Grandas mantiene vivo su museo

Los visitantes valoran «el regreso al pasado», la limpieza y el cuidado de los espacios y las piezas de la colección. /  FOTOS: B. G. H.
Los visitantes valoran «el regreso al pasado», la limpieza y el cuidado de los espacios y las piezas de la colección. / FOTOS: B. G. H.

Fue obra de Pepe el Ferreiro, quien logró la implicación de toda la comunidad y recuperó «la dignidad de las sociedades tradicionales» Atesora cerca de 20.000 piezas que permiten un viaje al pasado de la comarca

BELÉN G. HIDALGOGRANDAS DE SALIME.

Pieza a pieza. Hasta reunir una colección de cerca de 20.000. Palmo a palmo. Hasta convertir sus 3.000 metros cuadrados en un máquina del tiempo. Cruzar la puerta del Museo Etnográfico de Grandas de Salime supone adentrarse en los orígenes de una sociedad rural que marcó la historia reciente del suroccidente asturiano. José Naveiras Escanlar, al que todos llaman Pepe el Ferreiro, lo ideó en su cabeza como un «museo vivo» que hoy, 35 años más tarde de ver la luz en los bajos del Ayuntamiento grandalés, se niega a morir.

«El museo es uno de los mejores del género que puedes encontrar en Asturias y en la Península», afirma, con rotundidad, su directora, Susana Hevia. Logró la participación de toda la comunidad en su formación y «consiguió recuperar la dignidad de las sociedades tradicionales». Sus estancias permiten regresar a la escuela, rememorar el olor de la harina en el molino, volver a los chigres y los ultramarinos, reencontrarse con la historia de la industria y las comunicaciones... Todo ello sin carteles.

Con la construcción de la presa, a mediados del siglo XX, la sociedad campesina se dejaba seducir por la irrupción de la industria y la modernidad, renegando de esos orígenes más tradicionales. «En este contexto, Pepe inicia la recopilación de piezas. Provocó un cambio en la gente, que puso en valor aquellos trastos vieyos. Se reconciliaron con el sitio del que venían», recordó Hevia.

Así fue como aquellos trastos pasaron a convertirse en joyas de colección, en testimonios que conversaban entre sí para no entregar al olvido su identidad. «La gente viene y ve sus cosas expuestas», apuntó su directora, subrayando el volumen de piezas donadas por los vecinos a la colección. Además de piezas, sumó intervenciones patrimoniales tras dejar los bajos del Ayuntamiento y ocupar la casa rectoral a finales de la década de los ochenta. «Uno de los arcos de entrada al museo y algún dintel se recuperaron de los pueblos sumergidos en el embalse. Hay una idea original de museo más allá de la colección», matizó Hevia.

«Lo pasé bien»

De forma intuitiva, el concepto revolucionario de museo vivo lo instaló Pepe el Ferreiro en Grandas de Salime hace 35 años. Allí, las piezas narran a los visitantes y conversan con lo población de la que proceden. Y se exhibe el patrimonio inmaterial, pues también se recuperaron oficios. Fue el caso de Arturo Iglesias, que se quedó prendado del torno de media vuelta el día que el museo abrió sus puertas. «Tenía 16 años. Vio al único tornero vivo que quedaba en ese momento, José María Muiña. Fue a casa y aprendió a tornear. Se recuperó un oficio perdido con este trasvase», relató Hevia.

En 2010, el cese de Pepe el Ferreiro como director del espacio museístico abrió una herida que aún sangra. Pese a que su despido fue declarado en los tribunales nulo, marcó un antes y un después en la historia del museo. También de Grandas. «Hace mucho tiempo que estoy al margen», asegura El Ferreiro, con cierta resignación en sus pausas. Los años han hecho al Ferreiro más cauto, pero no doblegaron su espíritu crítico. «No me imaginaba que eran tan torpes en Oviedo. Y siguen siendo igual», criticó. «Lo pasé bien mientras hice esto. Debe ser lo que no entiende mucha gente», confesó, lamentando aquella «patada en el culo» de la administración.

Ayer, la asociación de Amigos del Museo Etnográfico de Grandas de Salime celebró San Juan. Con misa y subasta de ramo. Lo hizo con la incertidumbre de su futuro tras la disolución del Consorcio y su integración en la Red de Museos Etnográficos del Principado, gestionada por la Sociedad Pública de Gestión y Promoción Turística y Cultural del Principado de Asturias (Recrea). «Nos preocupa que no haya un debate sobre las necesidades del museo», apuntó el vicepresidente del colectivo, Rubén Montes, enfatizando la dimensión científica y «no meramente turística» del equipamiento. Su tesón ha contribuido a mantener vivo y con actividades el Museo, con la implicación de sus 200 socios.

«Espero que se den cuenta en Oviedo de que las alas también existen. El hombre pasa y las obras quedan», sentenció Pepe el Ferreiro.