«Tenemos miedo de estar en casa»

«Tenemos miedo de estar en casa»
Benito, Mari Carmen, Luis y José Luis, ayer, en el salón de su casa en Mieres. / J. M. PARDO

El increíble relato de una familia mierense que decidió dormir junta en el salón

MARTA VARELA MIERES.

La familia Díaz vive con el corazón en un puño. No se explican qué les ocurrió en la noche del sábado para que, según afirman, acabaran llamando a la policía después de que en su casa se produjeran «fenómenos extraños». El increíble relato de los Díaz bien podría corresponderse con haber sufrido la broma del siglo, pero por ahora lo que único que manifiestan es «miedo. Tenemos miedo de estar en casa. No sabemos qué hacer», afirma Luis Díaz, que vive en un piso de Mieres con su hijo José Luis.

Lo que relatan, lo que afirman haberle contado a la policía, es que en la noche del sábado, cuando se disponían a cenar a eso de las nueve de la noche, los objetos de su casa poco menos que se volvieron locos. Fue José Luis Díaz el primero en padecer un hecho que no ha dejado denuncia policial alguna. Fue cuando se dirigía a la cocina mientras el resto, su hija Mari Carmen y el marido de esta, Benito García, se preparaban para cenar en familia. «Me acerqué y salió disparado un tenedor y chocó contra la pared», afirma.

Los Díaz no encuentran explicación a un relato que destaca por lo inverosímil y en el que podría haber detrás una mano intentando hacer una gracia que lleva camino de convertirse en la comidilla de Mieres. Porque, aunque el miedo es libre, los sucesos que relatan casan con dificultad con la ciencia. Y es que tras el episodio del tendor afirman haber oído golpes en la habitación de Luis y encontrar en la almohada una foto de boda que «siempre estaba en un marco en otra habitación» y «un hacha que debería estar en la caja de herramientas».

Desde la noche de los «fenómenos extraños» esta familia ha decidido dormir junta en el salón a la espera de que la cuestión se calme. Porque, según relatan, la lista de sucesos del sábado fue de lo más completa. María del Carmen afirma que caminaba por el pasillo cuando «un cenicero de bronce saltó hacia mí. A esas alturas ya no sabíamos qué hacer y fuimos juntos al salón, pero la cosa siguió. Los grifos de la ducha se abrían solos. Los cerrábamos y, al poco tiempo, se abrían», relata. Unas tijeras abiertas en la habitación, un cuchillo en la cama, pinzas dobladas en la cocina, cuchillos fuera de sitio, un cuadro que no dejaba de dar vueltas... Un relato de lo más inverosímil que trae de cabeza a la familia Díaz.

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