«Aprendí a ser positivo, a valorar lo que tengo»

Israel, que acabó su tratamiento en 2016, abraza a su madre, Silvia. / JOAQUÍN PAÑEDA
Israel, que acabó su tratamiento en 2016, abraza a su madre, Silvia. / JOAQUÍN PAÑEDA

A Israel le detectaron un linfoma en 2015. «Cuando me diagnosticaron pensé que no podía hacer nada más», reconoce. Ahora está limpio y cuenta su experiencia para ayudar a otros jóvenes

EUGENIA GARCÍA

Al corverano Israel Cascales, de 15 años le preocupaba perder sus rizos tras la quimioterapia. Si después de que le volviera a crecer el pelo le hubiera salido liso, bromea, «estaba dispuesto a ponerme rulos». Alto y desgarbado, hoy sonríe bajo una mata de tirabuzones color negro azabache. El miércoles, en la última revisión en el HUCA, le dieron buenas noticias: todo va según lo esperado. Y aunque quedan por delante más revisiones -son todos los meses durante el primer año tras acabar el tratamiento, cada tres los siguientes-, está tranquilo. Lo peor de la batalla ya ha pasado.

Su pelea contra el cáncer comenzó en 2015. Se quejaba de la pierna derecha. «Crecederas», le dijeron. Pero sospechó: «Si fuera eso, ¿no me dolerían las dos?». Si fuera eso, no hubiera tenido que ir a Urgencias de noche llorando de dolor. Un día, en el coche, llegó a preguntar si se podía tener cáncer en una pierna. «El 27 de julio, un miércoles, lo llevé al pediatra en el Hospital San Agustín», recuerda Silvia Noguera, su madre. El viernes hicieron una resonancia. «Me llamó un médico y me dijo que estuviera tranquila pero que durante el fin de semana hiciera las maletas para ir al HUCA el lunes».

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«Evidentemente», no se quedó tranquila. Una llamada al pediatra lo confirmó. «Israel tiene un cáncer maligno y mucho que luchar». Los médicos pensaron en un principio que era sarcoma de Ewing, cáncer de huesos, y que le había afectado a la médula. «Quería morirme. Pensaba 'por favor, que quede cojo, en una silla de ruedas, pero que viva'». A los días de estar ingresado, les dijeron que era un linfoma. Se disculparon por el error de diagnóstico. «Para mi era cáncer, no sabía la diferencia aunque era importante. Llevaba todas las preguntas apuntadas». El pronóstico pasó a ser más favorable, con entre cuatro y seis meses de tratamiento por delante, «porque sabes cuando entras pero nunca cuando sales.

Después de que se les cayera el mundo encima, desvela que «queríamos pasar a la acción cuanto antes, empezar a torear». Israel todavía no sabía lo que ocurría. «Nos preocupaba mucho cómo decírselo. Íbamos a dormir y nos despertábamos pensando que había sido una pesadilla», rememora Silvia. Poco a poco se lo fueron explicando. En agosto comenzó la quimio, y antes de empezarla le cortaron el pelo. «Él empezó a llorar, a decirnos que no estaba preparado». Su padre salió a comprar todos los gorros que pudo.

«Se lo explicamos en septiembre», relata la madre. «Yo le pregunté si era muy grave, pero después pensé que era lo que me había tocado y no podía hacer nada para remediarlo, únicamente esperar», comenta él.

Y esperó, entre sesiones de quimio que le provocaban náuseas, vómitos y dolores. Aguantando una hora, hora y media, en el interior de una máquina de resonancias tras lo que acabó por desarrollar claustrofobia. Por fin, el 7 de noviembre de 2016 -a mitad del cuarto ciclo de quimio- les dijeron que no hacía falta poner radioterapia. Que estaba limpio. Volvió a llorar, esta vez de alegría. «Aprendí ser más positivo, a valorar lo que tengo».