Aún queda Roma por descubrir

Varios de los participantes en el taller traducen un texto a cursiva latina bajo la atenta mirada de uno de los instructores. :: JORGE PETEIRO/
Varios de los participantes en el taller traducen un texto a cursiva latina bajo la atenta mirada de uno de los instructores. :: JORGE PETEIRO

Un taller de escritura en el estand de Gijón muestra el alfabeto de cursiva latina

PABLO SUÁREZ

Cuando parece que ya se ha descubierto todo sobre Roma, esta vuelve a emerger para recordar que aún quedan cosas por, si bien no descubrir del todo, conocer de forma precisa. Es el caso de un ámbito tan destacado como el de la escritura, el cual tiende a resumirse en los textos esculpidos en monumento u otras construcciones ceremoniales. Nada más lejos de la realidad. El lenguaje habitual utilizado por los romanos a la hora de escribirse cartas o firmar documentos de índole administrativa, nada tiene que ver con las grandes palabras esculpidas en piedra.

Ayer, las asociaciones culturales Kérberos y Peplo trataron de aclarar esa confusión desde el estand del Ayuntamiento de Gijón, donde impartiero un taller enfocado a difundir el latín cursiva, el lenguaje cotidiano en el que se comunicaban los habitantes del Imperio Romano. «Estamos muy acostumbrados a la escultura monumental y las letras capitales, pero la cursiva es menos conocida, pese a que era mucho más usada entre los propios romanos», explicó Víctor Vega, uno de los instructores de la actividad, que registró un éxito rotundo en cuanto a participantes.

La historia de este alfabeto se remonta al siglo II a. C., disminuyendo su uso a partir del siglo III d. C. De esa época se han hallado varios restos de cartas que reflejan la cotidianidad de los mensajes que mediante este alfabeto se trasmitían. «Los dos grandes yacimientos donde se han localizado ejemplos de latín cursiva son los de Vindolanda (Inglaterra) junto al muro de Adriano, y otros similares en Egipto, donde se encontraron restos de vajillas grabados en cursiva latina. Incluso se llegaron a encontrar tablillas en las que un soldado le pedía a su familia sandalias nuevas o más túnicas», cuenta Jonathan Vega, otro de los expertos que impartieron el taller.

Caña de bambú y tinta

La actividad reunió desde las 16 a las 21 horas a un buen número de visitantes de todas las edades. «Hemos tenido desde niños de apenas seis años hasta un hombre que rondaba los 90. Nunca es tarde para aprender y son talleres muy entretenidos y vistosos para el público. Lo que tratamos es, sobretodo, de llevar a la gente más allá de los monumentos y la parte habitual de Roma, centrarnos más en cómo era la vida cotidiana», afirma Vega, un «arqueólogo frustrado» y quien conoce a la perfección la materia.

Con este objetivo divulgativo, los participantes en el taller pudieron traducir sus propios textos a través de una caña de bambú (calamús) mojada en tinta y plantillas con la traducción al alfabeto de cursiva latina. «Pueden escribir desde su nombre a la traducción de un documento romano. Luego, si quieren, se lo secamos con unos polvos secantes, como se hacía en Roma, para que se lo puedan llevar a casa», explica Vega, quien junto al resto de compañeros lucía ayer una túnica romana a la que no le faltaba detalle alguno.