Castropol «impresiona» con sus alfombras florales de Corpus Christi

Los turistas recorren las alfombras y se hacen fotografías con los diferentes diseños. / B. G. H.
Los turistas recorren las alfombras y se hacen fotografías con los diferentes diseños. / B. G. H.

La escasez de flores no impidió la creación de medio kilómetro de composiciones. «Todo el pueblo se involucra», afirmó la organización

BELÉN G. HIDALGOCASTROPOL.

«Es una maravilla lo que hace este pueblo en Corpus». Lo dice Antonio Pascual, que llegó ayer desde Santander para disfrutar de la cita, declarada Fiesta de Interés Turístico Regional. Embelesado, recorrió el medio kilómetro de alfombras florales y se quedó prendado «del diseño, los colores... y el trabajo y la paciencia. Además, va con la preciosidad del pueblo», confesó al terminar el recorrido.

Caminando por las calles de la villa castropolense los comentarios se repetían. Para la gran mayoría, este espectáculo efímero era una «verdadera obras de arte» y muchos otros ensalzaban «muchas horas de trabajo y paciencia». Miles de fotografías se llevaron a sus casas los cientos de visitantes que acudieron a la cita más popular del Corpus Christi en Occidente. «Impresiona mucho. Yo tuve que tocarlas para ver si de verdad eran flores naturales», contó la uruguaya Mirza Bique, que llegó desde Gijón. «Me impactó la alfombra con los cuatro evangelistas. Se ven muy bien. Me pareció muy lindo», concluyó. Junto a ella, la gijonesa Tamara Vega, destacó el trabajo de combinación de colores y el diseño. «Es mucho trabajo y mucho tiempo, pero es una tradición», explicó, afirmando que había conocido este arte en Tapia de Casariego.

Este año, la asociación El Pampillo, encargada de la mayor parte del diseño y elaboración de las alfombras florales tuvo que hacer frente a la escasez de flores. «Al final van saliendo, pero nos costó más trabajo que otros años. Apenas había rosas y estaban muy machacadas por el agua. La hortensia, como no vino sol, había poquita», ahondó Sofía Somoano, tesorera del colectivo. Para suplir esta carencia recurren al tintado de arroces, virutas y cascarillas. «Los teñidos son un plan B», apuntó la presidenta, Maite Muiña.

Aunque el diseño es un trabajo reservado para un grupo más pequeño, lo cierto es que «todo el pueblo se involucra», sostienen desde la organización. Este año, además, contaron con la colaboración de los centros de día de Vegadeo y Tol, que ayudaron con el picado. Los vecinos acuden a deshojar, incluso se llevan parte de la faena a casa. Otros salen al campo a por las flores de pampillo o a recoger la espadaña y las semillas de eucalipto y palmera con las que perfilan los diseños.

Tras meses de trabajo, la madrugada del domingo todo queda prácticamente listo. «Aquí nadie duerme», bromeó Somoano, poniendo en valor hasta el último minuto de esfuerzo. Todo para que los niños que este año hacen la Primera Comunión salgan en procesión y caminen sobre millones de pétalos. «Solo se hace en Corpus y se hace para eso. De no ser así no tendría sentido».