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«Aquí mis profesores viven la carrera»

Amanda Granda, en Viña del Mar. /
Amanda Granda, en Viña del Mar.

La naviega Amanda Granda cursa en Chile tercero de Filología Hispánica: «Los europeos estamos acostumbrados a generalizar con Latinoamérica y las diferencias entre países son abismales»

A. VILLACORTA

Cuando Amanda Granda les comunicó a sus padres que su intención era irse a Chile, a catorce horas de vuelo con escala en Madrid, la respuesta fue tajante. «Sí, claro, y a Marte también», le contestó su madre. Vamos, «que ni de coña». Pero esta naviega de veinte años es impulsiva y cabezota como ella sola, además de tener las cosas muy claras: «Cuando tomo una decisión, la tomo. Para bien o para mal».

En realidad, esta historia comienza hace tres años, con su decisión firme de cursar Filología Hispánica en Oviedo y, de paso, ponerse a currar como «azafata, camarera de día, camarera de noche. En lo que saliera. Sin poner demasiadas pegas». Porque el objetivo estaba también fijado: ahorrar para cuando llegase el momento de cruzar el charco y poder estudiar el tercer curso del grado en la Universidad de los Andes y especializarse el literatura hispanoamericana. Una meta que vio alcanzada cuando, además, le concedieron una de las becas de movilidad internacional de la Universidad asturiana, a la que se sumó otra del Banco Santander, y desde el pasado mes de julio vive en Santiago.

Así que, si no supiésemos de su determinación a prueba de 'noes' maternos, parecería que el destino de Amanda estaba escrito, porque no solo su nombre evoca al inmortal Víctor Jara, sino que su primer trabajo en la carrera fue sobre Gabriela Mistral, una mujer que la tiene fascinada. Porque, según explica, «ademas de ser una de las figuras más importantes de la literatura chilena y latinoamericana que no ha sido suficientemente reconocida, tiene una vida apasionante». Premio Nobel en 1945, lesbiana en el armario cuando en Chile nadie podía serlo, errante como cónsul y representante en organismos internacionales de América y Europa...

Todo esto Amanda Granda lo cuenta con pasión al otro lado del teléfono, porque eso es precisamente lo que ha ido a buscar a Chile, donde se le ha perdido mucho más de lo que a sus padres le gustaría: «Un país que, en cuanto a cultura literaria, es lo máximo, además de muy fecundo, y con un nivel educativo también muy alto».

Allí se ha encontrado con profesores que «viven muchísimo la carrera y la literatura. No como algunos en Oviedo, que se limitan a dar la asignatura y punto». Así que está disfrutando «muchísimo» con el estudio de figuras como Raúl Zurita, porque, más allá de Neruda -apunta-, «Chile son mares de poesía». Océanos profundos en los que los estudiantes de la Universidad de los Andes se zambullen sin respiro, porque allí no funciona «eso de tener un examen en enero y otro en mayo, sino que la evaluación es constante y se hacen ensayos continuamente, por lo que la prueba final, que puede ser oral, no tiene tanto peso».

También el carácter de los chilenos «es complejo», quizá «un poco más cerrado que en otros lugares del continente. Digamos que no son los más latinos». Y eso que -según cuenta- «los europeos estamos acostumbrados a generalizar con Latinoamérica, cuando las diferencias entre países son abismales».

Ella, en Santiago, «una ciudad enorme, tan cara como Madrid y que quiere ser europea pero aún no lo consigue por el desorden», se rodea también de venezolanos y cubanos que ya son como su segunda familia y ha percibido que «a los españoles se les tiene en alta estima. Nos sienten muy cercanos». Y eso que a ella, recién llegada, no le entendían «ni una palabra» cuando empezó a decir cosas como «Ostra, tío, flipo». Y a la inversa.

Hoy que ya conoce el desierto de Atacama, Puerto Octay -su lugar preferido- o el Mercado de la Vega, Latinoamérica pura en pleno Santiago, ya se le ha pegado hasta el acento y los modismos para recitar a su adorada Mistral: «Tengo la dicha fiel/ y la dicha perdida:/ la una como rosa,/ la otra como espina./ De lo que me robaron/ no fui desposeída:/ tengo la dicha fiel/ y la dicha perdida,/ y estoy rica de púrpura/ y de melancolía».