Rajoy gobierna tras dos elecciones

El nuevo Gobierno posa en las escaleras de la Moncloa en su primer Consejo de Ministros./
El nuevo Gobierno posa en las escaleras de la Moncloa en su primer Consejo de Ministros.

El líder del PP supera un año de bloqueo y repite mandato gracias a la abstención socialista

ANDRÉS SUÁREZGijón

Cambiarlo todo para que nada cambie es una máxima que bien puede aplicarse al último año que ha vivido la política española. Después de dos elecciones unas en diciembre del pasado 2015 y otras en junio la composición del Congreso de los Diputados es bien diferente a la anterior, pero el poder no ha cambiado de manos. Tras un año de bloqueo, Mariano Rajoy continúa como presidente del Gobierno tras una controvertida e histórica abstención de un PSOE partido por la mitad. Rajoy afronta ahora una legislatura en minoría en la que debe negociar apoyos para sacar adelante sus proyectos, ya sea con los nacionalistas vascos o con unos socialistas en horas bajas que, pese a todo, lograron impedir el sorpasso de Unidos Podemos.

Mayoría absoluta de Feijóo en Galicia y pacto PNV-PSE en el País Vasco

En la defenestración de Pedro Sánchez como secretario general del PSOE influyeron varios factores y el mal resultado del partido en las elecciones autonómicas de Galicia y País Vasco fue uno de ellos. No hace tanto tiempo que los socialistas gobernaban en Galicia y ahora son una fuerza residual. En el País Vasco el resultado fue también malo, aunque compensado con la entrada en el Gobierno del PNV. De los comicios en la comunidad vecina, además, emergió la figura de Alberto Núñez Feijóo como principal aspirante a suceder a Mariano Rajoy al frente del PP nacional con vistas al futuro.

En teoría, el escenario en Galicia era inquietante para Feijóo. Allí Podemos, a través de sus formaciones hermanas, las Mareas, parecía emerger como alternativa. Una posible alianza con un PSOE en declive amenazaba con apartar del poder al barón del PP, que necesitaba una mayoría absoluta para gobernar. Y la logró, con holgura además para asegurarse otros cuatro años al frente de la Xunta. Al final, la suma de la izquierda se quedó muy lejos de las expectativas y el antaño influyente BNG, en mínimos.

De las elecciones sale tremendamente reforzada la figura de un Feijóo que hoy ocupa la primera posición en la parrilla de salida de la carrera por la sucesión de Rajoy. Queda todavía mucho tiempo para que ese escenario se plantee, pero, cuando llegue, buena parte de las miradas estarán puestas sobre Santiago de Compostela.

No hubo cambios en Galicia y tampoco fueron especialmente relevantes en el País Vasco, en unas elecciones marcadas por la inhabilitación de Arnaldo Otegi como candidato de Bildu y por la alianza final de PNV y PSOE en la conformación del nuevo Ejecutivo de Iñigo Urkullu. La entrada en el gobierno mitigó la decepción de los socialistas por el mal resultado electoral cosechado por la candidatura de Idoia Mendia.

Aunque Bildu obtuvo un resultado positivo, lo mismo que la marca de Podemos, ambos se quedaron fuera del núcleo del poder. También el PP, que registró un retroceso aunque quizá menor que el que se temía.

En realidad solo ha transcurrido un año, pero parece que hubiera pasado un mundo desde aquellos comicios de diciembre de 2015 en los que el PP se despeñó desde su mayoría absoluta hasta unos escasos 123 diputados que dejaban a Rajoy virtualmente fuera de la Moncloa. Los populares pagaron tanto el desgaste de sus escándalos de corrupción como la factura de la gestión de la crisis económica y quedaron en una posición realmente débil. Una debacle solo amortiguada por el desplome de su eterno rival, el PSOE, que con Pedro Sánchez como candidato se quedó en unos pírricos 90 escaños.

