La Borriquilla recorre La Pola

El paso de La Borriquina durante su procesión por las calles de La Pola. /  PABLO NOSTI
El paso de La Borriquina durante su procesión por las calles de La Pola. / PABLO NOSTI

Centenares de personas siguieron la procesión de La Borriquilla desde la iglesia de Santana para una accidentada bendición de Ramos Nueve niños que hicieron la comunión el año pasado portaron el paso

MÓNICA RIVERO LA POLA.

«Hoy es el 'día del club', ¿no sabéis lo que es?», comenzó preguntando a sus feligreses Juan Hevia, párroco de La Pola. «Es un día para todos», continuó, incluso para los que solo vienen este día al año, se acercan por curiosidad o pasaban por aquí, apostillaba. A las 11.30 ya comenzaba a llegar la gente a la iglesia de Santana, portando ramos de laurel, que ganó por goleada en presencia a las palmas. El tambor y la gaita hicieron sonas las primeras notas que acompañarían al paso de La Borriquilla desde la capilla hasta la iglesia de San Pedro.

Casi a la hora de salida, llegó el párroco, que no abandonó sus modernas gafas de sol durante toda la procesión. Poco después salía de la capilla ya ataviado con las vestes de la liturgia y acompañado por los nueve niños que portarían La Borriquilla. Los infantes, vestidos de blanco, hicieron la comunión el año pasado y por tanto este pueden ya cargar con la efigie del asno.

El sol salió justo a tiempo para recibir el paso, que ya contaba con cientos de personas que aguardaban pacientemente e intaban combatir el calor del mediodía refugiándose bajo las hojas de los ramos de laurel a modo de improvisado pasarol. Con el tañir de las campanas de Santana, La Borriquilla comenzó su procesión hacia el centro de La Pola.

Una vez en San Pedro, la multitud se preparó para recibir la bendición de los ramos, sin embargo los imprevistos se fueron sucediendo. «¡Ya sabía yo que iba a faltar la mesa del paso...!», exclamaba un impaciente párroco, que tuvo que lidiar, además, con un desmayo en primera fila debido a las altas temperaturas.

Finalmente los feligreses pudieron bendecir sus ramos y palmas bajo una condición: «Aquí no hay magia», recordaba el cura,« es solo un signo de nuestra devoción por Dios». El texto sagrado del día tuvo como protagonista al pollino, como no podía ser de otro modo. Al terminar la bendición en el exterior del templo los más devotos entraron a celebrar la eucaristía mientras que otros comenzaron con la sesión vermú.