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EL PERFIL FAUSTINO RODRÍGUEZ ARBESÚ

Con trazo firme

Que un paisano de mi pueblo dirigiera 'El Wéndigo' era señal de que España también amaba el arte de la viñeta

17.10.10 - 02:21 -
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Cuando uno era más joven que ahora había que ver películas en versión subtitulada, cine austrohúngaro de arte y ensayo, despreciar a los yanquis, leer 'El País', llevar macutos de militar aborreciendo la mili y calzar unos zapatos llamados carapijos. Pero sobre todo, eso desde luego, estaba mal visto llamar tebeos a los cómics. Nuestros maestros en progresía aseguraban que los tebeos eran casposos, hispánicos y de posguerra, poco cultos. Sin embargo, y a pesar de que despreciábamos a los norteamericanos por imperialistas y todo lo demás, los cómics daban a las viñetas un aire cosmopolita y a nuestro discurso un punto cultureta e internacional.
Me costó algún tiempo superar esta simpleza de adorar a Batman y despreciar a las hermanas Gilda. Faustino Rodríguez Arbesú, gijonés de 1939, fue una de las personas que contribuyeron a ello, con su dominio del panorama internacional de este arte enorme, cotidiano y que es mezcla de muchos talentos. Antes de que el IPod, el ebook , el mp3 y otros cachivaches nos permitieran llevar en el bolsillo imágenes e historias, el tebeo ya cumplía esa misión. Faustino sabía vida y milagros de todos y cada uno de los autores sin hacer ascos ni al cómic ni al tebeo, ponderando por igual al gran Ibáñez o al más curtido dibujante de Marvel y compañía. Que un paisano de mi pueblo regentara una librería especializada en cómic y dirigiera una revista del prestigio de 'El Wéndigo' aquí mismo, al lado de casa, fueron otras señales claras de que en el país del 'TBO', 'Mortadelo y Filemón' y la 'Familia Ulises', también se hacía cómic. O sea, que la gente que amaba el arte de la viñeta y el bocadillo disfrutaba por igual de 'Hazañas Bélicas' que de Milo Manara y sus macizas en escorzo permanente.
Faustino Rodríguez Arbesú es un personaje en sí mismo, como trazado a carboncillo, y podría, seguramente, sugerir con su planta de hombrón y sus sombreros (fieltro en invierno, Panamá en verano) una serie de cómics de ambiente playu, mezclando género negro, con serrín de bares y brumas cantábricas por las que Arbesú pasearía su humanidad saliendo de la niebla como lo hacía John Foster Kane. Y es que a uno le parece que este hombre siempre ha tenido o querido tener un punto a lo Orson Wells, apasionado, hiperactivo y entregado a sus causas, un perfil tal vez fraguado en las muchas sesiones de tarde compartidas con héroes en blanco y negro y rubias platino que aparecían en la pantalla del cine Avenida, que en paz descanse. El Arbesú-Wells se dedicó a los negocios de fantasía con el veterano y prestigioso Wéndigo, o con los trabajos firmados a medias con Isaac del Rivero y Pelz, aunque los negocios de verdad, los que daban de comer, le llevaron cada día hasta su jubilación a trabajar primero en Ensidesa y dar clase, después, en la Escuela de Peritos de Gijón en la que había estudiado. Entre aula y aula, Arbesú leía cómics, los guardaba ordenada y compulsivamente y hacía de ellos su casa y su castillo. Hay quien asegura que tiene una colección de varios cientos de miles de tebeos que empiezan en 'El Hombre Enmascarado' y 'Flash Gordon', de Alex Raymond; 'Mandrake el Mago', de Phil Davis, y llegan hasta 'Sin City' o '300', pasando por toda la gama de personajes creados a punta de lápiz y de imaginación.
En los años setenta nació y empezó a crecer la revista 'El Wéndigo' y Arbesú fue colaborador habitual de EL COMERCIO entre 1975 y 1978, realizó varios cortometrajes y luego vinieron el Salón del Cómic del Principado, uno de los eventos del género con más solera y prestigio, que ha conseguido traer a Gijón a los mejores autores de las últimas tres décadas y a todos los demás que pudieron pillarse por el camino. El Salón del Cómic, los premios 'Haxtur', después, se han hecho casi a mano, a base de voluntad, horas robadas al sueño, dossieres de prensa caseros y tirar de teléfono para convencer a amigos, amiguetes, conocidos o perfectos desconocidos de que en Gijón y en Asturias hay un nivel cultural que no tiene nada que envidiar al de Nueva York, puestos a ser grandones o simplemente realistas.
Luis Alberto de Cuenca, poeta laureado, filólogo y otrora secretario de Estado de Cultura, letrista de la Orquesta Mondragón en los años locos de la movida, además de un enamorado del tebeo, fue el prologuista de 'La historieta asturiana', de Faustino Rodríguez Arbesú, un libro de título irónico, publicado en 2001 y que es uno de los manuales de referencia para los estudiosos de este arte, ya que rastrea los orígenes de la historieta en Asturias hasta 1973.
Hace años, entrevistando a Faustino Rodríguez Arbesú, me explicó en pocas palabras la diferencia que había entre ser dibujante de cómic en España y fuera de España. «En cualquier país de Europa, un dibujante gana lo mismo que un torero. Aquí, le consideran un raru».
Su trabajo de casi cuarenta años ha contribuido a hacer menos duro ese destierro. Un trabajo de trazo firme, que permanecerá.
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Faustino Rodríguez, con una portada del TBO. :: E. C.

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