«Aunque no lleguemos a fin de mes»

Svieta Popvianyak y Rafael Fernádez, en su casa valdesana de Paredes./
Svieta Popvianyak y Rafael Fernádez, en su casa valdesana de Paredes.

Svieta y Rafael se conocieron por internet, se casaron y se mudaron a un pueblo deshabitado de Valdés. Ahora lo cuentan en un corto seleccionado por Notodofilmfest

AZAHARA VILLACORTAGijón

Se conocieron a través de Facebook «y surgió el amor». Él escribía un blog de éxito en un periódico madrileño y ella trabajaba en una papelería. Pero, sobre todo, los dos tenían «sueños dentro que había que sacar» y que eran incompatibles con vivir en Madrid «en un piso que era un desastre» por el que pagaban 750 euros al mes de alquiler. Así que, un año después de aquel primer encuentro virtual, Svieta Popvianyak (ucraniana, 37 años) y Rafael Fernández (canario, 41) se prometieron fidelidad eterna vestidos de novios y sellaron su unión con un plan compartido: «Nos dimos cuenta de que nos sobraban un montón de cosas y decidimos que lo dejaríamos todo para irnos al lugar más bonito de España».

Y ese lugar, según su particular concepción del mundo, era «la Asturias profunda». «Por no hablar de su gastronomía y la forma de ser de la gente». Concretamente, el Occidente. Dicho y hecho:«Vendimos todos los muebles y llegamos en 2012». Esa es, a trazos gruesos, la historia de amor de Svieta y Rafael, plasmada ahora en el corto titulado La travesía del desierto, que acaba de quedar finalista en el Notodofilmfest, un festival de cine que quiere servir de escaparate a los jóvenes creadores a través de internet y que rompe con las barreras de producción y distribución de películas.

¿Y por qué La travesía del desierto? Pues porque, como explica Rafa, que contó con la ayuda de Luis Laria (hijo)a la cámara, «cualquier proceso de cambio en la vida de una persona somete al cerebro a atravesar cinco etapas: la llamada de la aventura, el miedo, la negación, la travesía por el desierto y la nueva realidad».

Yeso es justo lo que esta pareja ha pasado desde que sintieron que debían abandonar la ciudad, «huyendo de la crisis y del consumismo», para cambiarla por Paredes, un pueblo de Valdés donde viven en «una preciosa casa» por la que pagan una renta de 220 euros. Y, a cambio, los caseros les regalan un conejo con el abono. Así empezó la vía a la autosuficiencia:«Aprendimos a cultivar la tierra. En la ciudad, el suelo solo sirve para pisarlo. Y ya no pagamos facturas para calentarnos. Ahora, cortamos madera».

Todo muy bucólico si se tiene en cuenta que en Paredes «la gente se ha ido marchando y ya no queda nadie, así que se puede poner música a las tres de la mañana y no pasa nada».

O, a decir verdad, «quedan dos viejecitos encantadores, un poco más arriba, Tito y Ana, que, de vez en cuando, invitan a comer chorizo y tortilla».

Allí se han inventado sus trabajos:Svieta abrió un blog de cocina y elabora tartas que después vende y Rafa se ha hecho escritor, con seis novelas autoeditadas y casi 5.000 ejemplares vendidos a través de la red. Pero una travesía desértica siempre es dura por mucho paisaje idílico que la rodee. «Así que, a veces, no conseguimos el dinero que necesitamos para llegar a fin de mes ynos preguntamos si moriremos pobres y sin habernos realizado».

Pero, al final, si algo han aprendido es que «existen los milagros de última hora, llámalo el Dios o el elfo de los soñadores:la mano de un amigo, un encargo o una venta» que les permite seguir adelante cuando ya no pueden más. Yhay algo que tampoco se les olvida:«El peor día que pasamos aquí trabajando por nuestros sueños fue mucho mejor que cualquiera de los días que pasamos en una oficina».

 

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