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«Aquí, si te dejas llevar, te aplatanas»

«Aquí, si te dejas llevar, te aplatanas»
Juan Manuel Bobes, con su pareja, Isabel, en Punta Cana.

Juan Manuel Bobes trabaja en un macrohotel de la República Dominicana

A. VILLACORTA

Juan Manuel Bobes Álvarez curra mientras el resto del mundo está de vacaciones, pero no le importa, porque a este ovetense le apasiona lo que hace. Eso sí, que nadie se piense que su vida en un macrohotel de Punta Cana es relajada: «Muchos piensan que los expatriados que trabajamos en el Caribe pasamos la mayor parte del tiempo bajo una palmera con el portátil y una piña colada y no es así: se hacen bastantes más horas que en España y, por lo general, se trabaja con bastante presión, porque la competencia es muy dura en este sector».

A la República Dominicana llegó en 2016, tras cursar la diplomatura de Turismo -además de inglés, francés y alemán en la Escuela de Idiomas- y la licenciatura en Ciencias del Trabajo, obtener una beca Leonardo para irse unos meses a Irlanda del Norte y comenzar su vida laboral en varios hoteles, de Oviedo a Ibiza.

Y así, formándose y ascendiendo y también empujado por la crisis, como muchos otros jóvenes de su generación, llegó al resort en playa Bávaro del Palladium Hotel Group, propiedad de la familia Matutes, donde vive y trabaja como asistente de Dirección de Recursos Humanos. «Es una mini-ciudad donde, entre empleados y clientes, vivimos más de 5.500 personas, con supermercados, doctores, tiendas, capilla, teatros, bares, restaurantes... y hasta una pequeña guardería. Un volumen con el que no nos podemos aburrir nunca».

Allí, está acompañado por su pareja, Isabel, valenciana, que también trabaja en el país: «Ella es mi familia aquí, mi apoyo y la persona que me aguanta a diario desde hace ya dos años y medio largos. El destino es caprichoso y quiso unir para siempre a una valenciana y un asturiano en el Caribe». Un apoyo que ha resultado fundamental, aunque no oculta que, al principio, el choque cultural fue «bastante grande»: «Este país aún debe invertir mucho en educación. Esa debe ser la prioridad número uno. Y, por otra parte, la gente no se estresa con la facilidad con la que lo hacemos en Europa y, obviamente, eso tiene una parte buena y otra mala».

Unas costumbres y un ritmo que, a veces, provocan que la gente, «si se deja llevar, se aplatane». E incluso se olvide de que la zona en la que Juan Manuel está «es una especie de burbuja o jaula de cristal comparada con el resto del país, que en algunos lugares lamentablemente todavía se encuentra en vías de desarrollo y con mucha necesidad» y en el que «se necesitan reformas para mejorar la competitividad. Por ejemplo, algo tan básico como contar con un mejor servicio de agua y electricidad». Solo un dato: «El promedio de salario mínimo actual es el equivalente a unos 260 dólares al mes». Y otro dato más sobre lo que representa su sector: «El turismo es el principal motor de República Dominicana, una de las economías con mayor crecimiento actualmente en Latinoamérica. Y casi el 50% de las llegadas al aeropuerto son de viajeros de EE UU y Canadá, así que lo lógico es que se piense mucho en el cliente americano, que se trabaje en hoteles 'american friendly' y que siempre se busquen nuevas formas de sorprenderlos. Queremos convertirlos en una especie de fans».

Todo «un paraíso» en el que «el tiempo pasa sin que te des casi ni cuenta»: «No hay cambio horario, anochece siempre a la misma hora y no se notan los cambios de estación ni de vestuario. Así que, de repente, te plantas en verano y hace dos días que te parece que fue Navidad. La primera que pasé aquí, a casi treinta grados, sin orbayu y con las palmeras decoradas, fue muy extraña», bromea.

«Un lugar con unos rincones increíbles y con una gente muy acogedora que te hace sentir como en casa aunque estés a más de 6.500 kilómetros de la tuya» y donde «se lleva el ritmo y la música en la sangre: es imposible que un dominicano no te sonría a lo largo del día o no sepa bailarte una 'bachatica' de Juan Luis (Guerra) o de Romeo (Santos)». Un destino azotado de cuando en cuando por los huracanes -con el correspondiente susto- que Juan Manuel e Isabel abandonan dos veces al año para ver a la familia y donde a los españoles se les tiene «mucho cariño»: «Además, hay mucho asturiano y no es difícil encontrar una buena sidrina, fabada, quesu Cabrales y hasta algo de chocolate La Cibeles. Algún domingo me toca preparar fabada para los amigos, porque, a pesar del calor, no hay cosa que más preste que una sobremesa en buena compañía después de una buena fartura». Y es que hay cosas que ni en el Caribe cambian.

 

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