Víctor Alperi existe

Artículo publicado en EL COMERCIO el 22 de julio de 2013

FAUSTINO F. ÁLVAREZ

En esta Asturias de furor y ruido, donde suenan las trompetas del Apocalipsis a destiempo y donde quienes tienen algo que decir permanecen callados como olas de mármol, vive un escritor mierense, Víctor Alperi, trasterrado a Gijón y asturiano de todas las Asturias, que es uno de los grandes novelistas españoles de este tiempo y que, sin embargo, pasa inadvertido para muchos de sus paisanos. Víctor, que nació en 1930, es demasiado buena persona para un mundo de codazos y pisotones, y tanto su exquisita educación como su generosidad, confabuladas con su talento, no le ofrecen los réditos que le llegan a cualquier patán semianalfabeto y que pulula por los medios de comunicación para hacerse propaganda como abogado o como vidente. Nuestro escritor, siguiendo el camino de su admirado César González-Ruano, es un prodigioso ser literario que no necesita conciliar la pluma con la espada que su Garcilaso interior jamás empuñó, y que renunció a una prometedora carrera de jurista en cuanto se reconoció letraherido para siempre y sin marcha atrás.

He pasado parte del fin de semana hojeando y ojeando libros de Víctor Alperi, desde sus primeras novelas hasta las biografías de varios Papas, pasando por ensayos de pintura, textos viajeros, recopilaciones de recetas de cocina, variadas reflexiones sobre una actualidad a la que dota de su propio ritmo volandero, además de recortes de viejos artículos en el semanario "Comarca", editado en Mieres, o en el diario "Región", ambas publicaciones infelizmente desaparecidas y en las que la presencia de los artículos de Víctor, en muchas ocasiones de crítica literaria, eran una seña de identidad.

Víctor suma a sus virtudes la de ser una persona que nunca conoció la envidia sino que, por el contrario, siempre se alegró del bien ajeno, y lo alentó en la medida de sus posibilidades en cuanto detectaba un alevín de escritor dispuesto a dedicarse al oficio que, en expresión de "Cándido", es más duro que cavar cuando te pones ante un folio en blanco. A todos estos cachorros de la escritura, y también a numerosos pintores principiantes, que llamaban a su puerta los acogía Víctor con entusiasmo y con paciencia, contagiándoles los mejores valores de las variadas disciplinas artísticas, y a los que no son ajenos ni la paciencia ni la dedicación casi permanente a la lectura y a la búsqueda de una voz propia. Víctor se marchó a Madrid de muchacho, apenas finalizados los estudios de Derecho, y coincidió en la Villa y Corte con otros maletillas de la literatura, entre ellos el levantino Juan Mollá (escribieron varias novelas juntos) y el madrileño de Valladolid Paco Umbral, que se abría las puertas de la gloria en el café Gijón.

Escribo sobre Víctor Alperi porque, existiendo y felizmente vivo, parece que para muchos de sus paisanos ni siquiera ha nacido, porque aquí o te toca una quiniela o ganas una carrera de bicicletas o robas unos millones del dinero público o estás condenado a ser un don nadie. Hace unos días leí en EL COMERCIO la sugerencia de varios jóvenes escritores de tributarle algún tipo de reconocimiento a Víctor Alperi, que no conoce la vanidad y es alérgico a los homenajes. Aún así, aprecia la amistad, porque la ha diseccionado a base de practicarla, y merece que muchos, al unísono, le digamos que muchas gracias por haber sido como fue y por seguir siendo como es. Es algo que demostró con su devoción filial hacia Dolores Medio, otra gran escritora condecorada con la ingratitud de algunos de sus más vanidosos, endiosados y fantasmagóricos paisanos, algo que a la propia novelista, la maestra rural que ganó el Nadal con "Nosotros, los Rivero" le hacía mucha gracia... Por otra parte, los movimientos migratorios dentro de Asturias han propiciado que numerosos mierenses, así como gentes del Nalón y del Aller, residan en Gijón, y Víctor es todo un símbolo de esa condición complementaria del carbón de su infancia y juventud y el salitre de sus años maduros.

Puede llevar a gala que la Asturias oficial nunca contó con él porque quien no está inscrito a la secta ni es incondicional ni hace la pelota siempre será sospechoso de algo malo y de nada bueno. Víctor Alperi, en fin, es rara avis de este lugar y de este tiempo por su condición de insobornable y por la ligereza de su equipaje de polizón de una época en que los cálidos nidos de las aves de rapiña eran acogedores para los de la cuerda del poder: renunció a estas covachuelas como un monje vestido de paisano que nunca quiso más que el bien de los demás.

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