundacional, la que hizo que ambos se aliaran para simple y llanamente hacer el bien en un remoto Estado de la India. Ésa fue la misión del ex jesuita español hasta su muerte, y ésa sigue y seguirá siendo la labor de su viuda, que cambió el Perry por el Ferrer y el Anna por el Sister, el nombre que todos pronuncian en Anantapur con admiración infinita.

-Se acaban de cumplir seis meses de la muerte de Vicente Ferrer. ¿Hasta qué punto su ausencia está presente?

-Notamos que él no está aquí físicamente, en su pequeño rincón de la oficina, pero su espíritu y el de la Fundación vivirán siempre. Vicente dijo muy pocas cosas a lo largo de su vida, no planteó una larga lista de objetivos, pero sí dos o tres que tenía en su cabeza y su corazón. En primer lugar, siempre nos motivaba para seguir adelante: «Si hay un problema, hay una solución y, si no la hay, está la providencia». Y luego está el espíritu de hacer buenas acciones, de ayudar a los demás, como algo muy espiritual y también muy práctico, para colaborar en que miles de personas salgan de la pobreza.

-Trabajaba hasta la extenuación.

-Sí, todos los días, incluso en Navidad. Se levantaba y empezaba la faena y ese espíritu es muy fuerte en la Fundación. Cuando murió, me visitaron muchas personas y me decían: «Anna, estamos muy tristes». Tres días después, la frase era otra: «Anna, sabemos lo que tenemos que hacer para que Vicente esté muy feliz».

-Lo dejó todo para unirse a él en su lucha contra la pobreza. ¿Qué tenía que le hacía tan especial?

-Vicente tenía el don de hacer creer a todo el mundo en lo que él creía. Supongo que a mí me convenció muy bien (risas). Tenía un gran sentido del humor, veía el lado cómico de todo. Tanto es así, que casi no puedo evitar sonreír cuando pienso en él.

-Hace cuarenta años, cuando usted llegó con Vicente a Anantapur, ¿pensaban que podrían beneficiar a más de dos millones de personas?

-Hace cuarenta años, no soñábamos con tener tantas escuelas o tantas casas construidas, pero sí con ayudar a cientos de miles de personas. Llegar hasta aquí ha sido un trabajo de paso a paso. Quizá ha sido importante esa alianza, como solía decir Vicente, del latino y la sajona: él siempre quería llegar a más pueblos, hacer más proyectos, y yo quería organizarlos bien. Es la unión de hacer muchas cosas y hacerlas bien.

Espinas clavadas

-Tantos años después, ¿se sigue emocionando al conocer las historias que aquí suceden?

-Es imposible acostumbrarse. Hace poco, alguien puso en mi mesa un sobre con unas fotos que casi no podía mirar. Eran de una mujer joven casada con un hombre de otra casta y otra religión que tenía la cara quemada, estaba completamente desfigurada. Es uno de los casos más horribles que he visto. En ese momento, no sabía nada de lo que ocurría, pero lo importante era ayudarla, y eso hicimos: la mandamos a Bangalore para hacer cirugía plástica.

-¿Alguna espina clavada?

-Muchas. Por ejemplo, hay un deseo último de Vicente: hacer algo para personas adultas con problemas mentales. Trabajamos mucho con niños y él quería llegar a los mayores, porque en esas situaciones sus familias apenas pueden atenderlos y muchas veces acaban abandonándolos. Estamos ya estudiando en nuestros pueblos cuál es su situación y qué puede hacer la Fundación por ellos. Otra tema son los huérfanos de sida. Hay unos cuatrocientos niños que o bien son huérfanos o sólo tienen padre o madre, y no van a la escuela, no se alimentan bien y no toman sus antirretrovirales regularmente. Hemos proyectado dos orfanatos y queremos ayudar a las familias de los niños que no puedan acudir a ellos.

-El milagro de Anantapur existe, pero ¿qué hace falta para obrar el milagro global?

-Cada situación es diferente, pero lo que hay que hacer es no tirar el dinero en las conferencias, en debates internacionales, gastar dinero en vuelos y hoteles: hay que actuar, hay que poner los recursos donde más beneficien a quienes son pobres.

-¿Se atreve a poner nota a la comunidad internacional?

-La comunidad internacional pierde mucho tiempo en hablar. Quizá la puntuaría con un 2,5.

-Pese a todo, ¿otro mundo aún es posible?

-Yo tengo esperanza, sí. No sé cuándo ni cómo, pero es posible.

-¿Hasta dónde quiere llegar la Fundación?

-Utilizo mucho las palabras de Vicente. Solía decir que «para ayudar a los pobres, el cielo es el límite».

-Los apadrinamientos son fundamentales en su trabajo. Ahora,Punto Radio impulsa una campaña para intentar que se multipliquen.

-Aspiramos a lograr veinte mil padrinos más. Con esa cifra, podremos ayudar a veinte mil familias, cinco personas por casa. ¿Cuánto es eso? Cien mil personas más que pueden salir de la pobreza en su tierra. Es una tarea que lleva tiempo, pero hay cientos de niños que pueden recibir educación, cientos de personas que pueden tener una oportunidad, y eso significa que no necesitamos estar con ellos, sino que pueden salir adelante por sí mismos y conocer una vida mejor.

-¿Algún proyecto de la Fundación le causa especial emoción?

-Los proyectos con niños discapacitados. Cuando empezamos a trabajar con discapacitados, eran personas abandonadas en un rincón por sus familias, nadie hablaba con ellos, en la comunidad se les llamaba por su discapacidad y no por su nombre. Había una gran discriminación pero, en sólo quince años, hemos conseguido resultados fantásticos: un 100% de niños escolarizados, cuando antes era el 10%. Hasta tenemos chicos en la universidad y otros, que no tenían ni una rupia, son capaces de gestionar sus propios negocios.