Por la puerta de atrás

En los centros de Secundaria pululan a principio de curso una serie de 'entes' perdidos, sin rumbo y que poco a poco van desapareciendo de la vista de los profesores. Se trata de jóvenes de 13 años en adelante cuya vida, intereses, expectativas y deseos quedan muy lejos de lo que pasa entre cuatro paredes llenas de sillas y mesas. Hablar con ellos significa comprender qué quieren ser. Y ahí podemos poner: carpintero, informático, electricista, mecánico, peluquero... Pero el sistema educativo no los deja.

Las anteriores leyes educativas los tenían esperando a terminar la ESO para poder iniciar la formación que se adecuaba a sus intereses y los que no conseguían el deseado título debían esperar a los 17 o 18 años para intentar colarse por alguna de las vías laterales del sistema.

Con la LOMCE se les plantea una nueva opción, la Formación Profesional Básica, estudios centrados en aprender a través del contacto con uno o dos oficios y obteniendo el deseado graduado en Secundaria que les posibilita acceder a la Formación Profesional de Grado Medio y, quizá, quién sabe, posiblemente, de Grado Superior.

Sin embargo, el futuro de estos jóvenes se encuentra inmerso en el afán «negociador» y «colaborador» de nuestros dos grandes partidos políticos para hacer frente a los retos de esta sociedad cambiante y, en consecuencia, a consensuar un sistema educativo que facilite la incorporación de los niños de hoy a la sociedad adulta.

Por otro lado, frente a la posibilidad legal de acceder con 15 años y la opinión razonada del equipo de profesores de ser la medida adecuada, nuestro Gobierno autonómico decide que la opinión de los profesores no es válida, ni siquiera los deseos del alumno ni los de sus padres, al no responder con eficacia a la promesa de que todos los estudiantes podrían acceder a esa oportunidad, condenándolos, como poco, a un año de ostracismo, con todo lo que conlleva, y privándolos de la posibilidad de ser competentes en aquello que les gusta y que se les va a exigir para su incorporación al mercado laboral, a la vez que les refuerza el valor de «eres un inútil, no vales nada» y el sentimiento de «no le importo a nadie».

Otra oportunidad fallida donde el diálogo entre los responsables políticos queda tan alejado de los deseos, intereses o necesidades de estos 'entes' que se nos van por la puerta de atrás. Estamos formando a ciudadanos de mitad del siglo XXI. Es necesario que, de una vez, se plantee qué queremos de nuestros jóvenes y de la respuesta que la escuela da a su formación, donde los contenidos pierden importancia frente al saber hacer, saber responder, saber organizarse y, en definitiva, saber pensar y actuar.

Así, una vez más, los intereses políticos y personales se anteponen al bien de unos jóvenes que se nos mueven en el borde del abismo, y a los que nuestros políticos les han ayudado a dar un paso al frente. Ya vale de café con leche para todos, hay quien prefiere tomarse un té.