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«Volar a Asturias es prohibitivo»

Carla Roces, en George Square, una de las principales plazas de Glasgow./
Carla Roces, en George Square, una de las principales plazas de Glasgow.

Carla Roces volverá a casa por Navidad. Eso sí: por carretera desde Madrid | Esta gijonesa en Glasgow está a punto de leer su tesis doctoral y, después, planea mudarse a otro país

A. VILLACORTA

Casualidad o no, la vida profesional de Carla Roces Rodríguez se decidió cuando alguien, no recuerda muy bien quién, fue a su cole (el Liceo La Corolla, en Gijón) y les habló sobre los últimos avances científicos en la lucha contra el cáncer. Una charla de orientación que consiguió su objetivo, porque aquella pequeña Carla salió convencida de que eso era a lo que iba a dedicarse: «Supe que quería investigar». Y, al concluir el Bachillerato, esta gijonesa de 32 años que transmite entusiasmo por lo que hace optó por Farmacia, que le abría un campo inmenso de posibilidades.

Lo que no sabía entonces era que, durante su último curso en Salamanca, se despertaría su otra gran pasión: descubrir el mundo. «Me fui a Cerdeña con una beca Erasmus de prácticas y allí me di cuenta de que lo que me gustaría era trabajar fuera de España».

Así que, tras concluir la carrera, se marchó un mes a Londres para obtener, gracias a un curso intensivo, el certificado de inglés que necesitaba para moverse por Europa y, de ahí, dio el salto a Dinamarca para cursar un máster durante dos años. «Copenhague es una ciudad increíble. Al frío me acostumbré rápido, porque, además, todas las compañías farmacéuticas están en lugares con bajas temperaturas, así que no te queda otra. En cambio, a lo que me acostumbré peor fue a la oscuridad, a que anocheciese tan rápido».

Pero, a pesar de la escasez de horas de sol, Carla se quedó en la capital danesa haciendo prácticas remuneradas en el Instituto del Serum, volcada en el diseño y formulación de vacunas contra la tuberculosis. Así que se imaginarán qué opinión tiene sobre los grupos anti-vacunas: «No lo entiendo. La gente debería informarse un poco más de lo que dice porque, si no fuese por ellas, habría muchas más enfermedades y muchas más muertes. Son uno de los grandes avances de la historia».

En esas estaba cuando le ofrecieron cursar un doctorado en Inglaterra. Una proposición que aceptó encantada, claro. Al principio, en Birmingham. Y, más tarde, en Glasgow. Concretamente, en la Universidad de Strathclyde, a donde se ha trasladado parte del equipo con el que trabajaba en la antigua potencia manufacturera británica. «En Escocia estoy muy contenta, como en todos los sitios en los que he vivido hasta ahora, porque en todos esos lugares me he encontrado con gente encantadora que me ha tratado genial y me ha dado un montón de oportunidades», resume. Pero en Glasgow especialmente, con que lo de regresar a España no lo ve claro: «No creo que vuelva. Al menos, de momento. Estoy pensando en trasladarme a otros países como Holanda o Canadá cuando termine el post-doctorado, que empezaré en enero. Y creo sinceramente que en España no hubiese conseguido hacer nada parecido a lo que he hecho aquí. Desde un montón de contactos hasta tener un trabajo que me encanta y con un sueldo que es bastante mejor que los de allí».

Eso, por no hablar de los escoceses, que «tienen un carácter muy parecido al de los asturianos, con lo que es muy fácil socializar». Y, «si lo normal cuando llegas a una ciudad es que te relaciones sobre todo con extranjeros», ella ha conseguido sentirse una más en esa ciudad cosmopolita y bulliciosa, rodearse de oriundos y hasta encontrar pareja, un escocés con el que trabaja codo con codo en el laboratorio, felices. «Lo que para algunos sería una pesadilla, que es estar todo el día juntos, nosotros lo llevamos muy bien», bromea.

Cuando sí volverá es dentro de unos días, para celebrar la Navidad con la familia y los amigos, con su hermana y con su sobrino, porque, cada vez que lo ve, tiene la sensación de que «el tiempo pasa muy rápido». Y, además, tendrá mucho que celebrar, porque está a punto de defender su tesis. Eso sí: los precios de los billetes la han hecho desistir de llegar hasta el aeropuerto de Santiago del Monte y el último trayecto (Madrid-Asturias) lo hará en coche con una amiga, porque «los horarios del tren y del Alsa tampoco coinciden con los del avión».

«Volar a Asturias es prohibitivo. Me costaba mil euros y me negué. Cada vez tengo la sensación de que estamos más aislados. Ahora bien: ponen un vuelo a Murcia, que es lo que necesitamos los jóvenes asturianos», ironiza.