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«Todas las noches caigo rendida»

Belén Méndez Valledor, en Rotterdam. / E. C.
Belén Méndez Valledor, en Rotterdam. / E. C.

Belén Méndez Valledor cursa un máster de violonchelo en Rotterdam | Cada vez que viaja a Asturias, esta ovetense tiene que pagar dos billetes: uno para ella y otro para el instrumento

A. VILLACORTA

Veintisiete días. Ese es el periodo más largo que Belén Méndez Valledor ha estado sin tocar el violonchelo. Porque, al fin y al cabo, «esto es como lo de los deportistas: si dejas de entrenar, pierdes». Así que para ella no hay vacaciones ni verano. «Lo de los veintisiete días fue un paréntesis» que se produjo cuando concluyó segundo de Bachillerato y se marchó con sus amigos de Interrail. Un viaje que estaba cantado, porque esta ovetense de 24 años siempre supo que quería salir de Asturias y ver mundo. Especialmente, Centroeuropa, donde «el nivel musical es muy alto».

Así que el pasado septiembre aterrizó en Rotterdam tras rodar en tren por ciudades como Utrecht, Tilburg, Berlín, Münster, Lübeck, Colonia, Dresde o Basilea, donde tuvo la ocasión de recibir clases de varios profesores, para cursar ahora en tierras holandesas un máster de interpretación de chelo, el instrumento que eligió cuando solo tenía siete años «un poco por casualidad», porque en su familia nadie más se dedica a la música.

Fue mientras estudiaba en el cole Dolores Medio cuando se metió en el coro y su profesor le sugirió que probase con el violonchelo. «Así empecé. Y eso que yo lo que pedía en casa cuando era pequeña eran una gaita y un tambor», recuerda sonriendo.

Era el inicio de una carrera forjada a base de disciplina y tesón que la llevó a cursar el grado superior en el Conservatorio de Oviedo y que ahora la ha trasladado a la ciudad holandesa, donde vive con su novio, violinista, y con otros dos compañeros de casa, uno de ellos polaco y el otro, kurdo. Y, aunque reconoce que «la convivencia siempre es difícil», lo suyo no es quejarse. Sobre todo, porque reconoce que está ante «una oportunidad increíble» por la que se siente «muy agradecida». Especialmente, a sus padres, que «no es que tengan muchísimos recursos económicos y que están haciendo un esfuerzo enorme» para que ella pueda formarse en un lugar en el que se respiran melodías. «De hecho, de ellos proviene la mayor parte de mis ingresos», admite.

Una urbe conocida, además de por su patrimonio marítimo, por sus erasmus y su vida cultural. «Una ciudad muy moderna, con muchos edificios variopintos y muy atractiva», aunque ella no lo puede evitar y lo extraña casi todo. «Echas de menos a tu tierra, tu sitio, a tu gente». Porque «estar fuera de Asturias es que te hace valorar aún más lo que tienes. Cosas como que la cajera del súper esté hablando con la gente de la cola tranquilamente en tu idioma te da la vida».

Y eso -apunta Belén, que se defiende en alemán y domina la lengua de Shakespeare- que «todo el mundo habla inglés, lo que se agradece». Pero lo cierto es que ella reconoce que no ha tenido tiempo aún de hacer amigos. «De momento, tengo conocidos. Aquí la forma de vida es más individualista, más fría, más distante».

Con todo, no se ha quedado quieta y, además de sus cuatro horas de práctica diarias y de las clases, toca en un grupo y trabaja «para sacar algo de dinero» en una compañía de estudios de mercado. Y, en el poco tiempo que le queda libre, cursa Psicología en la UNED. «Una especie de plan B».

Así que no es de extrañar que todas las noches caiga «rendida en la cama». Pero Belén Méndez no se queja. Ni de eso ni de la comida, que la mayoría de las veces «se limita a parar media hora para comer un bocata». Nada de dos horas para disfrutar de la buena mesa. «En España, estamos muy mal acostumbrados con eso», bromea. Porque el objetivo es y seguirá siendo volver. «En cuanto convoquen una plaza de violonchelo en la OSPA, que tiene unos programas envidiables, ahí estaré la primera. ¿Dónde hay que firmar», se ríe.

Pero, de momento, seguirá teniendo que comprar dos billetes de avión cada vez que regrese. Uno para ella y otro para su chelo, obra de un luthier de Avilés que, aunque es «normalito», cuesta «unos 17.000 euros, así que no es plan de facturarlo». Y seguirá viendo cómo sus profesores compatibilizan los recitales con sus clases en el Conservatorio, que «en Rotterdam está dentro de la Universidad. Es como una carrera más. Lo de que en Asturias les obliguen a elegir entre dar clase o tocar es una pena, porque estar ante el público es lo más enriquecedor para un músico».