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Asturianos en la diáspora

«Bailamos siete u ocho horas diarias»

Silvia Menéndez Bango, en Toulouse, donde se forma como bailarina. / E. C.
Silvia Menéndez Bango, en Toulouse, donde se forma como bailarina. / E. C.

«El ballet ocupa un lugar privilegiado en la cultura francesa, en España encuentro que el interés por las artes es menor»

M. F. ANTUÑA

Bailar es su pasión y pronto será también su profesión. Silvia Menéndez Bango (Gijón, 1996) comenzó con cuatro años en el colegio de la Inmaculada a dar sus primeros pasos como bailarina. Luego llegarían los años de Karel, la escuela de danza Ion Beitia en Madrid, a donde se desplazó en segundo de bachillerato y coordinó sus estudios de danza clásica con el instituto y la selectividad, y, desde 2016, vive en Toulouse, donde estudia en la VM Ballet School. La formación es dura, intensa, pero enriquecedora: «Mi día a día transcurre en la escuela, entre clases y ensayos con la compañía joven de la escuela (VM Ballet Junior Company). Bailamos en torno a 7 u 8 horas diarias de lunes a viernes y a veces también los fines de semana», relata.

Es feliz. No tiene quejas. Se siente agradecida de poder hacer de su pasión su profesión. «Me encanta lo que hago: por un lado, en cada clase perfeccionamos la parte más técnica y, por otro, la Junior Company nos da libertad para desarrollarnos como artistas y aprender cómo funciona el trabajo de cada día en una compañía profesional. También nos da la oportunidad de bailar en escenarios. A veces la exigencia física y mental es realmente agotadora, pero al final compensa», afirma.

Vive en Toulouse con un matrimonio francés «encantador» y ha hecho buenos amigos, pero, pese a ello, estar lejos de casa no es fácil. Le gusta la ciudad, le entusiasma su ambiente cultural y admira el amor al arte de sus nuevos vecinos. «Hay muchas exposiciones, óperas, conciertos. A los franceses les gusta acudir al teatro a menudo y el ballet ocupa un lugar privilegiado en su cultura. Forma parte de su historia, lo valoran mucho y lo tienen socialmente muy integrado», anota. Bien distinta es la situación en España: «El interés por las artes está menos desarrollado y el ballet no está culturalmente muy extendido, lo que hace difícil formarse al mismo nivel que en otros países de Europa y desempeñarlo como una verdadera profesión».

Admira también del pueblo galo su capacidad de trabajo y su seriedad en el ámbito profesional. «No pierden el tiempo, son pragmáticos y ambiciosos». Sostiene Silvia que se marcan objetivos y trabajan mucho para lograrlos. Eso sí, son más distantes y fríos en el trato. «Diría que a veces les cuesta establecer relaciones de afecto y sentir empatía con los demás, salvando excepciones, por supuesto».

Esos días que se hacen duros desde la distancia, añora a la familia, los amigos, el ambiente, ese carácter más afectuoso más propio de estos lares que de otros, también los paisajes y el mar. Pero no decae. Sigue firme en su propósito de trabajar profesionalmente como bailarina. «Desde principios de este año estoy realizando audiciones para integrarme en una compañía profesional. Siento que ya he finalizado mi etapa de formación y ahora toca desarrollarse realmente como artista, en un ambiente profesional distinto al de la escuela. Encontrar el primer contrato de trabajo es difícil, hay que buscar y buscar hasta encontrar el lugar que te corresponde».

Mientras llega el nuevo destino vital, siente que el tiempo no ha pasado en balde, que estos años lejos de Asturias han sido un auténtico aprendizaje. «Me ha hecho valorar mi tierra cada vez más, me siento muy afortunada de haber tenido la oportunidad de volar y ver más allá, me ha hecho aprender muchas cosas y también darme cuenta de la joya que es Asturias y su gente».