Nuevos ratones para seguir investigando

La infección que el pasado junio obligó a sacrificar más de cuatro mil ejemplares «se detectó rápidamente, pero no se pudo contener» | El bioterio de la Universidad habrá recuperado en verano todas las líneas modificadas genéticamente

Eva Pascual y Vanessa Loredo, protegidas con bata, guantes, mascarilla, gorro y calzas antes de manipular los ratones del bioterio. / M. ROJAS
LAURA MAYORDOMO

«El riesgo cero no existe». Teresa Sánchez, veterinaria y responsable del bioterio de la Universidad de Oviedo, insiste una y otra vez en el mensaje. «Los que trabajamos en centros de investigación sabemos que una infección puede pasarnos en cualquier momento». En el edificio de tres plantas y fachada de hormigón con aspecto de búnker levantado en el campus de El Cristo, junto a la Facultad de Medicina, no había ocurrido nunca en once años. Hasta el pasado mes de junio. Hacía apenas tres meses que las instalaciones habían superado uno de los habituales informes sanitarios. «Había salido negativo, lo que quiere decir que todo estaba bien. Pero entonces empezamos a ver que, en la zona de cría de los roedores, había crías entre recién nacidas y quince días con síntomas de diarrea y que algunas morían», explica Sánchez.

Se tomaron muestras y se enviaron al laboratorio. En una semana tenían el resultado: infección por coronavirus murino, el virus de la hepatitis del ratón, incompatible con la investigación porque puede interferir con los resultados experimentales. «Fuimos capaces de detectarlo rápidamente, pero no se pudo contener», lamenta la responsable del bioterio.

Teresa Sánchez, veterinaria y responsable del bioterio.
Teresa Sánchez, veterinaria y responsable del bioterio. / MARIO ROJAS

Tras reunirse con los investigadores para ponerles al tanto de lo ocurrido -hay 35 grupos cuyos estudios incluyen la experimentación con estos animales-, se decidió repetir los análisis para conocer el alcance de la infección. De los cerca de seis mil ratones que había entonces, solo algunos estaban libres de patógenos. Fueron los que se aprovecharon para llevar a cabo las rederivaciones de embriones y recuperar así las líneas de ratones modificados genéticamente con las que se venía investigando en cuestiones como el cáncer o el envejecimiento.

¿Cómo llegó el virus?

El resto, un 70%, tuvieron que ser sacrificados. Eutanasiados con CO2. «La medida fue drástica, pero necesaria. Era la única manera de deshacerse de él». De un virus «muy frecuente, extremadamente contagioso, muy ubicuo y la infección viral más común en cualquier centro de investigación de cualquier parte del mundo. Nadie está exento de que le pueda pasar», apunta Sánchez.

Uno de los animales se somete a una resonancia magnética en el laboratorio de imagen preclínica.
Uno de los animales se somete a una resonancia magnética en el laboratorio de imagen preclínica. / MARIO ROJAS

La clave es saber cómo pudo ocurrir esa infección. Cómo pudo el virus llegar al bioterio, un recinto sometido a estrictos controles de seguridad e higiene y en el que solo pueden moverse con libertad las diez personas adscritas a él -además de la veterinaria responsable, cuatro técnicos encargados de los cuidados básicos de los animales, dos de la unidad de imagen preclínica y tres de la unidad de transgénicos del Instituto Universitario de Oncología del Principado de Asturias (IUOPA)- además de los responsables de las investigaciones, previamente autorizados por el Comité de Ética de la Universidad y la consejería. Teresa Sánchez cree que no se puede apuntar a un solo motivo, sino a la coincidencia de varias circunstancias. «Probablemente haya habido un fallo en las barreras de contención», asume. «El tránsito de personas y animales es grande y el riesgo está ahí. Nosotros lo sabemos y también conocemos nuestros puntos débiles». Por ejemplo, que en diez años no se haya realizado ningún vacío sanitario de las instalaciones. Una medida de prevención que «convendría hacer periódicamente» pero que, en el caso del bioterio de la Universidad es imposible porque carece de espacio al que derivar temporalmente a los animales en las mismas condiciones -entre otras cuestiones, se requiere una temperatura y una humedad estables-. Eso «va aumentando el riesgo».

