Los asesinos lentos

CULTURAS adelanta la historia de un reencuentro entre dos amigos y una amenaza de muerte. Es la obra del escritor valenciano afincado en Murcia una reflexión literaria sobre los miedos de la vida.

RAFAEL BALANZÁ

Estuve charlando con Valle en el café Arrecife; duranteuna hora larga evocamosjuntos otros tiempos, reímosjuntos; después me anunciófría y serenamente que iba amatarme, que había decididomatarme y que lo haríarelativamente pronto. Hacíamás de diez años que no nosveíamos. Me había llamadoa casa, por sorpresa, la tarde anterior.

Dijo que había venido a Las Zalbias a pasar unos días y que le gustaría que nos encontrásemos. No me pareció demasiado extraño. Quedamos en vernos al día siguiente. No había cambiado mucho. Nos saludamos de modo cordial pero sin grandes efusiones, y estuvimos hablando de cómo de bien y de mal nos había ido a cada uno; bromeando como si no hubiera pasado el tiempo entre nosotros; hasta que él se levantóde pronto a por tabaco, y alvolver, mientras yo todavía sonreía y meneaba ufanamente la cabeza celebrando las últimas cuchufletas que habíamos estado soltando, dejó caer el paquete en la mesa, produciendo un cortante chasquido. Entonces, apenas perceptiblemente nervioso, me anunció con una voz bastante clara y bastante firme que iba a matarme, con toda seguridad, aunque no de inmediato. Te lo tengo que decir ahora, ¿comprendes? Antes de que sigamos hablando dijo. Quiero que sepas desde ahora que te voy a matar, porque quiero que estés advertido Reiteró que no sería allí, ni en ese momento lo cual me pareció un detalle por su parte, ni probablemente tampoco esa semana, pero insistió en que no tardaría demasiado, y añadió que su decisión era irrevocable.

Dijo que no valía la pena que me esforzase en disuadirlo, porque lo había estado pensando durante meses y nada podría ya modificar su propósito. Yo estaba sentado de espaldas a un mural de tema marino, hecho de terracota y escayola policromada, con incrustaciones de objetos reales como conchas de mar, tritones secos, redes y otras cosas parecidas, y tenía enfrente, en una mesa cercana, a dos señoras mayores y a un chiquillo de unos cinco años. El niño había estado burbujeando sonoramente con su pajita en un vaso de tubo que contenía cierto líquido marrón con toda probabilidad, batido de chocolate, y a la vez que lo hacía me miraba con intensidad, muy serio, como si esperase alguna reacción por mi parte. De hecho, el niño burbujeaba todavía, y me seguía mirando fijamente, después de que Valle me sorprendiera con su tétrico anuncio. Todo aquello junto amenazaba con formar una especie de bloque. Algo compacto, similar a una losa grabada con extraños signos. Un mensaje de alarma, cifrado e incomprensible, que me llegaba no sabía exactamente de qué galaxia; y que desde luego yo sería del todo incapaz de interpretar o digerir. Al final, lo único que pude pronunciar fue la siguiente estupidez con forma de pregunta:

¿Por qué quieres matarme, Valle? La verdad es que cualquier cosa que hubiese podido decir, me doy cuenta ahora, habría sido una estupidez, claro. Tal vez lo único sensato que podía haber hecho en aquella situación era soltar una risotada y largarme. Pero eso no se me ocurrió hasta mucho más tarde. (En realidad, no se me ha ocurrido casi hasta ahora mismo, cuando lo pienso, cuando lo recuerdo para contarlo...) ¿Por qué quieres matarme, Valle? Ahora el que meneaba la cabeza y sonreía para sí mismo era él; aunque comprendí que aquel gesto, parecido al mío de un momento antes, tenía en su caso un significado bien distinto, y mucho menos amigable.

A ver, dime... continuaba sonriendo con una especie de indulgencia maligna. ¿Tú por qué crees que quiero matarte?

