«¡Qué suerte que ahora las niñas puedan vestir de nazarenas!»

Virginia García del Cueto se dirige a dar el pregón en la iglesia parroquial de Villaviciosa. / FOTOS: PAÑEDA
Virginia García del Cueto se dirige a dar el pregón en la iglesia parroquial de Villaviciosa. / FOTOS: PAÑEDA

Virginia García del Cueto abre la Semana Santa maliaya con recuerdos de su niñez como cofrade y el papel de la mujer: «Ya pueden portar los pasos»

ELENA RODRÍGUEZ VILLAVICIOSA.

Regresó a sus «cinco, seis y siete años», a su niñez como cofrade de Villaviciosa a finales de los años cuarenta. Virginia García del Cueto (Villaviciosa, 1940) desgranó recuerdos, no tan lejanos para muchos, en el pregón que abrió la Semana Santa maliaya. Fue un discurso lleno de vivencias, desde el Miércoles de Ceniza hasta la procesión de la Resurrección, y de sentimientos que la Pascua fue despertando en aquella niña, hoy carmelita de la Caridad Vedruna y que lleva 31 años prestado servicio en su villa natal. Comenzó recordando «cómo se guardaba con todo rigor la vigilia de los viernes y se acababa el chorizo de la merienda». O «cómo en la parroquia se solía hacer el ejercicio del Vía Crucis en días determinados y, al llegar a ciertas estaciones, entonábamos cantos que íbamos aprendiendo de nuestros mayores y que aún hoy entonamos en el novena de Jesús Nazareno o en el Vía Crucis».

Imposible no acordarse, dijo, del Domingo de Ramos, «cuando se estrenaban los vestidos» y los más pequeños de la casa mostraban las palmas, «lisas para los niños y trenzadas primorosamente para las niñas», compradas el miércoles anterior. Y de cómo, a partir de 1950, 'La borriquilla' empezó a desfilar prosesionalmente por las calles de la localidad. En su intervención, también tuvo momentos de confesión y de alusión a cómo han ido evolucionando los tiempos. «En nuestras casas se notaba que estábamos en Semana Santa porque se sacaban los armarios de las túnicas de nazareno para los chicos. En aquel entonces, las niñas no vestíamos de nazarenas, aunque nos hubiese gustado, la verdad. ¡Qué suerte que ahora tanto las niñas como las mujeres puedan participar en las procesiones, bien llevando los estandartillos, borlas, faroles, bandejas con los atributos de la Pasión, en caso de las niñas, o bien portando pasos en el de las mujeres». El papel de las niñas, que hasta entonces únicamente portaban velas, comenzó a cambiar hace más de dos décadas.

Para todas las procesiones tuvo un especial recuerdo. «Honda impresión por la oscuridad de las calles, solo iluminadas por las llamas de las velas», le causó la del Martes Santo, la del Silencio, y que «felizmente se ha recuperado, porque es una de las que más nos gusta». El motivo, señaló, es que «la mayor parte de los participantes somos de la villa y se palpa la intimidad con la que vivimos ese momento». Los oficios y el lavatorio de pies a doce niños el Jueves Santo; el luto del Viernes Santo y la «suma ternura con la que los cofrades bajan a Jesús de la cruz»; la bendición del agua y la vigilia pascual del Sábado Santo y la Resurrección de Cristo el domingo, día «en el que nuestro corazón rebosa de alegría» fueron otros de los momentos que quiso recordar en un discurso en el que invitó a «vivir profundamente estos días y a experimentar que el amor con amor se paga».