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«Me gusta la libertad que tengo»

Asturianos por el mundo: «Me gusta la libertad que tengo»
Joaquín Suárez-Saro, en un parque berlinés.
Asturianos por el mundo

El ovetense Joaquín Suárez-Saro vive entre Berlín y México, pero no se decide

A. VILLACORTA

Al ovetense Joaquín Suárez-Saro Garrido pueden encontrarlo a caballo entre Alemania y México, probablemente dos de los lugares más antagónicos del planeta. Así que este licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas por la Complutense tiene la cabeza hecha un lío, porque no sabe con cuál quedarse. Aunque, de momento, en esta carrera entre el Norte y el Sur, el frío y el calor, va ganando el país de Angela Merkel, la cerveza y las frankfurt, donde decidió establecerse hace nueve años siguiendo los pasos de una chica.

«Mi carrera profesional empezó haciendo prácticas en una empresa madrileña de relaciones públicas y, después, me mudé a Leipzig porque estaba saliendo con una alemana y, de ahí, a Berlín, donde encontré trabajo en una 'start-up' y lo aprendí todo», empieza a contar su historia de asturiano por el mundo Juako o Chus, como lo conocen sus amigos de siempre. Pero, como nada es eterno -ni siquiera el amor-, el relato prosigue independizándose en lo sentimental y en lo laboral. «La relación se acabó y me hice autónomo». Eso sí, antes tuvo tiempo para «aprender bien alemán», aunque no sin ciertos contratiempos.

Se acuerda, por ejemplo, de una vez, en un semáforo en rojo, en la que le cayó una bronca sin que, a día de hoy, sepa a qué respondía. «Era por la mañana y me acuerdo de que iba medio dormido en la bici y algo debí hacer mal porque un señor se colocó a mi lado y se puso a gritarme hasta que la luz se volvió a poner verde». Un 'shock' del que salió como pudo: «Le dije las únicas palabras que sabía, 'buenos días', y me fui», se ríe ahora recordándolo. Unos primeros tiempos en los que se convirtió en todo un especialista en hacer que entendía las conversaciones en los bares gracias al lenguaje gestual cuando la verdad es que no pillaba ni una: «Tenía incluso una cadencia en la que asentía a mi interlocutor durante cierto tiempo y, pasado un rato, ponía cara de extrañeza».

Pero ahora, nueve años y muchas cañas después, Juako se declara enamorado de la vida berlinesa y desmiente el tópico de que los germanos sean tan cuadriculados como dicen: «No lo tengo yo tan claro. Lo que sí es verdad es que en Berlín hay mucha gente loca haciendo cosas muy guays. Estoy encantado».

Gente tan loca como él, que se ha aliado con cuatro amigos (una diseñadora italiana, un informático francés y dos mexicano s multidisciplinares) a los que conoció allí para formar un equipo de trabajo que a finales de año se transformará en una empresa de marketing digital llamada La Comuna, «porque está pensado que en ella no haya jerarquías y que se vaya incorporando más gente, aunque habrá que estudiar bien los perfiles necesarios». Una compañía en la que nadie será más que nadie y que se dedicará, «por un lado, a hacer webs o campañas de promoción a medida de cada cliente y, por otro, a gestionar páginas propias donde se gana dinero con la inserción de publicidad». Y lo cierto es que no les va nada mal. Por no hablar de que ya no podría soportar «eso de estar en una empresa con veinte días de vacaciones al año para repartirlos entre volver a Asturias a ver a la familia y viajar. Me gusta mucho la libertad que tengo», proclama.

Ahora él es su propio jefe. Decide cómo y cuándo. Y, de hecho, acaba de pasar cuatro meses en playa del Carmen, muy cerca de Cancún, donde tienen su oficina. Un lugar que le sorprendió gratamente: «No me apetecía nada ir porque me imaginaba el típico sitio turístico y resultó que fue todo muy fácil, empezando por socializar, y la primera semana ya conocía a un montón de gente».

Cuatro meses que han servido como «una especie de test» para ver si se muda o no. Una decisión que a su madre le da más igual, pero que a su padre le inquieta: «Él es el que más lo sufre, el que siempre está preocupado por saber dónde ando».

Pero, de momento, vuelve a Berlín, desde donde compara las condiciones laborales de sus amigos asturianos y comprueba que «en Alemania se cobra mucho más por hacer lo mismo» y donde estudiará la opción mexicana. «¿O quién sabe? Igual nos hacemos ricos y terminamos cogiendo aviones como quien coge taxis y no necesitamos elegir».

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