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«Nadie se va de Asturias sin pensar en volver, pero es muy complicado»

Gustavo vive en una zona verde y montañosa similar a Asturias./
Gustavo vive en una zona verde y montañosa similar a Asturias.

Gustavo Álvarez Díaz trabaja en Friedrichshafen desde hace cuatro años | «Poco a poco la cultura se va contagiando y se ven las cosas desde otro punto de vista», apunta este ingeniero lenense formado en Gijón

M. F. ANTUÑA

Se fue para dos años y ya lleva cuatro. Gustavo Álvarez Díaz (Villallana, Lena, 1984) vive en Alemania con su mujer mexicana y su niño de 23 meses. Formado en el Pilar de Pola de Lena, licenciado por la Escuela de Ingenieros de Gijón y MBA por la Universidad Rey Juan Carlos, encontró primero empleo en Madrid, en Crisa, una empresa del grupo Airbus que se dedica a la electrónica de equipos del espacio, y a las cuatro años, un proyecto conjunto con Airbus Defence & Space en Friedrichshafen le hizo trasladarse a Alemania. «Llegué desplazado por mi empresa desde Madrid para un proyecto, tras el cual se me ofreció continuar en el centro de Friedrichshafen. Mi mujer y yo decidimos quedarnos porque tras dos años aún no habíamos aprendido el nivel de alemán que pretendíamos y porque ese tiempo nos supo a poco. Aún disfrutamos de la novedad de un país nuevo», apunta Gustavo.

A él la experiencia alemana no le está resultado una gran revolución a nivel laboral. No ha cambiado de empresa y los procesos de trabajo son muy similares a los de España. Pero sí tiene pros Alemania respecto a nuestro país: «Hay ciertos beneficios para los trabajadores que no son comunes en España, como un horario 100% flexible, es decir, se entra cuando se quiere a trabajar y se sale cuando se quiere, mucha oferta de cursos de formación y un sindicato muy fuerte que consigue subidas de sueldo prácticamente año tras año», relata. Pero, pese a los cuatro años de experiencia, aún no se ha acostumbrado ni a comer tan pronto ni tan rápido. «El comedor de la empresa abre de 11 a 13. Como con los compañeros a las 12, y les hago esperar a todos porque no soy capaz de comer a la misma velocidad que ellos», afirma.

La vida es muy tranquila en el pueblo en el que viven, con pocos habitantes y gente afable, con ganas de agradar e incluso de hablar castellano si es menester. «El verano en esta zona de Alemania es fantástico. Hay buen tiempo y se disfruta mucho el lago Constanza para hacer cualquier deporte acuático, y los Alpes, que están a una horita de aquí. El invierno se hace más difícil. Hay pistas de esquí muy buenas a hora y media de distancia, pero los días de trabajo oscurece demasiado pronto y no hay nada de movimiento por las calles», resume.

De noviembre a febrero la vida es más gris, pese a lo cual Gustavo y su familia cada vez están más integrados. «Poco a poco la cultura se va contagiando y se ven las cosas desde otro punto de vista». Y aporta un ejemplo: antes de irse leyó sobre una propuesta para recoger la basura tres días a la semana y le pareció inaceptable. Donde vive se recoge la basura una vez a la semana (un fin de semana la órgánica y otro la general). «Pues oye, uno se organiza y vive. Y seguro que el gasto se reduce y así da para cosas más importantes», señala.

El paisaje se asemeja al asturiano, de modo que no hay añoranzas que valgan. Pero en materia culinaria la cosa cambia. Se añora la sidra, el pescado y se viaja siempre con chorizo de la cuenca y kit de fabada. «Mi mujer es mexicana, pero hace una fabada de vértigo». La ausencia de la familia siempre es un hándicap, y más desde que el pequeño Antón está en su vida: querría que pudiera disfrutar más de sus abuelos y su tía.

Está contento, así que, por el momento, su vida sigue en Alemania. «No creo que nadie marche de Asturias sin pensar en volver, pero se plantea muy complicado. Casi sin pretenderlo me he especializado en un área en el que tengo muy difícil la vuelta», concluye.

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