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«Argentina es un país hermoso, pero con gobiernos muy malos»

José Manuel, rodeado de sus siete nietos en Buenos Aires, donde vive./
José Manuel, rodeado de sus siete nietos en Buenos Aires, donde vive.

José Manuel Lurbe emigró a Buenos Aires en 1951 con su madre y su hermana: «Me gustaría volver, pero con la inflación es imposible; hace dos años ganaba al cambio 2.100 euros y ahora 1.200»

M. F. ANTUÑA

Fue el 13 de noviembre de 1948 cuando Manuel Lurbe vino al mundo en en la calle Salvador Moreno de Gijón, aunque no fue hasta dos días después cuando su nombre se anotó en el registro. Solo tres años después tomaría rumbo a Argentina, el lugar donde ha hecho su vida este hombre para quien la distancia nunca ha sido el olvido y que aún hoy entona el tango 'Volver'. «Por alguna razón mi padre vino a Buenos Aires, alojándose en casa de su hermana, en la localidad de Florida, donde tramitó y compró el boleto del viaje para traer a Argentina a mi madre, a mi hermana y a mí en el año 1951», relata.

Con tres añitos comenzó su diáspora. Vivió en el barrio de Flores de la capital federal y más tarde en Vicente López, en la provincia de Buenos Aires. Se formó como oficial tornero en la Escuela de Aprendices a Operarios AMBA, perteneciente a la Armada Argentina, donde recibía un sueldo mientras estudiaba. La vida familiar prosperaba: su padre llegó a ser gerente de expedición en la fábrica de aceites Ybarra, conoció a la que hoy es su mujer, hizo unos cursos de operación de máquinas IBM y en 1967 entró a trabajar en la misma empresa que su padre. Corría el año 1970 cuando se casó con Ester, con quien tendría cuatro hijos, y comenzó una carrera profesional que le llevó por diferentes caminos. Trabajó en una tintorería industrial llamada Muller y en la Compañía Argentina de Cemento Portland, como operador de sistemas de IBM. Aparecían en aquellos tiempos los primeros ordenadores personales y Manuel, siempre atento, se afanó en aprender. «Me llamaron mucho la atención y me dediqué casi de lleno a dar soporte al usuario». Así fue hasta 1990, año en que se vendió la compañía. A partir de entonces su trabajo se centró en el soporte y reparación de ordenadores personales e impresoras hasta su jubilación en 2013.

«Argentina es un país hermoso, enorme, con muchísimos recursos naturales, ganado, granos, madera, oro, plata, carbón, pero lamentablemente los gobiernos son malos, solo están pensando en la reelección, hay mucha corrupción y se olvidan de gobernar, tenemos una inflación tremenda que no deja vivir a nadie», apunta. Y aporta datos reveladores: «Para tener una idea, en el año 2013 el euro costaba 13 pesos argentinos, y hoy estamos pagando 33 por cada uno», asegura. No es fácil la vida en esas circunstancias y más aún poder volver a la tierra de la que salió siendo un crío: «Me gustaría irme a Asturias, cómo no, Gijon sobre todo me encanta, pero con mi jubilación, que cada día es menos, es imposible. Hace dos años al cambio tenía 2.100 euros y este año solo 1.200, con eso no podría vivir allí, y con 69 casi 70 nadie me daría trabajo», lamenta.

Acaba de regresar precisamente a Argentina después de un viaje por España que le tuvo visitando el Principado. «Encontré Asturias pujante, con gente solidaria, y dispuesta a brindarse en cada momento, con un gran potencial, buena gente, me cuesta hablar de esto pues se me llenan los ojos de lágrimas». Y eso que es consciente de que su añoranza no es la de quien acaba de dejar a los suyos lejos, que en Asturias solo tiene ya dos primas por parte de madre en Cangas del Narcea, que su familia y su vida están en Argentina. «Echar de menos no puedo hacerlo, pues vine muy de chiquillo, pero sí realmente me gustaría muy mucho volver». En ese caso, no lo haría solo: «Mis hijos también se irían para allí, tengo dos hijas que ejercen de maestras jardineras, otra que está trabajando en una agencia de turismo, y el menor presta servicios de soporte a usuarios desde casa», concluye.