Un crimen sin resolver que conmocionó hace medio siglo a Pría

El bar de Belmonte de Pría, hoy convertido en vivienda, donde el llagarero y ganadero riosellano se tomó su última copa. / JUAN LLACA
El bar de Belmonte de Pría, hoy convertido en vivienda, donde el llagarero y ganadero riosellano se tomó su última copa. / JUAN LLACA

El cadáver de un llagarero de Cuerres fue hallado con varias puñaladas en el camino entre su casa y el bar de Belmonte

L. RAMOS LLANES.

El brutal asesinato a golpes del concejal de IU en el Ayuntamiento de Llanes, Javier Ardines, a primera hora de la mañana del pasado jueves, ha traído a la memoria de los más mayores de la parroquia de Pría las sombras de otro crimen, aún sin resolver, que se produjo hace más de medio siglo. Fue en 1964 cuando un panadero de la zona encontró, tendido en la cuneta de un camino próximo a la localidad de Belmonte de Pría, el cadáver de Pancho -de su apellido no ha quedado rastro en la memoria colectiva del pueblo-, un ganadero y llagarero natural de Cuerres, en el vecino concejo de Ribadesella. El cadáver presentaba varias puñaladas en el bajovientre, producidas por un objeto cortante y de hoja corta.

De forma inmediata se puso en marcha una investigación en la que incluso participaron efectivos de la Brigada de Investigación Criminal del Cuerpo General de Policía franquista, quienes se desplazaron desde Oviedo hasta el concejo llanisco para sorpresa de los vecinos de una zona rural que por aquel entonces no estaban acostumbrados ni a la presencia de foráneos ni al revuelvo que se armó.

Los investigadores descubrieron que Pancho había pasado sus últimas horas de vida tomando unos tragos en el único bar con que contaba por aquel entonces la localidad de Belmonte de Pría, ubicado en la carretera principal del pueblo, a unos cincuenta metros del apeadero del tren. Algunos lugareños recuerdan todavía hoy cómo el establecimiento, que «no era precisamente conocido por su higiene, amaneció aquel día sospechosamente limpio».

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Las pesquisas llevaron a los agentes a descubrir que la noche anterior al hallazgo del cadáver había tenido lugar un conato de pelea en el bar, tras el cual los clientes fueron abandonando de forma progresiva el mismo. Fue la última vez que se vio a Pancho con vida.

Cuando no había pasado ni un mes del crimen, recuerdan en Belmonte, los propietarios del bar, que no eran de la zona, lo vendieron y no se supo más de ellos. En la actualidad es una vivienda.

«Recuerdo que hubo un par de sospechosos de la zona, pero pese a que todo el mundo estaba convencido de que fueron ellos, lo cierto es que no se encontró ninguna prueba que lo demostrase», rememoraba ayer José Antonio Llanes Inés, natural de Llames de Pría. También José Palacio, sierense casado desde hace décadas con una vecina de esta parroquia llanisca, recordaba perfectamente el crimen, así como a la víctima. Una persona a la que describió como «problemática». No era la primera vez que el riosellano se metía en alguna discusión, pero aún así la forma en que fue perpetrado el asesinato, manifestó este vecino a EL COMERCIO, conmocionó a toda la vecindad. Pese a que los investigadores se afanaron a fondo, pues otros vecinos recuerdan cómo se llevaron a cabo larguísimos interrogatorios e incluso careos entre los sospechosos con efectivos «escondidos» en la sala para escuchar las conversaciones que mantenían entre ellos, no lograron sacarles ni una sola palabra , ni una pista que les ayudase a esclarecer la muerte del llagarero. Lo que sucedió aquella noche en la que Pancho salió a tomarse unos tragos y charlar con los parroquianos para nunca más regresar a su casa en Cuerres sigue siendo, más de medio siglo después, todo un misterio.

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