El hombre que no quiso ser un héroe

Vicente García Riestra, con el pantalón de su uniforme de prisionero, que siempre lo acompañó por decenas de colegios e institutos. / E. C.
Vicente García Riestra, con el pantalón de su uniforme de prisionero, que siempre lo acompañó por decenas de colegios e institutos. / E. C.

El poleso Vicente García Riestra, último superviviente español del campo de concentración nazi de Buchenwald, fallece a los 94 años con el espíritu de lucha intacto

AZAHARA VILLACORTA

Hasta el último día de su vida, Vicente García Riestra siguió teniendo pesadillas. Se despertaba pensando que aún estaba en el infierno: el campo de concentración de Buchenwald, tras cuyas alambradas pasó quince meses de su vida. Reducidos sus huesos sobre el traje de rayas a un número: el 42.553. Cuando al fin fue liberado, era «un cadáver andante» que apenas podía sostenerse en pie. Pesaba 28 kilos.

Vicente, nacido en Pola de Siero en 1925, el último español de Buchenwald, murió ayer a los 94 años en un hospital cercano a su casa en Trélissac, en la que residió durante el último medio siglo, con el espíritu de lucha intacto y un libro sobre la represión franquista en la mesilla. Rodeado de los suyos. Sereno y lúcido hasta el final. Y con él se extingue la última voz que podía relatar la barbarie nazi en Buchenwald, un empeño al que dedicó buena parte de sus últimos años.

«No soy un héroe. Todos los héroes están muertos. Soy solo alguien que tiene una misión: que no se olvide el horror de la España de la guerra y la posguerra, de la Europa de los nazis. Esa será mi herencia», había dejado dicho. Y así será, porque, en palabras de Xuan Santori, autor de '42.553 después de Buchenwald', deja tras de sí un legado inconmensurable: «El privilegio que tuvimos los que lo conocimos no fue solo ser partícipes de su experiencia terrible y descubrir las deudas que España tenía con los luchadores republicanos, sino que puso a Asturias delante de la Historia. Nos hizo ver que ellos son nuestros modelos, que los asturianos nos reconocemos en sus valores de lucha por la justicia y la libertad».

Vicente tenía solo once años cuando la sublevación franquista lo sorprendió en Noreña, a donde sus padres, Gregorio y Áurea, se habían trasladado junto a sus ocho hijos y donde el padre fue nombrado jefe de abastecimiento del municipio por las autoridades republicanas.

El riesgo crecía por momentos, así que idearon un plan: Áurea y cuatro de sus hijos embarcarían desde El Musel rumbo a Cataluña. Atrás quedaban Gregorio y el resto de los guajes. Entre ellos, José, 'Gorín', que se alistó en las milicias. Padre e hijo fueron asesinados por las tropas golpistas tras la caída del Frente Norte. Sus restos nunca aparecieron, pero Vicente no dejó nunca de buscarlos.

Y, de allí, la huida a Francia, donde, poco después, se integraba en la Resistencia haciendo trabajos de correo y de espionaje hasta que «un chivatazo de un traidor» llevó a su detención y la de una treintena de compañeros. «La Gestapo se encargó de nosotros a conciencia. Pensaba que me mataban. Me tumbaban en una mesa y me ataban los pies y las manos por debajo para pegarme a gusto. Al volver a mi celda, tenía toda la espalda morada».

Ni Vicente ni ninguno de los más de 2.000 pasajeros hacinados en el tren que partió de la estación de Compiègne, en enero de 1944, sabía cuál era su destino final. Pero el 24 salieron de dudas cuando se vieron frente a la gran valla de Buchenwald, con una frase : «Jedem das seine» («A cada uno lo suyo»).

Jamas olvidó aquella primera visión: «Lo primero que ves es una fila de soldados con sus perros preparados para el ataque. Te dan un estacazo en la cabeza o en la espalda y andando hasta el campo».

Rapado, desinfectado, humillado, apaleado, ese 24 de enero de 1944, con los 19 recién cumplidos, García Riestra se convirtió en un número -el prisionero 42.553-, una pesadilla que llegó a su fin el 20 de mayo de 1945, cuando abandonó el campo con una promesa que cumplió hasta el final, contando su historia en colegios e institutos: «El horror que he vivido yo no quiero que nadie lo vuelva a vivir». Centros como el Carmen Ruiz-Tilve, cuyos alumnos guardarán hoy a mediodía un minuto de silencio y que hace apenas dos meses recibieron una carta suya en la que les contaba: «La juventud es primordial en mi lucha por la paz. Son ellos los que tienen en sus manos el devenir, las libertades y, sobre todo, la paz. Que no se repita, que la juventud pueda disfrutar de amor y libertad».

Vicente García Riestra, luchador inquebrantable, crítico, justo y rebelde, un paisano de una pieza, murió ayer tras recibir el pasado mes de junio los homenajes debidos de Siero -cuyo alcalde expresó ayer sus condolencias-, Noreña y Oviedo. Ha quedado inscrito en el registro de defunciones como Vincent García, su nombre francés. La dictadura le quitó la nacionalidad española y la democracia nunca se la devolvió.