Lo que descarta es el sabotaje. La posibilidad de que el episodio de la aparición del virus murino guarde relación con la situación de acoso sobre el profesor Carlos López-Otín, cuyo grupo de investigación contaba con cerca de noventa líneas de ratones modificados genéticamente, básicos para sus trabajos sobre el cáncer y el envejecimiento. «No tiene nada que ver una cosa con otra. Los que trabajamos en centros de investigación sabemos que esto puede pasarnos en cualquier momento». De hecho, ya ha ocurrido en otros animalarios que, como en el caso del asturiano, se han visto obligados a partir de cero.

El pasado verano no hubo más remedio que desalojar el bioterio, realizar ese vacío sanitario y llevar a cabo una limpieza a fondo de las instalaciones. Costó 12.000 euros. Al mes y medio, estaban ya en condiciones de recibir nuevos inquilinos. Reponer las colonias ha supuesto a la Universidad un desembolso adicional de 40.000 euros. La reintroducción se está llevando a cabo por dos vías: comprando los ratones a proveedores -los animales procede principalmente de Inglaterra, Francia e Italia- o mediante transferencia de embriones conseguidos por fecundación in vitro.

Es en este trabajo en el que llevan implicados desde el pasado mes de octubre el responsable de la unidad de transgénicos del IUOPA, Francisco José Rodríguez, y las técnicos Arancha Moyano y Rebeca Feijoo. Hoy, con prácticamente el 90% de las líneas de ratones modificados genéticamente ya recuperadas, empiezan a ver la luz al final del túnel. «Afortunadamente ya estamos terminando con las rederivaciones», cuenta Rodríguez. «Teníamos como unas noventa líneas de ratones transgénicos y ahora ya tenemos unas sesenta. Muchas de aquellas antiguas noventa están formadas por ratones con genotipos dobles de estos sesenta con lo que, en breve, mediante cruces entre ellos, tendremos completado el trabajo en muy poco tiempo». Cuatro meses calcula que tardarán en tener recuperados todos los tipos de ratones con los que se venía trabajando hasta hace casi un año.

1.200 ejemplares

Eso es lo verdaderamente importante, porque aumentar el número de animales -son unos 1.200 en estos momentos- es más sencillo, dada la fertilidad de la especie. Las ratonas tienen un parto cada veinte días, con entre cuatro y diez crías que, a los dos meses, ya son individuos maduros. «Hablar de tiempo es variable, porque hay líneas que por sus propias características de fertilidad van mejor que otras, pero creo que para el verano ya estaremos a pleno rendimiento», estima Francisco José Rodríguez.

El equipo que dirige se encarga de «superovular hembras, obtener esperma de los machos que nos interesan y, mediante fecundación in vitro, generar nuevos embriones que lavamos -para eliminar posibles patógenos- y reintroducimos en hembras en un estado de pseudopreñez, lo que les permite llevarlos a término. Esos nuevos ratones, en principio, están totalmente sanos, libres de gérmenes, y ya podemos trabajar con ellos».

Mientras concluyen esa tarea, en el bioterio del campus del Cristo ya se advierten cambios. El acceso de las visitas a determinadas áreas, como las zonas de alojamiento de los ratones, están completamente prohibidas. A la vista de lo ocurrido, toda prevención es poca. Se han realizado informes que inciden en la necesidad de reforzar las medidas de protección individual de las personas que acceden a las distintas áreas del animalario, porque «podemos ser vehículo del virus», y un control más exhaustivo de los movimientos de los propios animales, así como de la manipulación de sus productos biológicos, otra de las posibles vías de contagio. También se insiste en la conveniencia de contar con infraestructuras que «nos permitan contener el virus y que algo así no vuelva a ocurrir». Antes de detectarse el brote vírico el pasado mes de junio, los responsables del bioterio habían solicitado fondos de la convocatoria nacional de 2018 para la adquisición de equipamiento científico-técnico. Aspiraban a tener una ayuda con la que poder adquirir Racks ventilados, «unas estanterías ventiladas que filtran el aire y aíslan unas jaulas de otras», explica Teresa Sánchez, pero les fue denegada. La Universidad de Oviedo acaba de adquirir tres de estos equipos. Por otros 25.000 euros más.