Con ese dibujo, y en vista de que los socialistas no estaban por la labor de allanarle el terreno, el PP optó por esperar y fue el propio PSOE el que tomó la iniciativa, aunque con la capacidad de Sánchez para articular pactos muy limitada por las guías trazadas por el comité federal: nada de pactos con los independentistas y cuidado con Podemos, que había entrado con fuerza en el Congreso 69 escaños sumando a sus fuerzas satélite y tenía como principal objetivo engullir a los socialistas.

En esa tesitura, Sánchez maniobró y cerró un acuerdo con Ciudadanos para, a partir de ahí, intentar la pirueta de incorporar también a Podemos. La operación no cuajó, visto que las dos fuerzas emergentes son como el agua y el aceite, y el entonces candidato del PSOE se sometió a una investidura fallida que abocó a un escenario de bloqueo. No había salida aparente y todo derivó en una nueva convocatoria electoral.

Las elecciones del pasado 26 de junio certificaron las mil y una vidas de Rajoy. El PP fue el gran beneficiado de los meses previos de colapso y, apelando al voto útil, experimentó una notable subida que le situó con 137 escaños. Ese bloqueo pasó factura al resto de partidos. El PSOE continuó su imparable caída y llegó a 85 escaños, mientras que Unidos Podemos, la suma de la formación morada e IU, obtuvo el mismo número de dipitados que ambas fuerzas habían logrado antes por separado, 71. En las semanas previas a los comicios se había alimentado con fuerza el discurso del sorpasso, de que Unidos Podemos se convertiría en la primera fuerza de la izquierda superando al PSOE, y el fracaso de la intentona dejó caras de amargura en Pablo Iglesias y los suyos. Ciudadanos, por su parte, bajó de 40 a 32 escaños.

El 'no es no'

El dibujo político de la noche electoral apuntaba a un camino despejado para Rajoy, pero nada más lejos de la realidad. Daba la sensación, al menos al principio, de que el PSOE se resistiría en un primer momento pero, al final, se abstendría y facilitaría la investidura de Rajoy. Ese parecía el plan. Pero la situación, lejos de desencallarse, se enquistó todavía más cuando los socialistas, con Sánchez a la cabeza, enarbolaron el ya famoso no es no.

Y vuelta al bloqueo. Rajoy cerró entonces un pacto con Ciudadanos y tuvo, como Sánchez anteriormente, que pasar por el trago de la investidura fallida. A partir de ahí, los acontecimientos se desencadenaron a toda velocidad.

Todo explotó por el flanco del PSOE. Ante la sospecha de que Sánchez tramaba un gobierno con Podemos y el visto bueno de los independentistas catalanes, los barones territoriales, con Susana Díaz a la cabeza y entre ellos Javier Fernández, dieron un golpe de mano que acabó con el ex secretario general fuera del poder y una gestora precisamente con Fernández al frente tomando las riendas del partido. El desenlace es el ya conocido. Después de dos semanas de progresiva modulación del discurso, a partir del argumento de la necesidad de evitar unas terceras elecciones, los socialistas se abstuvieron y, a la segunda, Rajoy fue investido presidente. No sin polémica, ya que 15 de los 85 diputados del PSOE votaron no rompiendo la disciplina de grupo y fueron por ello castigados.

El panorama que afronta el nuevo Gobierno de Mariano Rajoy está marcado por la incertidumbre. El arranque de la legislatura está marcado por los acuerdos puntuales entre el PP y el PSOE, que benefician a ambos: a los primeros les da margen de gestión y a los segundos, tiempo para recomponerse de sus heridas internas y discurso de oposición útil frente al intento de Podemos de erigirse en referente de la izquierda. La cuestión es cuánto puede durar ese entendimiento, con los presupuestos para 2017 a la vuelta de la esquina. Rajoy juega en ese sentido con una baza, la posible convocatoria de elecciones anticipadas en caso de no tener una mayoría estable con la que gobernar. Con ello presiona al PSOE.

En Asturias las dos elecciones celebradas en unos meses han repetido, a grandes rasgos, el resultado. La coalición de Partido Popular y Foro suma tres diputados y mayoría en el Senado, frente a los dos parlamentarios de PSOE y Podemos y el único diputado de Ciudadanos, Ignacio Prendes, que ha sido elegido vicepresidente dl Congreso.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos