'Los hijos de la piedra'

En el centenario de Miguel Hernández, el autor del artículo reflexiona sobre esta pieza teatral del poeta de Orihuela que invoca subliminalmente el levantamiento de los mineros asturianos en el 34

JOSÉ ANTONIO MASESESCRITOR

El próximo 30 de octubre se cumple el centenario del nacimiento de aquel pastor de Orihuela que cuidaba cabras y hacía versos. De aquel extraordinario poeta, autodidacta y pobre, que escribía versos de amor buscando el corazón de Josefina Manresa o que los lanzaba, como disparos de vergüenza, hacia las inicuas arbitrariedades que lo llevarían a morir en la cárcel, mordido por el hambre, la tuberculosis y los piojos.

No ha sido estrecha, pero sí significativa, la relación de Miguel Hernández con Asturias. Poesía social y de guerra, son muy conocidos los versos del romance donde trata de fijar, conciso y rotundo, el talante indómito y levantisco del proletario astur enfrentado a la explotación: «Asturianos de braveza /, vascos de piedra blindada /, valencianos de alegría / y castellanos de alma». No se tiene noticia de los contactos personales que Miguel haya podido mantener con gentes del Principado. Cabe citar, aunque el hecho carezca de relevancia, que el poeta conoce en Madrid (1931) al escritor Francisco Martínez Corbalán, nacido en Cangas de Onís -en 1889, de ascendencia yeclana- y cuya vida transcurre, casi en su totalidad, fuera de Asturias.

El acercamiento más comprometido del poeta de Orihuela a Asturias consiste en haber escrito la pieza teatral 'Los hijos de la piedra', de 1935. Subtitulada 'Drama del monte y sus jornaleros', la obra invoca subliminalmente el levantamiento de los mineros asturianos el año anterior. Localizada en un lugar llamado Montecabra, su acción se desarrolla esencialmente en el ámbito minero, y en su trasfondo se percibe el clima del conflicto social del 34, cuando ya se ha radicalizado el pensamiento del poeta tras sus viajes a Rusia y el abandono del carácter religioso de su época inicial.

En razón de la ausencia de datos y menciones explícitos a aquellos sucesos, algunos críticos se muestran reacios a admitir como asturiano el móvil de este drama de la mina. La mayoría, en cambio, sostiene que el autor se inspira claramente en el movimiento revolucionario que aquel año se produjo en toda España y que en Asturias se extendió por las cuencas mineras del Nalón y el Caudal y después se propagó a Oviedo, Gijón y otros escenarios del Principado. En todo caso, la falta de referencias precisas a lo asturiano no excluye la evidencia de que el móvil que impulsa a Miguel a escribir 'Los hijos de la piedra' se apoya en el movimiento minero de aquel año. Y ocurre, de otra parte, que el poeta no sólo aborda el conflicto de la minería, sino también el del jornalero de la tierra, el del segador, el del pastor. En definitiva, Miguel Hernández plantea el tema del trabajador explotado. Así apremia el propietario de las explotaciones a los mineros en huelga de hambre encerrados en los pozos porque el patrono les rebajó el jornal: «¡Hay que trabajar con toda la fuerza de los brazos, y cuando éstos flaqueen, con la de los dientes!». Y de este modo se expresa el leñador, uno de los protagonistas de la pieza: «Cerró el señor las minas hace más de dos meses. El minero que no ha malvendido sus cosas para emigrar, allí está muriéndose en espera de que en la ciudad se resuelva el asunto que mandaron al Gobierno. Este es el cuadro de Montecabra, las mujeres se pasan el día gimiendo y mordiéndose el pelo, y los hombres yendo de la plaza a la taberna desesperados y aburridos. No sé hasta cuándo habrá paciencia para aguantar a este hombre, alacrán del pueblo, que aún tiene valor para seguir viviendo entre nosotros».

A raíz de los sucesos de Casas Viejas y el levantamiento de los mineros asturianos, se opera un gran vuelco ideológico en Miguel Hernández. La revolución de Asturias atrae la atención del poeta, que a fines de 1934 se traslada a Madrid. Colabora allí en las Misiones Pedagógicas y asiste a tertulias, en las que trata a María Zambrano, Neruda -el poeta chileno le aplica un apodo afectuoso, 'cara de patata'- y Vicente Aleixandre, entre otras destacadas figuras del momento. Éste es el tiempo en que madura la conciencia de clase del escritor, que ya no renunciará al rumbo del compromiso social. Es entonces cuando, apoyado indirectamente en una situación dramática similar a la de Lope en 'Fuenteovejuna', comienza a escribir 'Los hijos de la piedra'.

La obra consta de tres actos, divididos en varios cuadros, y los personajes que aparecen en ella son el señor, cinco mineros, un pastor, un leñador, el capataz, cuatro guardias civiles, un segador, un hombre, un niño, el manco, el ciego y siete mujeres. En medio de la lucha obrera, subyace una historia de amor, sin convencionalismos, que imprime un elevado valor dramático a la trama y que alcanza su punto culminante cuando el pastor llora la muerte de su amada, la pastora Retama, víctima de los abusos del señor.

Miguel no pudo ver representada su obra. Quiso estrenarla en Buenos Aires, a donde fue llevada por Raúl González Tuñón, autor del poemario 'La rosa blindada' (1936), también relacionado con la revolución del 34. 'Los hijos de la piedra' llegaría a los escenarios argentinos, pero ya no en vida de su autor.

En mis años de editor traté de publicar en Ayalga la pieza de Miguel Hernández, con el propósito de incorporarla a la colección en que habíamos incluido 'Rebelión en Asturias', de Albert Camus. Escribí en aquella ocasión a Josefina Manresa, viuda del poeta, y ella me contestó muy cordialmente, aunque alegando que no le era posible concedernos permiso para la edición asturiana de 'Los hijos.', porque tenía comprometidos los derechos de la obra.

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