«Ya no se reconoce en el espejo»

Justo y su mujer, Carmen, en el salón de su casa en Gijón. / ARNALDO GARCÍA
Justo y su mujer, Carmen, en el salón de su casa en Gijón. / ARNALDO GARCÍA

Tres familiares de enfermos de alzhéimer relatan sus experiencias como cuidadores | En el día de esta «cruel enfermedad que te obliga a desvivirte», las familias solicitan más ayudas. «Estamos solos»

EUGENIA GARCÍA GIJÓN.

Justo y Carmen se conocieron en una boda: ella tenía 21, él 28. Hoy tienen 64 y 71, continúan viviendo en La Calzada y siguen casados, pero en los ojos de su marido Carmen ya no ve al mismo hombre que durante 46 años fue su amigo, su confidente, su compañero. Hace cinco que el alzhéimer ensombrece los días de Justo y su mujer, que llegó a decirle que no quería más madera en casa, echa de menos las tallas con las que este carpintero se entretenía tras su jubilación.

Ella está acompañada pero se siente sola y él, cree, también. La enfermedad llegó con sigilo el mismo año en que nació su primer nieto. «Empezamos a verlo despistado, como que no prestaba atención». Y un día salió a comprar unas cuchillas de afeitar y no volvía. Por la ventana, su mujer lo descubrió perdido, dando vueltas a la manzana. Fueron al médico a confirmar un diagnóstico que Carmen, que ya lo había vivido «de forma galopante» con su padre, se temía.

Los primeros años fueron «llevaderos». Sin embargo, de un año a esta parte la situación ha cambiado. «Y no tengo de quién echar mano», lamenta. Intenta no llorar, pero no puede evitar que se le llenen los ojos de lágrimas de frustración al contar que hay días en los que Justo ya no se reconoce en el espejo. Se para delante de su reflejo en el aparador del salón y se queda mirando. Antes abría el horno, el microondas, para ver quién había dentro, así que su mujer los tapó con paños. También hay días en los que se inquieta, se frustra y se da cuenta de que algo pasa más allá de su pérdida de memoria. A veces pregunta «en qué lío estoy metido». Y su mujer, su cuidadora, se rompe.

Médicos y psicólogos insisten en que tiene que «hacer su vida». Seguir tomando el café con las amigas o yendo a la peluquería. Pero es fácil decirlo. «¿Cuándo lo voy a hacer? No tengo independencia». Tampoco ayudas. Hasta ahora, su marido va tres horas cada tarde a la sede de la Asociación Democrática Asturiana de Familias con Alzhéimer del Principado de Asturias (ADAFA), donde asiste a talleres de estimulación cognitiva. Es su único «respiro», pero el día 30 se acabará: no hay presupuesto. Y con los 74 euros que reciben por el grado 2 de dependencia no da para un centro privado, que cuesta «unos 500». «Lo tengo que llevar a algún sitio, por él y por mí. Su enfermedad ya está ahí, pero si yo no estoy, él no admite a otra persona». Carmen, que dice echar de menos a su marido, resume, resignada, su situación: «La enfermedad es muy cruel y te obliga a desvivirte en el sentido más absoluto».

A falta de un censo, se calcula que en Asturias hay entre 18.000 y 20.000 enfermos de alzhéimer. Apenas a un par de calles de Carmen y Justo viven José Luis (78 años) y Carmen (74). A él, jubilado de Gijón Fabril, le detectaron la dolencia hará dos años. Los despistes, los olvidos, la falta de orientación: son los primeros síntomas que casi siempre se repiten pero difieren en cada casa. Pero siempre hay algo, un gesto extraño, una palabra, que ya no pasa desapercibido como una pequeña rareza y hace a los más cercanos percatarse de que algo no va bien. «Recuerdo que estaba planchando un pantalón y encontré mi sortija de casada en el bolsillo. Le pregunté y lo negó, se enfadó, me reprochó que le intentaba volver loco», cuenta Carmen, 53 años de matrimonio y casi ocho de notar «cosas raras» a sus espaldas.

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«Cayó un par de veces»

José Luis se cayó un par de veces. Marchó de casa y la llamó desorientado. Ahora no sale solo. En una ocasión tiró sus pastillas; otro día las escondió en el blíster y acabó confesando «que había hecho algo malo» tras sufrir un mareo. «Tienes que estar 24 horas pendiente, es una dependencia continua». Pero lo peor son «los cabreos». Toda la vida tuvo un carácter fuerte; sin embargo, ahora las protestas, los reproches y las peleas son continuas. «Le explico, le digo que voy a hacer tal o cual cosa, pero después se le olvida y me acusa de querer engañarle». La paciencia de Carmen es infinita. «No puedo tirar la toalla. Qué vamos a hacer», dice. Y se encoge de hombros.

«Es como si hubieran borrado parte de su vida». María (86) nunca fue besucona, pero ahora «pide besos y abrazos».

Últimamente es más dócil, pero también tuvo una época de prontos. Cuidan de ella sus hijos Agustín y Elvira, que han sido testigos del progresivo deterioro de una mujer «fuerte, echada para delante, muy activa y emprendedora» que además tenía una memoria de elefante. Pero empezó a despistarse con los cambios al vender en la plaza de Mieres, a contestar mal, y con el primer tratamiento «fue en picado». Alucinaciones, caídas en mitad de la noche. Comenzó a comer compulsivamente. «Sacó 5.000 euros del banco que a día de hoy no sabemos dónde están». Su frase más repetida es «no me acuerdo». Dice Elvira que los enfermos de Alzheimer «son como niños, pero no tienes sobre ellos la misma autoridad».

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