El Papa que dijo tres veces Covadonga

Portada. La visita del Papa ocupó hace ahora tres décadas la mayor parte de la primera página del periódico.
La Santina. Juan Pablo II, inciensando la imagen de la Virgen de Covadonga durante la misa.
/PURIFICACIÓN CITOULA
Portada. La visita del Papa ocupó hace ahora tres décadas la mayor parte de la primera página del periódico. La Santina. Juan Pablo II, inciensando la imagen de la Virgen de Covadonga durante la misa. / PURIFICACIÓN CITOULA

Treinta años después de su visita, el entonces abad del Real Sitio, Manuel Antonio Díaz, recuerda cómo fue el paso de Juan Pablo II por Asturias: «Llegó enfermo y se fue curado»

MIGUEL ROJO

Fueron treinta horas tan solo las que el Papa Juan Pablo II pasó en Asturias, dos días que han quedado para la historia. Desde que llegase a la región tal día como hoy hace treinta años, el 21 de agosto de 1989, ningún otro heredero del trono de Pedro ha vuelto a visitar el Principado. Tras un breve paso por Oviedo, donde descansó y realizó una visita privada a la Catedral para poder ver las reliquias de la Cámara Santa, presidió una multitudinaria misa en La Morgal ante unos 300.000 fieles y voló a Covadonga, donde pasó la noche para, al día siguiente, oficiar una nueva misa en la explanada ante el entonces Príncipe de Asturias, hoy Felipe VI, dar un paseo por los Lagos de Covadonga y volar de nuevo en su helicóptero hasta el aeropuerto, donde se reunió con Felipe González, el presidente del Gobierno en aquellos momentos, y regresar a Roma.

Allí, en Covadonga, mañana hace tres décadas, le despedía a pie del coche que le llevaría hasta la finca de Les Llanes -donde el Papa se subiría al pájaro blanco que antes le llevó a los Lagos- el que era abad de Covadonga, Manuel Antonio Díaz. A sus 77 años, recuerda el momento como si se hubiese producido ayer. No en vano, «lo que dijo el Papa antes de irse y la forma en la que me miró es algo que nunca se me olvidará, algo a lo que he dado muchas vueltas y sobre lo que he reflexionado mucho», comentaba ayer rememorando la situación: él, de pie ante el coche, despidiendo como máxima autoridad del Real Sitio al Sumo Pontífice, al Papa viajero, a aquel peregrino que recorrió el mundo e hizo de los jóvenes el objetivo de su Pontificado. Juan Pablo II, dejando atrás la Casa de Ejercicios donde había pasado la noche y descansado antes de emprender el viaje de regreso. Y entonces, justo antes de subirse al coche, como si se le hubiese olvidado algo, se dio la vuelta y dijo tres veces Covadonga. «La primera, mientras observaba la zona de los Lagos, donde había estado paseando. La segunda, dirigiendo la vista hacia la Santa Cueva, donde había orado ante la Santina. Y la tercera, mirándome a los ojos, a modo de despedida», recuerda Díaz, ahora párroco de Muros de Nalón. «Quise entender que, en cierto modo, se despedía de los tres pilares sobre los que se asienta el Santuario de Covadonga, la naturaleza, la fe y los fieles, a los que yo representaba en aquel momento como abad», analiza el sacerdote.

«Aquel momento fue el más cercano con él, pero estuvo muy amable en todo momento», rememora. Y si algo se quedó grabado en la mente del entonces abad, además de esa triple mención a Covadonga, fue el clima de expectación que se creó en toda Asturias desde que se supo que el Papa vendría de visita. «Cuando en 1982 vino a España, Asturias se quedó fuera del itinerario, y en 1988 se supo que vendría a Santiago de Compostela. Gabino Díaz Merchán, que en la primera visita era presidente de la Conferencia Episcopal, había dejado en manos de otros la organización del viaje, y no presionó para que viniese a Asturias. En esta segunda ocasión, con monseñor Suquía en la Conferencia Episcopal y Merchán como arzobispo de Oviedo, el primero le animó a solicitar la presencia papal al Principado. Después, «viajó a Covadonga el cardenal Tucci, el jesuita que organizaba los viajes del Papa, con otro cardenal. Cuando llegaron, la niebla cubría el valle, no se veía nada. No estaba muy por labor de que se visitase Covadonga. Cuando salían de la Santa Cueva pensativos, el cielo se abrió y el sol iluminó el verde de las montañas, dejando ver un cielo azul precioso y la Basílica en lo alto. Desde aquel momento, el cardenal se enamoró del lugar y la visita al Real Sitio quedó cerrada», recuerda el que fuera abad durante diecinueve años.

De ahí en adelante, muchas complicaciones. Se pensó en que durmiese el Papa en el Hotel Pelayo, pero él quería hacerlo en alguna casa de la Iglesia. La Casa de Ejercicios, de los años 50, andaba reformándose, porque estaba en mal estado, así que se aceleró el proceso. No se acabaron los arreglos hasta segundos antes de que el Papa entrase por la puerta. «Yo salía de colgar los últimos cuadros en las paredes cuando, en el pasillo, me encontré al Papa y al arzobispo de frente», recuerda José Luis Galán, aún hoy jardinero y trabajador de mantenimiento en el Santuario. Tiene 66 años, y cuenta cómo justo antes de que llegase la esperada visita tuvieron que quitar buena parte de los setos de la explanada para colocar allí las tribunas para las autoridades. «Más de 250 sacerdotes», recuenta el abad. «Yo llevaba más de tres días casi sin dormir, trabajando para que todo estuviese preparado», recuerda el jardinero. Y justo antes de que llegase el invitado, una estantería llena de libros en la estancia donde pasaría la noche se vino abajo. «Se cayó con un ruido enorme y tuvimos que retirarla y guardar los libros en los muebles», recuerda Galán.

Aquella noche, el Papa durmió en una cama de madera que, según el abad, «es la misma en la que había dormido la reina Isabel II en su visita a Covadonga, y también el cardenal Roncalli, después Juan XXIII». Aquel día el Papa llegó tarde a Covadonga tras el acto de La Morgal. «Y llegó enfermo, apenas se tenía en pie. Saludó a su llegada, oyó cantar al coro, ceno frugalmente y se retiró a descansar. Se llegó a comentar que quizás al día siguiente no pudiese hacerse nada», recuerda Díaz González. Juan Pablo II durmió «cuatro o cinco horas» y, después de desayunar, «se presentó ante el Patronato de Covadonga lleno de luz y sonriente», recuerda. Después, la oración en la Santa Cueva -«toda una declaración de amor a Asturias y sus gentes»-, los actos oficiales, el paseo por los Lagos y su marcha. Todo salió bien. «Llegó enfermo y se fue curado de Covadonga». Algo tendría que ver la Santina.