Los artilleros de La Descarga

Tiradores y apurridores, compenetrados como una máquina de precisión, protagonizan los primeros minutos de un espectáctulo pirotécnico que hace restallar Cangas del Narcea cada 16 de julio. Hoy es el día

Alberto Prieto, Pablo Fernández, Santos Velasco, Manuel Rodríguez, David Álvarez, Luis Martínez Tejón, Juan Manuel Fernández y Mario Vázquez, como un solo hombre./HUGO ÁLVAREZ
Alberto Prieto, Pablo Fernández, Santos Velasco, Manuel Rodríguez, David Álvarez, Luis Martínez Tejón, Juan Manuel Fernández y Mario Vázquez, como un solo hombre. / HUGO ÁLVAREZ
BELÉN G. HIDALGO

La pólvora está presente en el ADN de los cangueses. Quizás por ello es difícil atribuir a los socios de la Sociedad de Artesanos, que llevan más de un siglo encargándose de la Descarga del 16 de julio en honor a la Virgen del Carmen, el título de tirador o apurridor. Todos son diestros con la mecha, sensatos con la carga de explosivos y devotos de la Señora. Todos saben tirar y apurrir. De hecho, los más veteranos aprendieron «siendo unos guajes». Juan Manuel Fernández lleva más de medio siglo honrando con pólvora a la Virgen del Carmen. «Comencé con diez años apurriendo a mi abuelo por la mañana», recuerda. Pero aquellos eran otros tiempos, en blanco y negro, como las fotos que figuran en las paredes del local de la Sociedad de Artesanos. Entonces, imperaba la máxima de la seguridad, esa frase que se repite desde siempre: «¡Que nun se manque naide!». A los más jóvenes se les premiaba por colocar los voladores en las máquinas con la mejor recompensa: tirar en la Descarga. «Llegábamos con un orgullo de la leche, porque pasábamos por delante de todos y el presidente de la Sociedad de Artesanos, Benito de Castelao –cuenta señalando su retrato– nos daba dos docenas para que tirásemos. No había apurridores. De aquella, se dejaba la carga en el suelo y los ibas cogiendo y tirando», rememora Juan Manuel Fernández.

Por la mente de Pablo Fernández, otro de los más veteranos, fluyen también los recuerdos de aquel niño que creció entre la pólvora, en la pirotecnia a las afueras de la villa en la que se fabricaban los voladores que aprendió a tirar desde chaval. «Se bajaban al hombro desde la pirotecnia hasta el Lagarón. Allí estaba la Junta Directiva, contaba los voladores y los colocaban en tinas de vino», explica. Desde el Lagarón, el presidente, sentado en una silla, daba la salida para iniciar la Descarga con un 'xiplo'.

En la actualidad, las exigencias en materia de seguridad han cambiado este escenario. Bajo el mismo guion, los actores obedecen normas claras que todos se obligan a respetar. «El apurridor y el tirador se colocan a una distancia de un metro y medio y entre cada pareja deben mediar 2,5 metros», aclara el presidente de la Sociedad de Artesanos, Luis Martínez Tejón. La altura del brazo con el que sostienen el volador, la disposición de los dedos... todo está estudiado para que nada salga mal.

«El apurridor es como los ojos del tirador. Ve si viene algo contra él», apunta Manuel Rodríguez, otro cangués al que la pólvora le corre por la sangre. Todos coinciden en que el apurridor es quien más arriesga, pues abraza dos o tres docenas de voladores que le pueden explotar en las manos.

Las heridas de guerra se localizan en las manos. La pólvora se escapa de entre sus dedos, pero, tras la explosión, «lo normal es que acabes con ellos chamuscaos», bromea Mario Vázquez. El 16 de julio también se encienden las emociones, se disparan los nervios.

Entre el tirador y el apurridor existe necesariamente complicidad. «Somos muy caprichosos. Yo no apurro a cualquiera ni dejo que me apurra cualquiera», indica Manuel Rodríguez. Un capricho que se sustenta en la confianza entre dos piezas de un engranaje condenadas a entenderse para mantener la cadencia. «Cada pareja es un mundo. Si tiras más rápido que el otro te apurre, te pones nervioso», argumenta.

Pero, además de los caprichos, entre tiradores y apurridores se suceden los rituales. Unos se santiguan antes de comenzar la batalla, otros miran al cielo, algunos lanzan al aire sus plegarias, muchos besan el último volador que tiran y otros, el primero. También hay padres que graban el nombre de su hijo recién nacido en el volador con el que inician la tirada, como si de un bautizo se tratara. Otros voladores llevan en su cuerpo el nombre de ese ser que ya no está junto a ellos. «No deja de ser un nexo de unión con los que están en el más allá», confiesa Mario Vázquez. «Siempre te acuerdas de los que no están y se te escapan algunas lagriminas», reconoce Manuel Rodríguez.

Eso sí, un amuleto es común a todos:el lazo blanco y marrón con la medalla de la Virgen del Carmen que prenden en su impoluta camisa blanca. «Nos encomendamos a ella. Algo tiene que haber para que, con todo lo que se mueve aquí, no pase nada», apunta Manuel Rodríguez. En tres minutos que dura la tirada manual, por estas manos pasan 1.500 docenas de voladores.

De generación en generación, la historia se repite, los roles se intercambian. Manuel Rodríguez anunció que el año que viene su primogénito tirará por primera vez. «Yo le apurriré y tirará él y nos intercambiaremos», presume, demostrando que existe relevo. Sin embargo, David Álvarez lleva quince años tirando en la Descarga sin que en su familia existiese ese apego a la pólvora. «Me enganchó al sentimiento, eso que sientes cada vez que disparas un volador», acierta a decir sin saber cómo expresarlo. Mario Vázquez, que tira desde que era un 'chavalín', afirma: «No conozco a nadie que haya tirado y lo deje». Contundente, Juan Manuel Fernández, advierte de que «esto es como una droga. Si te engancha, estás jodido. Vas a tirar la Descarga toda la vida».

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