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No soporta a Vargas Llosa, reivindica a Corín Tellado y le pide al juez un euro y que reconozca que la serie ‘La señora’ es un plagio de su ‘Melania Jacoby’. Susana Pérez Alonso es directa, escritora _y lectora. Para ella «no hay diferencias entre un libro y una barra de pan o un plato de lentejas»

16.10.10 - 11:05 -
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Es Susana Pérez-Alonso una gran dama de la literatura asturiana. Tiene Susana Pérez-Alonso firmes aliados literarios en Epi, Blas y la ranita Gustavo. La escritora empezó a escribir a los cuarenta años, pronto conquistó una audiencia de veinte o treinta mil lectores por título, con dos poéticas muy claras: 1) «Se escribe para la corrala. Como Lope, Shakespeare o Calderón. Sin buscar jamás críticos o exegetas de la obra, sino lectores, muchos, los más posibles». 2) «Sufre el desempleado, el peón que está en una obra, el minero. Ningún escritor puede decir que lo suyo es o sea sufrir». Juega Susana Pérez-Alonso con su calavera inglesa, digna de Hamlet, al mismo tiempo que el servicio va y viene, viene y va, en su imponente piso de la calle Uría de Oviedo. Analizamos sus tres contenciosos últimos, principales, ditirámbicos. Uno, sin contenciosos, vive menos, se entretiene peor. Pérez Alonso, toda una señora, habla a tumba abierta. Ella devora un sándwich y yo un gin-cola. Gustavo no pide nada.
«Tiene usted un contencioso sentimental con los escritores de aquí. Con la vida literaria sucintamente regional». «Mira, Diego, la vida literaria asturiana no existe. ¿A tomar copas y emborracharse y darse premios unos a otros lo llaman literatura? Esta ciudad, Oviedo, está llena de sapos vetustos y repollos. Pensar que la ebriedad te va a traer mejor prosa es de simples. Mis amigos del alma no son escritores, y el único oficio del intelectual es estar en contra del poder. En Asturias no se discute. Fuera, si quieres, sólo Pérez-Reverte y Javier Marías son o pueden llegar a ser incómodos. Me siento maltratada por los escritores de aquí, y son todos unos cobardes, no dieron la cara por mi frente a la Asociación de Guionistas. No hacen nada. Tendrían que ser un sindicato y no lo son. Me dejaron en la estacada. No firman cuando hay un conflicto social, no les interesa, lo suyo es estar en el erial, en medio de ninguna parte, naturalmente posando. ¿Qué es lo suyo? Premios irrisorios entre ellos y odios cuanto más africanos mejor? Es absurdo. Confundir talento con vanidad es lo propio del infante. Sin muleta, no saben caminar».
«Tiene usted un segundo contencioso por culpa de su novela, ‘Melania Jacoby’ y la serie de televisión ‘La Señora’. ¿Podría ahondar un poco en todo ello?». «Mira, vamos a hablar claro. Soy una mujer enferma y me gusta la claridad. Yo soy una escritora a la que han pagado cincuenta mil euros de adelanto por título. Ocho millones de los de antes. Fui un caramelo muy apetitoso para Ediciones B, Randon House Mondadori, etcétera. A partir de ‘Melania’ me acusaron de incumplimiento de contrato, y me pedían que devolviera veinticinco mil euros. Asunto que, llevado al extremo, hice de otro modo: lo devolví todo, con tal de que liberasen toda mi obra, me cedieran los derechos de todo, repito, a cambio de más de treinta millones de pesetas. ¿Respecto a la serie ‘La señora’ sólo sé que me alertó mi hermana, mi hija. Sólo sé que a la hora de estar viendo el tema en DVD me puse a llorar como una condenada. Sólo sé que era y es mi historia, mi novela. ¿Lo quieren reconocer? Me importa un bledo, está en juicio, y sólo pido un euro. Que reconozcan que se apropiaron de mi historia y me den un euro. De risa, como puedes observar».
