Sobre seguridad y derechos

Por mucho que nos registren y nos pasen el escáner, nunca se podrá evitar que un fanático explote su carga explosiva. La seguridad absoluta sólo será posible en una sociedad que triunfe sobre su destino

JOSÉ CARLOS RIVERA FERNÁNDEZPROFESOR DE FILOSOFÍA
::
                             GASPAR MEANA/
:: GASPAR MEANA

Parece ser que en este siglo XXI, en nombre de la seguridad, en los aeropuertos nos van a pasar un escáner por el cuerpo. No sólo tendrás que quitarte los zapatos y hasta la pierna ortopédica, sino que te juzgarán por el atuendo que lleves y por el tipo de cara: si eres de tez morena con barbona marxista, pelo rizado y además miras retadoramente al policía o guardia de seguridad, eres sospechoso de ser terrorista. Antes de coger un avión debemos leer algo del estoico Zenón de Citio, para soportar con paciencia, resignación e imperturbabilidad los controles de cuerpo desnudo. Creo que es hora de generar un debate de opinión -en estas supuestas democracias donde vivimos- sobre los límites de la intimidad inalienable del individuo, la pérdida de derechos civiles y la disminución de libertad que nos arrebatan en nombre de una supuesta seguridad absurda y humillante. Los ciudadanos tenemos que reclamar a los políticos que nos gobiernan -con nuestros votos, no lo olvidemos- una nueva legalidad para una realidad que se ha hecho viscosa, fluida, líquida. Dado que el terrorismo rebasa las reglas del juego, ¿por qué no intentamos solucionar las causas que provocan los conflictos? ¿Por qué seguimos el juego a los terroristas? ¿Será que los Estados, ante la impotencia que supone la pérdida del poder sobre los flujos de capitales -en un mundo globalizado- y su fracaso en lo económico y lo social, quieren compensarlo con la seguridad en un mundo cuyo devenir no está en sus manos?

Vayamos paso a paso. En primer lugar, los terroristas no persiguen objetivos militares, sino políticos. Matar civiles indefensos no es patrimonio del terrorismo; los Estados lo han hecho muchas veces bombardeando ciudades enteras -no debemos borrar de nuestra memoria las ciudades de Hiroshima y Nagasaki bajo el hongo nuclear o la franja de Gaza, Afganistán e Irak- donde la masacre se llevó a cabo contra la población civil. Lo que sí parece nuevo es el terrorismo del espectáculo, que persigue salir en los medios de comunicación para que se divulguen sus fechorías casi en directo y así buscar audiencia.

La batalla que presentan los terroristas -los que ponen bombas y los que bombardean- es una batalla mediática para hacer propaganda y así romper la confianza de los ciudadanos en la legitimidad del orden social. Con los atentados, o los intentos frustrados de atentar -como el del vuelo Amsterdam-Detroit-, lo que consiguen es imponer su iniciativa a los gobernantes para marcar las prioridades que el poder tiene que resolver, en este caso, la seguridad en los aeropuertos. Con esto, el poder intenta recuperar la confianza de los ciudadanos, perdida por la corrupción, el descrédito de la casta política y su falta de previsión y control en esta crisis mundial. De esta forma, se destruyen los marcos legales y de derechos en los que nos movíamos y nos implantan otros nuevos, en los que imperan la inseguridad y la desconfianza. Se refuerza así el uso y sobre todo abuso del poder establecido con el pretexto de la eficacia para combatir el terrorismo.

En segundo lugar, de la inseguridad y el miedo generalizado se genera una sociedad que intenta esquivar los peligros poniendo en las casas y en las calles cámaras de seguridad, contratando vigilantes privados o instalando puertas acorazadas atravesadas por varios cerrojos. Incluso se analiza pormenorizadamente a cualquier individuo que parezca un poco extravagante, tanto en la vía pública como en tu bloque de pisos, dejándonos llevar por una paranoia colectiva que se perpetúa y se retroalimenta a sí misma.

En tercer lugar, del miedo se puede conseguir mucho dinero. La seguridad personal ha sido explotada por doquier por agencias de márketing y en las campañas electorales de muchos partidos políticos. Recordemos los pingües beneficios que en la posguerra de Irak tuvo Blackwater (la actual Xe), cuyos ingresos proceden en un 90% de los contratos con el Gobierno estadounidense y cuyo comportamiento paramilitar y mercenario ha sufrido la población civil. ¿Qué empresa se encargará de fabricar los escáneres para los aeropuertos? Tengo la intuición que será estadounidense.

Es cierto que para que haya libertad tiene que haber seguridad, pero las sociedades libres se han desarrollado siempre que hay garantías en la protección de nuestros derechos inalienables como individuos. Cuando éstos no se han respetado, se han vivido periodos históricos aterradores. Por mucho que nos registren y nos pasen el escáner, nunca se podrá evitar que un fanático explote su carga explosiva. Habría que dotar de las mismas medidas a los autobuses, el metro, los trenes, los conciertos, los partidos de fútbol, las sidrerías, los centros escolares y, en general, todos los lugares donde hay gran afluencia de personas. Si bien el miedo nace con el ser humano, está inscrito en su naturaleza y sólo se podrá eliminar con un cambio de su condición. Cosa imposible, porque la seguridad absoluta sólo sería posible en una sociedad que pudiese triunfar sobre su destino. La peligrosidad no se puede evitar, es consustancial a nuestra especie; aunque muchos de los peligros existentes se extinguirían si las sociedades fuesen más justas y hubiese un justo reparto de la riqueza. No podemos vivir seguros en un mundo donde unos nadan en la abundancia y otros carecen de lo más elemental.

¿Qué podemos hacer ante este panorama que se avecina? Creo que debemos luchar para que los que ostentan el poder, y en su afán ordenancista quieran legislarlo todo, choquen con el interés legítimo de los ciudadanos del mundo. El colaboracionismo cómplice del silencio es, sin duda, uno de los objetivos de los terroristas, los que ponen bombas y los que bombardean. Si seguimos así, la mitad de la población mundial se dedicará a vigilar la otra mitad. ¡Bonito siglo XXI!