El pozo Sotón recibe sus primeras visitas

La visita se inicia en el edificio de oficinas del pozo./
La visita se inicia en el edificio de oficinas del pozo.

Seis guías de Hunosa muestran la mina en un viaje de cinco horas a 556 metros de profundidad

RAMÓN MUÑIZ

Son 140 kilómetros de laberinto en roca. Son 97 años suministrando carbón a media España, a veces, gracias al trabajo en equipo de 1.550 mineros en dos turnos. A 556 metros de profundidad, en su décima planta, las dimensiones del pozo Sotón se diluyen y el forastero centra los sentidos en la linterna de los guías, atender sus explicaciones, y mantener el equilibrio, arrastrándose como sea.

El Grupo Hunosa inició ayer una experiencia pionera. Todos los visitantes que quieran conocer de primera mano la actividad minera pueden, previo pago de 48 euros, adentrarse en las entrañas de pozo abierto entre El Entrego y Sotrondio.

«Esto no es un museo, esto es una mina viva, aquí se dejó de extraer carbón el 31 de diciembre de 2014 pero ahora funciona como pozo auxiliar del de María Luisa, con el que está conectado», advierte Francisco Cabal. A finales de abril, al salir del pozo Monsacro, este electromecánico se encontró en el barracón un anuncio invitando a la plantilla a participar en un 'casting' para reconvertirse en guías. «Desde que estoy en esto, todos mis amigos y familiares me preguntan que cómo se extrae el carbón, porque es algo que realmente no te entra en la cabeza hasta que lo ves; piensa que este pozo tiene una subdécima planta a 695 metros, que es una altitud que sólo la supera un rascacielos en el mundo, en Dubai», subraya.

Siguiendo sus instrucciones y la de otros cinco guías, cada día a lo largo de cinco horas, un grupo de no más de diez turistas se encaramará por chimeneas y planos inclinados, conocerá el funcionamiento de la rozadora y aprenderá a distinguir un hastial de un arco. El recorrido se hace sobre casi cinco kilómetros, entre las plantas octava y décima, y es exigente. «Nosotros no somos grandes deportistas, así que esto lo puede hacer una persona normal, en condiciones físicas aceptables, y mayor de 18 años», matiza José Ángel Huergo, otro de los vigilantes de esta experiencia.

La novedad que ahora empieza es un empeño de la presidenta del Grupo Hunosa, María Teresa Mallada: «La empresa lleva toda la vida abriendo sus instalaciones a las visitas, y eso nos lleva tiempo, obliga a veces a parar la producción para atenderles. Pensamos que era mejor centrarlo en un sólo pozo, con personal especializado; en este caso además aprovechamos que Sotón es un pozo auxiliar de María Luisa, y por tanto ya teníamos que mantener en perfecto estado su bombeo y ventilación». El resultado es el primer pozo abierto al público «no sabemos bien si de toda Europa, pero desde luego sí de España», apuntó ayer, mientras acompañaba al primer grupo de visitantes, ataviada con el primer mono con el que entró a trabajar en los yacimientos de la empresa pública, como ingeniera.

Un proceso de selección, unos paneles indicativos, alguna cuerda para dar mayor seguridad a las escaleras y poco más. «Esto está igual que el último día de trabajo», afirma Rogelio Megido, reclutado desde el pozo Carrio. «Aquí hay casi cien años de trabajo, y si visualizas todo este entramado de galerías en la superficie, lo que tienes es casi una ciudad, una obra magnífica de ingeniería, una catedral de la minería», expone José Enrique Mencía, jefe de comunicación de la empresa.

Pertrechado con el mono reglamentario, linterna, botas y autorescatador, el huésped caminará como en la mina, siguiendo siempre los caprichos de la veta del carbón. Si el mineral exige girar, se gira. Si desciende en un plano inclinado, tocará agarrarse bien a las escaleras y resoplar. Irá conociendo los trucos para disponer mejor los barrenos y picará también sus primeros trozos de carbón. La experiencia se vive entre charcos, vías de trenes mineros, y polvo. En un momento dado, para percibir mejor la situación, los guías invitan a apagar las linternas y escuchar la mina. En otro se simula una detonación o se muestran galerías inundadas.

«Esto de aquí se llama estajar; como la mina tira para abajo pusimos cuadros debajo de cuadros. Al avanzar por un frente el carbón se recoloca y presiona por otros puntos; la mina cambia así, está viva», dice Sánchez.

«Hay veces en las que el picador está trabajando en una chimenea y siente como una suerte que la lámpara no le muestre la distancia al suelo porque está a 60 metros de él y casi mejor no verlo», confía Pedro Sánchez, uno de los guías de esta curiosa brigada en la que también se ha localizado a un técnico llamado Felipe González. «Estar aquí, contando lo que hacemos, es muy bonito; no teníamos experiencia antes de cara al público pero aquí estamos representando a nuestros compañeros, a muchos que se han dejado la vida», cuenta.

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