«Usted fue en busca de ellos y les cantó las cuarenta». «Bajé al rodaje en Llanes. Me dijeron que hoy en día cualquier mujer de pueblo escribe. Los productores, muy nerviosos, me llamaron muchas veces. ‘La Señora’, la serie, no está inscrita en el Registro de Propiedad Intelectual, porque la guionista de turno no ha podido demostrar su autoría. Toda la historia es como la mía: comienza el argumento con una mujer leyendo al servicio ‘Mobydick’, en mi libro, Pérez-Galdós en la tele. Es simplemente un santo al que cambiaron el ropaje. Cuando el juzgado lo ha admitido a trámite, será por algo, digo yo».
«Ha pasado usted de grandes grupos editoriales, con mucho vil metal de por medio, a una editorial casera como Funambulista, con un editor vocacional como Mario Lacruz, heredero de toda una saga de editores, y en un catálogo donde usted es una de las pocas autoras vivas». «Dilo todavía más claro: me pagaron mil euros por ‘Melania Jacoby’. Acostumbrada a las cifras que yo manejaba, qué es eso. Pero no me importa. El texto está ahí. El lector puede juzgar libremente. Soy una mujer de mi familia y de mi casa, tuve una vida personal muy desgraciada desde los 22 años. Soy de aldea, y muy orgullosa: Santullano de Mieres es mi patria. Mi propia vida es un novelón, vivir libremente fue mi única aspiración. No soporto a Vargas Llosa y sus novelas; mi modelo, si quieres, es Corín Tellado, entrar en hogares humildes, donde se lee para divertirse, para conmoverse. No hay diferencias entre un libro y una barra de pan o un plato de lentejas. Vargas Llosa, con Nobel y todo, infla la anécdota y al final, queda en nada, se ve el truco. Yo, si quieres, prefiero empezar por lo pequeño, y ser honesta. ¿Quién habla hoy en España de Ramón J. Sénder? Pues fue uno de mis maestros y un escritor como la copa de un pino».
«Usted, como Marsé, se ve a sí misma una contadora de historias. Y la facilidad es una gran amiga». «Estás en lo cierto: no soy escritora cuanto narradora. Y narrar sin parar es mi reto, mi profesión. ¿Qué es lo fácil? Hay que escribir como se habla. Hay que huir del engolamiento, de la vanidad, y contar una historia como harías con cualquier amigo. Mi poder es mínimo: de cualquier cosa puedo hacer un cuento, un relato oral. Luego, en la vida, me la juego. A mi, laboralmente, me expedientaron por un artículo que saqué en la prensa. Toma ya, porque tiene bemoles el asunto. Recuerdo una frase que los hizo enloquecer: ‘El pantalón marcaba lo que no tenían’. El ejercicio de un derecho debe ser notarial, pero no notorio. Aquí todo el mundo tiene ganas de notoriedad, y más los cargos públicos, la mayoría corruptos. Si te vendes, véndete tarde, que era la poética de García Márquez, pero no con treinta o cuarenta años. Véndete si no tienes qué comer, con setenta».
Susana Pérez-Alonso tiene algo de Pumuky, de Pipi Calzaslargas, de niña/niña que en la escritura es un ciclón, de hada del bosque de anochecida que en internet cuelga videos familiares con música de Raphael. De buena persona, ajena a guisos entre pocos o traiciones por la espalda. «¡Dígame una última poética, maestra!» «¡La de José Luis Perales! ‘¿Y quién es él?’ es una canción que el cantante dedica a su hija. Todos piensan que es una historia de amor. Pero es algo tan simple como un padre interesado en saber con quién sale su hija. Eso, a nivel genérico, me gustaría que fuesen mis libros. Algo puro, directo, como es el corazón humano y a quien queremos. Por quien llegaríamos a matar si hiciera falta: mi marido y mi familia».
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Susana Pérez Alonso mira a cámara en su salón / JESÚS DÍAZ


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