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«En Francia pagas hasta por respirar»

Patricia Villacorta y su marido, Rolando Massó, en Francia.
Patricia Villacorta y su marido, Rolando Massó, en Francia.

Patricia Villacorta y su marido, cubano, llevan cuatro años en el país vecino

José Luis González
JOSÉ LUIS GONZÁLEZGijón

A la ovetense con corazón riosellano de 32 años Patricia Villacorta Cuervo, internet le cambió la vida en dos ocasiones. La primera, cuando conoció al que hoy es su marido, el cubano Rolando Massó, a través de la red de redes. Y la segunda, cuando encontró el trabajo que hace ya casi cuatro años la llevó a Francia, donde la pareja ha encontrado la estabilidad laboral tras sufrir los rigores de la crisis en Asturias. Y nadie dirá que no intentaron con todas sus fuerzas labrarse un futuro profesional en España, porque, tras diplomarse en Fisioterapia, Patricia llegó incluso a montar su propia clínica, además de trabajar por cuenta ajena en empleos que duraban lo que duraban los veranos, a los que se sumaron varias intentonas en el terreno de la hostelería.

Así que llegó un momento en el que la disyuntiva era: «O irse o seguir viviendo en casa de tus padres». Y la ovetense con corazón riosellano, a la que varios compañeros de la Facultad le habían hablado de sus experiencias positivas en el país vecino, no lo dudó y envió su currículum a una agencia especializada que, justo al día siguiente, la llamó para ofrecerle su primer trabajo en Francia, «donde hay mucha demanda de fisioterapeutas».

Desde entonces, han pasado ya cuatro años y Roly y Patri, Patri y Roly, han conseguido un montón de cosas como convalidar su título allí, aprender francés a marchas forzadas y hacerse con dos empleos indefinidos en Amélie-les-Bains-Palalda, idílica comuna francesa situada en el departamento de Pirineos Orientales y la región de Languedoc-Rosellón, de poco más de 3.000 habitantes. O, según su denominación antigua, Los Baños de Arles. Y nunca mejor nombrada porque la pareja astur-cubana trabaja en las termas de la localidad. Él, en tareas de mantenimiento y restauración. Ella, ocupándose de la rehabilitación que prescriben los médicos galos a los pacientes en aguas termales, todo con cargo a la Seguridad Social francesa. Porque, como explican, «en Francia pagas hasta por respirar. Abonas muchos impuestos, incluso uno por tener televisión en casa. Y, si declaras que no la tienes, se presenta un inspector para comprobarlo. Eso sí, a cambio tienes unas prestaciones sociales casi casi iguales que en España», ironizan.

«Aquí el trabajador tiene muchos derechos. Empezando por una jornada laboral de 35 horas y un salario decente y pasando por ayudas sociales por tener hijos o cuando se te acaba el desempleo», explican. Así que no han dudado en invertir en su primera casa, «porque, en Francia, cuando tienes un contrato indefinido, los bancos no te ponen demasiadas pegas para darte un crédito».

Pero, «como en la vida no se puede tener todo», a veces sienten nostalgia de la familia («especialmente de nuestra sobrina Naiara») y de la forma de ser de los asturianos. «De poder salir de trabajar e ir a tomar un café». Porque, en Francia, es mejor ir olvidándose de hacer vida social en los chigres: «Por lo general, los franceses son bastante cerrados y solo se reúnen en casa». Así que ellos han optado por rodearse de un grupo de españoles con los que comparten alimentos autóctonos como sidra y fabada, que transportan en un coche a rebosar y que juran que les sale para chuparse los dedos.

Y luego está «la maldición del emigrante: no sentirse del todo de ningún lugar. Cuando vuelves a Asturias, las vidas de tus amigos han cambiado y te sientes un poco descolocado. Y, cuando llegas a Francia, estás deseando volver para estar con tu gente en Ribadesella». Con todo, no se quejan y aspiran a disfrutar la vida ahora que tienen tiempo libre y dinero «incluso para ir al Mercadona a Cataluña, porque la frontera está a solo media hora».

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