Una vida de devoción en la Villa

Silvia Jácome, Magdalena Mutinde, María Pilar Pérez, la abadesa María Luisa Picado, sor María y Andrea Hernández, en el jardín trasero. / D. ARIENZA
Silvia Jácome, Magdalena Mutinde, María Pilar Pérez, la abadesa María Luisa Picado, sor María y Andrea Hernández, en el jardín trasero. / D. ARIENZA

Siete religiosas residen y trabajan en el Monasterio de la Purísima Concepción | Mantienen vivo el espíritu de la fundadora de las clarisas en el concejo, 325 años después de la llegada de la orden a Villaviciosa

EUGENIA GARCÍAVILLAVICIOSA.

En el interior del convento de las Clarisas huele a bizcocho y suena el piano. Se afanan dentro siete religiosas de la congregación de la Purísima Concepción de la Villa que, 325 años después, mantienen vivo el espíritu con el que tres jóvenes se instalaron para seguir la regla monástica de Santa Clara, que exige una vida humilde y dedicada «fiel y devotamente» al trabajo.

La reforma que duró casi diez años y tuvo a la abadesa, María Luisa Picado, en vilo durante prácticamente una década ha dejado un monasterio libre de la plaga de carcoma que obligó a rehabilitar el edificio que la orden de clausura ocupa desde 1717. «Los asturianos nos ayudaron muchísimo», recuerda agradecida. Quedan aún algunas cosas por hacer, como cambiar el suelo de baldosa antigua parcheado de cemento a causa de las obras de saneamiento, pero lo harán con paciencia ya que los recursos son escasos. «Es una casa muy grande y somos muy pocas, es complicado llevarla», admite Picado. Llegó a haber 22 hermanas.

La vida en el convento, explica la abadesa, es sencilla y deja poco lugar a la ociosidad. El tañido de una campana, ahora automática, marca el inicio de la jornada de la comunidad a las seis y media de la mañana. Cantan el Oficio de Lecturas y Laudes y después, en la iglesia, la habitación «o donde uno se encuentre a gusto y caliente en invierno, porque temblando de frío poco se puede rezar», tienen una hora de oración particular. Hacia las nueve desayunan, «un poco de café y una rebanada de pan con mantequilla y mermelada», y enseguida cada una va a su trabajo diario. La cocinera a preparar la comida, la que trabaja en repostería se pone a hacer sus galletas o a empaquetar; la abadesa a responder el teléfono, hacer llamadas pendientes o ayudar donde más la necesiten. «Yo ando como una peonza por toda la casa», bromea, al tiempo que guía hacia la repostería.

Allí, la hermana más joven y sonriente, Andrea Hernández, prepara cajas de pastas. Tienen catorce variedades de postres. Además, por temporadas elaboran mazapanes, turrones, polvorones... Para Pascua prepararon unos bizcochos de almendra con forma de cordero y bañados en azúcar glas y chocolate que, confiesa, «estaban buenísimos y son muy coquetos». Mientras trabaja, explica cómo se incorporó a la comunidad hace casi tres años. Era dentista y profesora universitaria en su México natal y participó en dos jornadas mundiales de la juventud que hicieron surgir las dudas. «Después de hablar con las Clarisas por correo electrónico, vine unas vacaciones y a hacer una experiencia porque no tenía ni idea de nada de monjas y así fue el flechazo», relata.

La repostería es la única fuente de sustento del convento. «Antes teníamos encuadernación y costura, pero se nos murió la hermana responsable y hubo que cerrar el taller. Es una pena, porque tenemos toda la maquinaria parada ya que no tenemos gente suficiente», comenta sor María Luisa. Fue un matrimonio amigo, procedente de Madrid, quien les insistió en volverse reposteras y les regaló los artilugios necesarios. Se lanzaron hace seis años. «No teníamos ni idea. Anduvimos buscando recetas antiguas, porque tratamos de hacerlo todo natural, sin conservantes, y ahora estamos bastante contentas».

«No hay vocaciones»

A continuación se encuentra la cocina, donde la responsable, la keniata Magdalena Mutinde (que llegó hace veintinco años a España y hace un lustro a Villaviciosa) prepara macarrones con tomate y pollo asado mientras escucha música de su país que, dice, «me ayuda a meditar». La acompaña, pelando ajos, sor María, gijonesa, que tiene 93 años y lleva 67 en el convento. Fue toda la vida la organista, borda, cose y durante años ejerció de ecónoma -«nunca hubo millones, lo necesario nada más», ríe-. ¿En qué sentido cambió la vida en el convento? «Cuando entré yo éramos dieciocho. Ahora no hay vocaciones, ¡hay vacaciones!», ríe.

A la una comparten un pequeño rezo de cinco o siete minutos y a continuación comen escuchando música o leyendo EL COMERCIO. Después, tienen una hora libre para dormir la siesta o leer y por la tarde, tras otro pequeño rezo, vuelven a la faena. De la lavandería se encarga, desde que falleció la anterior responsable, la hermana María Pilar Pérez. Llegó procedente de Zamora hace casi tres décadas «para ayudar a las hermanas, porque la comunidad se redujo mucho». En los últimos años, comenta, «ha habido una mayor apertura hacia el exterior y con los medios de comunicación e internet tenemos mucho más contacto con lo que ocurre fuera». «Además estamos muy vinculadas con la gente de la Villa», que por las tardes, tras las Vísperas, reza con ellas el rosario. «No sé si es porque la comunidad nació aquí y esa vinculación y familiaridad se mantuvo a lo largo de los años, pero nos quieren y lo demuestran», reflexiona. Para llamar a Silvia Jácome, la ecónoma, la abadesa da dos y dos toques a la campana, ya que cada una de las hermanas tiene su propia llamada. Aparece cargada de partituras de piano, que estudia en la escuela municipal de música. Ella, también mexicana, tiene 43 años y lleva 23 en el convento. «Estamos muy contentas por nuestro aniversario», asegura. Preparar las actividades es otra de las tareas pendientes que realizan por las noches, antes de acostarse, cuando no ven una película. «A mi me gustan del Oeste», confiesa la abadesa, «pero vemos de todo... salvo pornografía».