3.994 firmas para dedicar una calle a 'Rosita' Galán

3.994 firmas para dedicar una calle a 'Rosita' Galán
Rosita Galán, en su domicilio con fotos antiguas. / S. L

Inició su labor en los años cincuenta del pasado siglo y durante dos décadas trajo al mundo en sus domicilios a miles de vecinos del concejo Apelan a la «trayectoria humana y profesional» de la que durante muchos años fue la matrona de Castrillón

J. F. G. PIEDRAS BLANCAS.

Una mujer ha presentado mediante registro un escrito avalado por 3.994 firmas en el que solicita a la Corporación que dedique una calle, plaza u otro espacio público del concejo a María Rosa Galán, 'Rosita la comadrona', «en agradecimiento a su trayectoria profesional y humana con todos los vecinos del concejo».

Era la matrona, la mujer que antaño asistía los partos, la mayoría de las veces sin la ayuda del médico y bajo la tensa mirada de la familia de la parturienta. Y es que antes se nacía en casa. Era lo natural, lo normal, lo que hacía todo el mundo, al menos en las zonas rurales. Casi nadie quería ir al hospital a dar a luz, salvo que el asunto se complicase en exceso, cosa que tampoco sucedía con frecuencia. Y a veces, ni aún así.

Cuando una mujer encinta rompía aguas, alguien se encargaba de acudir rápidamente a la calle José Fernandín de Piedras Blancas para avisar a Rosita, la matrona. Entonces ella cogía su moto, una Lube de 125 centímetros cúbicos, y acudía al domicilio en el que se esperaba ansiosamente la llegada de un nuevo ser, y la de Rosita. Y así estuvo durante 47 años, de casa en casa, de parto en parto, «cogiendo niños», dice con orgullo. ¿Cuantos? «Miles», responde.

Cobraba 66 pesetas por parto, cantidad que con el paso del tiempo llegaría hasta las 85. Asistió partos de solteras, de emigrantes sin papeles, y trajo al mundo a familias enteras, algunas de hasta ocho o nueve hermanos. Durante los años sesenta, con el 'baby boom', tuvo que multiplicarse, y a partir de los setenta, a raíz de la apertura del Hospital San Agustín, la costumbre de nacer en casa entró en declive, hasta desaparecer.

Rosita ya ha cumplido los noventa años y con los achaques propios de la edad se mantiene al día de lo que sucede a su alrededor.