Hallan restos de fuego y huesos bajo las pinturas rupestres de El Covarón

Óscar Fuente extrae restos del pozo, con conchas, ocres, carbones y huesos en el interior. /  FOTOS: X. CUETO
Óscar Fuente extrae restos del pozo, con conchas, ocres, carbones y huesos en el interior. / FOTOS: X. CUETO

Los investigadores han excavado el pozo esta semana y lo analizarán ahora en el laboratorio. «Puede tener un motivo social o ritual», adelantan

GLORIA POMARADA LLANES.

Enclavada en una comarca con cuatro cuevas Patrimonio de la Humanidad, entre ellas Tito Bustillo, la cavidad llanisca de El Covarón fue definida en los noventa como uno de los «santuarios secundarios» del arte paleolítico cantábrico. Sin embargo, este yacimiento situado entre Parres y La Pereda y profuso en representaciones de figuras zoomorfas, principalmente cabras, sigue deparando sorpresas llamadas a arrojar luz sobre la Prehistoria. Entre ellas, el último hallazgo del equipo de investigadores liderado por Mario Menéndez: una suerte de pozo entre lajas, ubicado bajo uno de los paneles de la galería de las pinturas, y en cuyo interior se han encontrado restos de huesos de animales, llámpares e indicios de fuego. La disposición de los estratos, relata a pie de descubrimiento el investigador Alberto Martínez-Villa, comienza con las conchas y los restos óseos, alternados con un nivel de carbones sobre el cual se encuentra una capa de ocre, más huesos y restos de fuego. «Es algo intencional, está hecho en un sitio determinado», explica el prehistoriador y arqueólogo, que apunta a un posible «motivo social o ritual» y descarta la relación con «la vida cotidiana». «Es una estructura interesante que puede llegar a ser musealizable», apunta Martínez-Villa sobre el pozo, que pese a guardar semejanzas con los hallados en otras cuevas presenta singularidades relacionadas con su ubicación. «No es habitual encontrarlos a pie de panel. En Tito Bustillo hay un pequeño fuego y restos de piezas. Podría ser de iluminación, pero aquí no parece», dice.

No obstante, antes de desentrañar el porqué de esa formación de «aspecto ritual», la ciencia debe jugar su papel. En ello se han afanado esta semana los propios Martínez-Villa y Menéndez junto a Beatriz García, Julio Rojo, Óscar Fuente, Amalio Valles y Adrián Álvarez, en colaboración con los geólogos de la Universidad de Oviedo Montse Jiménez y Daniel Ballesteros. Con minuciosidad, entre las sombras de la cueva, excavan capa a capa y van documentando «milimétricamente» el proceso. Media incluso la fotogrametría, técnica que permitirá obtener una representación en 3D de la estructura. Una vez termine la campaña, hoy mismo, los restos serán analizados en el laboratorio. Los resultados, explican, permitirán determinar de qué vegetal proceden los carbones, de qué animales los huesos o incluso su sexo y el momento en el que fueron cazados. «Puede responder a una intención», precisan. A priori, explica Julio Rojo, los restos óseos procederían de ciervos y de algún tipo de bóvido, bien cabras o rebecos. «Hay muchas costillas», adelanta.

El fin pasa también por datar el hallazgo, a través de pruebas como el carbono 14. Está además previsto que este mismo año se tomen muestras de las pinturas para someterlas a esa misma datación radiométrica y «tener una visión de conjunto». El vínculo del pozo con las manifestaciones artísticas es precisamente uno de los aspectos bajo la lupa de los expertos. El nexo a explorar entre ambos es el ocre, pues cabe estudiar si el presente en el yacimiento guarda relación con el empleado en las pinturas rupestres que pueblan los paneles de la misma galería, la única con expresiones artísticas de El Covarón detectada hasta la fecha.

Campañas desde 2016

El descubrimiento de las pinturas rupestres se remonta a los años 80, si bien existían referencias de décadas anteriores a los grabados del abrigo exterior. En la misma entrada de El Covarón, expuesto a la luz solar, un grabado profundo con trazos en V que se asemejan a formaciones vulvares da la bienvenida a la cavidad. Una vez dentro, tras recorrer vestíbulo y galerías, se abre el pasillo de las pinturas, de unos veinte metros y con muestras de arte rupestre en dos paneles. Las representaciones más abundantes son las de cabras. Una de ellas, la mejor conservada, muestra a un ejemplar con dos venablos clavados en el lomo. Otras dos lucen afrontadas, «posiblemente representando un momento de lucha», explica Martínez-Villa, y una más presenta una cornamenta en S «característica de la Capra pyrenaica». A ello se suman representaciones animalísticas como las de ciervos, un posible bisonte o un caballo. Todas esas figuras zoomorfas comparten la característica de haber sido plasmadas en negro. No ocurre lo mismo con otros elementos trazados en tonos rojizos, más cercanos a los signos. Entre ellos, una especie de escalera en la parte inferior de uno de los paneles o la característica parrilla presente en más cuevas del Oriente, como La Herrería.

El equipo de investigadores de la UNED ha desarrollado en El Covarón sucesivas campañas desde 2016, respaldadas por un proyecto internacional de la Universidad cántabra y en ocasiones financiadas con fondos propios. «No sabemos si van a sacar ayudas de la Consejería, es triste que las investigaciones se vayan haciendo a tirones», lamentan.

Cuando a lo largo de la presente jornada echen el cierre a la cueva llanisca, declarada Bien de Interés Cultural (BIC) en 2009 y con una protección que también afecta a su entorno, el trabajo se trasladará a los laboratorios, con la esperanza de obtener resultados en el plazo de un año y poder regresar en los próximos meses a El Covarón para seguir desentrañando sus incógnitas.