«En la cuenca se ve el mundo vertical»

Chus Pedro, en El Llaposu, el barrio de El Entrego donde nació. / JUAN CARLOS ROMÁN
Chus Pedro, en El Llaposu, el barrio de El Entrego donde nació. / JUAN CARLOS ROMÁN

Chus Pedro nació y creció en El Llaposu, con el ruido de la mina como banda sonora| Vivió en Oviedo, Gijón, Madrid y hasta cinco meses en Nueva York «por el amor de una mujer», pero El Entrego es el lugar al que volver

M. F. ANTUÑA

Lo que son las cosas, cuando Chus Pedro nació en El Entrego en 1955, todavía no existía El Entrego. Su madre dio a luz y él comenzó a ver la luz en El Llaposu, en una casa a veinte metros de donde ahora se halla la plaza de Santa Bárbara, en el lugar exacto donde hoy se levanta un edificio de cuatro plantas y ático, en la misma carretera general. Era todavía un guajín cuando, con tres años, se instaló en la barriada, ese lugar en el mundo que deja huella, que imprime carácter. «A mí marcáronme los sonidos de la infancia, el turullo, los vagones, el frenillo del tren que pasaba por la vía con carbón, el contacto de les vagonetes, marcome el entorno social donde viví, y, aunque nunca fui mineru, la mí sangre ye negra como el carbón», resume el cantante, que en casa siempre fue Jesús Pedro, tal cual, el nombre artístico, el Chus delante le llegó después. Era aquel guaje «la rebañadura», el despiste que completó una familia con una hermana de 23 años y un hermano de 26. Ella, Nenita, quería que se llamara Jesús; la tía Clementina, Pedro, en honor al marido muerto en la Guerra Civil, y, para evitar el conflicto diplomático, aquel crío tuvo dos nombres con los que mirar al mundo. «El Entrego era un pueblo rodeado de castilletes que tenían mucha vida, pero a medida que fue pasando el tiempo fueron perdiendo intensidad y quedaron como los molinos de viento de don Quijote».

Era un niño tímido, que no lo pasó bien. Se crió en el seno de una familia desestructurada y vivió de aquí allá, con unas tías, con otras. «Yo fui un emigrante dentro de mi propio pueblo, lo que ye vivir en una zona eminentemente minera e industrial donde el alcoholismo generó muchos desgarros familiares», rememora para concluir: «Soy un superviviente». Y un hombre apegado a lo suyo, que advierte la magia, el peso del pasado en calles, bloques y plazas.

Vivió en Oviedo, en Gijón, en Madrid, y hasta «por el amor de una mujer» se estableció cinco meses en Nueva York, pero ha vuelto al hogar, a una casa en la carretera general, en la calle de la Amistad, en el mismo lugar en el que siendo un crío vio cómo en 1962 se llevaba la Guardia Civil al hombre de Enedina. «El Entrego ye mi universo, ye la capital del mundo», anota. Pero hay más lugares: «La zona de Llanes, allí veo la mar, la sierra del Cuera, los Picos de Europa, cuando yes de la cuenca ves el mundo en vertical, por los castilletes, esa masa de hierro que surge de les entrañes de la tierra hacia arriba, ves verde y ves negro, estás metido en un valle cerrado... Y yo descubrí la mar en Gijón, en la Escalerona, donde íbamos a veranear alguna vez y donde empecé a ver un mundo horizontal y multicolor».

Hay tantos mundos. Y él empezó a cantarles a todos en El Llaposu. Allí compuso sus primeras canciones; allí se fraguó su compromiso político. «Hay varios sitios especiales, había uno que se llamaba el bar Concheso, donde los paisanos tomaben caciples de vino y sidra y había una especie de patio con el techo de uralita donde nos juntábamos los jóvenes con inquietudes polítiques y culturales y, allá atrás, con el magnetofón, salíen canciones».

Es un hombre local y global. Solo guarda buenos recuerdos de los mundos vividos más allá de Pajares y si tiene que lamentar un lugar pendiente ese es Australia. Allí emigró su hermano Pepín cuando tenía treinta años. «Este país me marcó familiarmente, pude haber ido y no fui», dice ahora, y recuerda sin pestañear el 25 de mayo de 1982, la fecha en que murió su hermano.

Con 63 años, a Chus Pedro le quedan muchas canciones por escribir, muchos escenarios por pisar y muchas horas por mirar, caminar, oír, sufrir y gozar El Llaposu. «Pa morir no tengo prisa, y sí que echo a veces en falta, por razones de alergies, la luz y el calor, así que no sé dónde terminaré, pero, allá donde esté, el corazón llevará conmigo siempre El Llaposu, El Entrego y la cuenca del Nalón».

 

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