Avalle, tierra de los últimos cesteros

Los cesteros y nostálgicos de este oficio tradicional se afanan en dar cursos de formación para que la gente joven continúe con la elaboración y no se llegue a perder. /
Los cesteros y nostálgicos de este oficio tradicional se afanan en dar cursos de formación para que la gente joven continúe con la elaboración y no se llegue a perder.

Los pocos lugareños que conocen de primera mano la elaboración se han unido para dar cursos y tratar de evitar que su saber desaparezca

ALBA S. RANCAÑO

«Una familia numerosa podía vivir de ello». Esas son las palabras que recuerdan los vecinos del pueblo de Avalle al pensar en los cesteros. Desde el barrio alto del Potralón, la Ñozalera, la Fuente, la Potiella y el Picudu hasta la Pontiga, no había rincón en el que no se viera las virutas que deja el manejo de los artesanos cesteros en la localidad parraguesa de Avalle, hoy tan sólo con el recuerdo romántico de algún viejo que hace pequeños encargos. Cada localidad tenía una singularidad y en esta era la cestería popular en la que se llegó a construir, recuerdan todos los vecinos con orgullo, «una macona convertida en carroza en la que entraban varias mozas holgadas para la fiesta de las carrozas de la fiesta del Bollu de Arriondas». De hecho esta foto que rememora la hazaña de los maestros cesteros está guardada como oro en paño por la asociación 'Collacios de Avalle'.

Hoy en día tan sólo Valeriano Molledo Martínez, a sus 79 años, recoge algún que otro encargo para algún caprichoso y con una alegre sonrisa explica cual es el proceso ancestral del oficio de cestero. Primero hay que elegir bien la madera en el monte «de avellano, castaño o sángrelo», luego hacer un fuego «para que en caliente se puedan abrir las varas en varias tiras gruesas que serán hechas 'vanielles' con la 'rasera' en el 'banco' apoyado en la 'jorgadura'». Posteriormente «se mojan les vanielles para entretejer y dar forma a los cestos, eso sí, todo medido a ojo o a mano». Molledo trabajó como muchos en la madera en el monte, emigró a Alemania unos años y volvió a su casa dónde conserva intacto el taller de cestero como hace cincuenta años. Recuerda cuáles eran los grandes maestros cesteros del pueblo, «Jesús, Antidio y Roberto».

Narra este parragués que este «era un trabajo duro en el que cuanto más se conseguía producir más dinero entraba en los hogares, por lo que el descanso era poco. Cada uno tenía su estilo diferenciado para los ojos expertos. Todos los pasos eran importantes para conseguir las maconas, los cestos o las canastas de gran calidad». Tras la fabricación eran los comerciantes los que venían a por ellas los que hacían negocio, «como uno de Pola de Siero», recuerda, Sacramento García Fernández ' 'Mento', del barrio de la Pontiga. «Mucho dinero hizo ese comerciante cuando estaba en auge vender cestos que se utilizaban para extraer el carbón de las minas en la Cuenca o para las obras de construcción», rememora. Usos remplazados por las máquinas. 'Mento' reconoce que no se podía vivir sólo de hacer cestos, «era un complemento», pero indica que ella llegó a hacer siete maconas a la semana -medida de siete cuartas y utilizadas para la pación del ganado-.

La cultura o el oficio se transmitía de padres a hijos y era una fuente de ingresos extra para las familias, «sobre todo en épocas de invierno cuando el campo estaba más parado». Para algunos vecinos era su modo de vida, como fue el caso de uno de los maestros del pueblo que todos reconocen ya fallecido, Roberto García Fernández, del barrio del el Picudu. Cuenta su mujer, Ascensión Núñez Sánchez, que era «muy curioso, sobre todo con las cestas para pescar y guardar las truchas, e incluso hizo piezas como un paragüero», que fue mostrado en varias exposiciones. Eso sí, siempre puntualizaba «ver pero no vender». Desde los doce años ya trabajaba con su padre el oficio, alguna vez ayudado por su abuela a la hora de tener que abrir los palos ya que «no tenía fuerza suficiente.»

Todos coinciden en el pueblo en subrayar que las familias «ayudaban en lo que hiciera falta, pero sobre manera era trabajo de los hombres». También Victoria Rivera Rodríguez, la mujer de Antonio de Dios Abadía llamado 'el sacristán de Avalle' del barrio de la Pontiga, recuerda cómo trabajaba duro su marido y toda la familia cuando se acababa la pesca. «Había que comer», dice y «se trabajaba todo lo que fuera». Ambos llegaron incluso a hacer demostraciones en el Museo del Pueblo de Asturias de Gijón, ella haciendo boronas y él cestos, allá por los años 80 del siglo pasado. Tenían seis hijos y todo el trabajo era poco, se trabajaba «muchísimo», enfatiza.

El oficio del orgullo

Pero sin duda, quién mejor definía aquellos tiempos en el que todos los trabajos eran poco para alimentar a una familia es Eladio Abaría Villaverde. Ya desde niño, recuerda como uno de los grandes maestros a Jesús Zurbano. «Pagaba a los críos del pueblo para que lo ayudaran a rematar las maconas o cestos». Nunca olvidará que ya a los 9 años estaba con su padre haciendo los agujeros con un brasero en los cestos. Recuerdo que un primo mío tiró en el fuego , a modo de «broma», una bomba incendiaria que había perdida de cuando la guerra y que, como era de esperar, explotó». Eladio pasó muchos meses entre la vida y la muerte pero, durante su recuperación, «estaba sentado con mi padre ayudándolo a hacer cestos». De ahí le vino el oficio. Llegó a recibir un premio en Trasona por hacer una macona en 11 minutos.

Eladio sigue dejando el testigo a las nuevas generaciones. Son ya dos los cursos que se llevan realizando en la localidad parraguesa, abiertos a todo el público, con un total de 28 alumnos que han bebido, hasta el momento, de su saber.

El pueblo cestero de Avalle perderá la tradición popular en el momento que desaparezcan sus mayores o que los nuevos alumnos no recojan el testigo, ya que sin ellos se perderá el oficio que llena de orgullo a todo un pueblo.