¿Yo...? ¿Cómo quieres que responda a eso? Te estás quedando conmigo, ¿verdad? Es una broma No... lo siento cortó él de modo tajante, helándome con unos ojos de ofidio a punto de escupir veneno, unos ojos inapropiados para aquel rostro casi juvenil todavía,tostado y ovalado, coronado por una buena mata de pelo negro, lo siento, pero no. He decidido que voy a matarte agachó la cabeza y entornó sus ojos, de nuevo humanos, como si de pronto algo lo avergonzase; tengo mis razones. Mejores razones de lo que te puedas imaginar. Te repito que lo siento, pero es necesario que lo sepas, es inevitable que te lo diga. Comprendo que para ti sea absurdo. Y es absurdo, tienes razón. Todo es absurdo, tú ya lo sabes. Supongo que te voy a decir cosas que te sorprenderán mucho. Tendrías que hacer un esfuerzo... ponerte en mi lugar, para intentar entender... si es que quieres que hablemos. Porque no sé si quieres que te explique algo. No sé si quieres que sigamos hablando... Le dije entonces que si se proponía asesinarme, no estaría nada mal, claro, conocer por lo menos las razones. Y añadí que debía comprender que me costase mucho creer todo aquello.

Claro... Me parece que a mí me pasaría igual en tu lugar. Pero yo no estoy en tu lugar, estoy en el mío. Tampoco es fácil estar en mi lugar, ¿sabes? Comenté que tendría bastante gracia que se hiciese ahora la víctima. En mi fuero interno, seguía albergando la esperanza de verle pronto el fondo a aquella broma. Pero no era una broma, como empecé a sospechar en aquel mismo instante y terminé de comprender en el transcurso de los días y de las semanas que siguieron. Hasta ese momento mi vida había sido deliciosamente normal dentro, supongo, de las anomalías generales que hoy ya no preocupan a nadie, por lo menos en el mundo desarrollado. Virginia y yo teníamos una hija y un hijo, ambos adolescentes, y la cuenta de nuestro resentimiento, bastante compensada por la variedad de la vida, por los rescoldos de nuestra (originariamente verdadera) atracción física, y por las comodidades materiales de que disfrutábamos. Así que confiadamente me adentraba en la cuarentena sin más signos de peligro grave que el de la muerte a lo lejos. Y demasiado lejos todavía, como suele decirse, para empezar a preocuparse por ella. Querrá saber, supongo, dónde trabajaba, cuál era mi rutina, a qué me dedicaba en mis días libres... (O no querrá saberlo, pero resulta que voy a empezar por ahí precisamente, porque es lo que me parece más oportuno). Pues mire, tenía mi propio negocio: una tienda de mascotas en una galería comercial. Y debo decir que no iba nada mal mi tienda. Los últimos años habían sido bastante buenos. En fin, que no tenía problemas muy serios. No los tenía aparentemente, claro. Porque resulta que yo vivía en una especie de esfuerzo continuo por atenerme exclusivamente a las apariencias. Y en ese sentido, se puede decir que todo iba bien para mí y para los míos. Mi encuentro con Valle tuvo lugar la última semana de septiembre. Pero lo cierto es que mi vida empezó a dar claras muestras de haber entrado en una desconocida zona de perturbaciones desde un poco antes. Tal vez desde un mes antes. De hecho, a primeros de septiembre ya ocurrió algo que, por razones que tal vez explique más adelante, me parece ahora una especie de augurio de lo que se me venía encima, aunque en sí mismo constituyese muy poco más que una anécdota trivial. Lo que ocurrió aquella mañana era jueves, creo fue que entró en la tienda un sujeto, el cual me resultó vagamente familiar, aunque no conseguí identificarlo. No podía relacionar esos ojos redondos y alarmados, esa pálida y agria cara de lechuza, con ningún ambiente ni ninguna persona de mi entorno. El hombre dijo «hola», mientras me lanzaba una mirada instantánea y formularia, y se puso de inmediato a curiosear por el establecimiento, deteniéndose especialmente en los acuarios y en las urnas de los pequeños reptiles.

Perdone dijo, señalando a través de la plancha de cristal a un pequeño camaleón ofendido que parpadeaba lentamente, enroscando su cola en el palo sobre el que reposaba su pequeño cuerpo, ruinoso y circunstancialmente verde. Perdone... ¿Es un camaleón... esto?

Sí confirmé sonriendo, eso es un camaleón. Exactamente.

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