Una saludable porción de libertad

Arriba, Edelmiro Menéndez, Alfonso Pandiello, Francisco Villazón, Begoña Álvarez, Luis Cuevas, Blanca González y David Martínez. Abajo, una trabajadora reparte puré. / P. LORENZANA
Arriba, Edelmiro Menéndez, Alfonso Pandiello, Francisco Villazón, Begoña Álvarez, Luis Cuevas, Blanca González y David Martínez. Abajo, una trabajadora reparte puré. / P. LORENZANA

El HUCA ofrece ya a casi un centenar de pacientes sin restricciones en la dieta la posibilidad de elegir entre varios menús

AIDA COLLADO OVIEDO.

Cuando uno entra por la puerta del hospital, el libre albedrío se queda fuera. Deja de levantarse, de lavarse cómo y cuándo quiere. El paciente no elige su enfermedad ni los efectos de su tratamiento. Recibe órdenes, aunque sean amables. Se pone en manos de otros y confía. O lo intenta. Por eso, algo tan simple como elegir su menú diario es mucho más importante de lo que podría parecer. Es una pequeña y saludable porción de libertad. Se trata de «una de las pocas cosas donde puede mandar el paciente», reconoce el jefe de servicio de Hostelería del HUCA, Alfonso Pandiello, sobre la iniciativa que el principal hospital asturiano puso en marcha el 1 de junio.

Desde entonces, se ofrece a los pacientes con dieta basal que no están sometidos a otras restricciones -se excluyen las dietas terapéuticas- la posibilidad de escoger entre varias opciones. Cada día, de ochenta a noventa adultos y casi una decena de niños se benefician de este nuevo procedimiento, que les permite elegir entre dos primeros platos, otros tantos segundos y un par de postres, además del tipo de pan. En pediatría, el menú es aún más flexible, con una mayor variedad en el desayuno y la merienda y salsas y guarniciones al gusto en las comidas principales. Pero no hay que olvidar que «la alimentación en el hospital es más importante aún que fuera. Los pacientes ingresados están agudamente enfermos y necesitan nutrirse bien porque la recuperación depende de eso», señala el jefe de Endocrinología y Nutrición, Edelmiro Menéndez. Por lo que el nuevo protocolo no se ha establecido a la ligera. En su instauración han trabajado multitud de profesionales de su servicio. Personal médico, de enfermería, informáticos...

Con el desayuno, se reparten entre los pacientes los folletos con las diferentes opciones de menú. Han de rellenarlos antes de que, pasado el mediodía, los batas azules -el personal de información- pasen con sus 'tablets' a recoger los datos que, después, se vuelcan al sistema Millenium. La comida que eligen es la del día siguiente. No es un procedimiento fácil de encajar en una cocina que cada día sirve unos 50 tipos de dieta diferentes a unos 900 pacientes. El día que hay garbanzos en la carta, a algunos se les sirven con huevo, a otros acompañados de verduras a otros platos bajos en sal. Hasta triturados o en puré. Depende de las necesidades de cada cual. El mismo alimento puede hacerse a la plancha, rebozarse o pasarse por la batidora.

Para evitar peligrosas confusiones el procedimiento está medido al milímetro. Al inicio de una larga cinta transportadora, una persona coloca las bandejas, con la tarjeta que informa del nombre del paciente, su número de habitación y el tipo de dieta. Su voz, la que da la orden, sobresale en un innegociable silencio. A medida que avanza por la línea, cada trabajador ya sabe qué bandeja ha de llenar y cuál no con la comida que en ese momento reparte. Al final de la cinta, una dietista controla que el contenido de cada bandeja se corresponde con el de la tarjeta.

El esfuerzo extra que supone dar elección a los pacientes tiene un objetivo claro: que devuelvan menos bandejas llenas y se alimenten mejor para recuperarse. Ayer, en el HUCA había tortilla, bacalao, acelgas, canelones, pollo... Parte del trabajo es guiar y ayudar a escoger con responsabilidad una dieta variada. Hasta que, a la salida, recuperen todo lo demás.

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