La resistencia de los pueblos

Más de una treintena de localidades de Siero tienen menos de diez habitantes empadronados, que luchan por no abandonar la zona rural, cada vez más despoblada

Vista de varios núcleos dispersos de la parroquia de Santiago de Arenas, donde se concentra el mayor número de pueblos con menos de diez habitantes del concejo. /Pablo Nosti
Vista de varios núcleos dispersos de la parroquia de Santiago de Arenas, donde se concentra el mayor número de pueblos con menos de diez habitantes del concejo. / Pablo Nosti
Lydia Is
LYDIA ISSiero

Según los datos que maneja el servicio municipal de Estadística, a fecha 1 de octubre, Siero tiene 51.892 habitantes, de los que 190 están empadronados en núcleos que tienen menos de diez vecinos. En total son treinta y cinco pueblos, siete más que en 2010, y se reparten en trece parroquias.

El caso más llamativo es el de La Paranza, la más pequeña del concejo, que tiene censadas a siete personas. «Si no luchamos, esto se muere», asegura el matrimonio formado por José María Vigil e Inmaculada Hernández, que junto a su hija Inma conforman la mitad del vecindario. José María nació en La Paranza y siempre tuvo claro que aquél era su sitio. Fue a la escuela en el pueblo y, echando cuentas, le salen más de sesenta vecinos en la zona cuando era un crío.

Inmaculada ejerce desde hace tres años como alcaldesa de barrio y es la encargada de trasladar al Ayuntamiento todas las necesidades de la parroquia. «Ahora mismo lo que urge es que desbrocen y arreglen la carretera; la gente se fue en su día por la falta de servicios, no podemos dejar que vuelva a pasar porque será el fin de La Paranza. La carretera es lo único que nos queda», advierte.

Son los propios vecinos los que, con ayuda de los que residen en los núcleos cercanos de la parroquia de Santa Marina, se encargan del mantenimiento de los viales mediante la celebración de sestaferias. «El problema es que son todo personas mayores, el día que no puedan seguir haciéndolo, todo esto quedará abandonado», lamenta Inmaculada.

Aladino Pandiella, en La Camperona.
Aladino Pandiella, en La Camperona.

Hubo una época no tan lejana en la que el panadero acudía un par de días a la semana, al igual que el frutero. Pero la pérdida de población hizo que la ruta dejara de ser rentable y ambos servicios desaparecieron. «Ahora es imprescindible tener un arcón para congelados y provisiones y quienes tienen huerta tiran de ella, pero para el resto hay que buscarse la vida. Ahora mismo a La Paranza solo viene Correos», explica la alcaldesa de barrio, quien reconoce que, sin vehículo, la vida en el pueblo se complica. «Cuando las crías eran pequeñas no hubo ningún problema porque iban al colegio en taxi, pero la prestación solo sirve para Primaria, así que en cuanto pasaron al instituto, tuve que sacarme el carné de conducir para poder llevarlas», relata.

Además de los siete vecinos empadronados, hay otros muy vinculados a la parroquia. Como el ovetense Javier Valle, que desde hace siete años acude a diario a ocuparse de las setenta vacas que tiene en la zona. «Normalmente estoy solo todo el día, a mí el sitio me encanta, es muy tranquilo, para el ganado es perfecto y está al lado de todo. La pena es que la carretera de acceso no esté más cuidada», apunta. Trabajó de fontanero y no dudó en echar un mano cuando los vecinos se encargaron de construir el sistema para el abastecimiento de agua, del que todavía se ocupan.

María del Mar Álvarez regenta el bar de La Camperona, donde hay empadronadas tres personas.
María del Mar Álvarez regenta el bar de La Camperona, donde hay empadronadas tres personas.

La tranquilidad y vivir rodeados de naturaleza son los principales valores que destacan quienes eligen estos pequeños núcleos para fijar su residencia. Otros lo hacen movidos por los vínculos familiares, como es el caso de Ignacio Fonfría, que después de cuarenta años residiendo en Mallorca está arreglando la vivienda de sus abuelos en La Mudrerina, en la parroquia de Santiago de Arenas, que tiene registrados tres habitantes. «Siempre vine de vacaciones a la casa de mis abuelos y ahora que estoy jubilado me encantaría pasar más tiempo aquí», señala.

Comparte descanso con Ginés Sosa y Juan Noguera, que se muestran encantados con la zona. «Aquí hay calidad de vida, es un paraíso en plena naturaleza, muy tranquilo, y si quieres compañía tienes núcleos más grandes al lado», destacan. «Por semana el pueblo está vacío, pero los fines de semana viene la gente a las casas que fueron de sus padres o de sus abuelos; es importante no perder los vínculos, en las Baleares está más valorado el campo que la ciudad y ojalá aquí ocurriese lo mismo. Parece imposible que los asturianos no lo valoren y dejen a sus pueblos morir», apuntan.

Begoña Hevia arregla un huerto en La Rebollá.
Begoña Hevia arregla un huerto en La Rebollá.

La parroquia de Santigo de Arenas es la que más núcleos suma con menos de diez habitantes. A La Mudrerina se suman El Freno, La Bullina, La Comba, La Cruz, La Porqueriza y Les Paseres. Y, ya en el límite con los municipios de San Martín del Rey Aurelio y Bimenes, se encuentra La Camperona, con tres habitantes censados. «Hay una casa que divide los tres territorios», explica María del Mar Álvarez, que regenta desde hace tres años el único bar que hay en varios kilómetros a la redonda.

Natural de El Rosellón, ha vivido la pérdida de población muy de cerca. «En los pueblos solo queda gente mayor y cuando van muriendo la mayoría de la casas acaban abandonadas y es una pena. Aquí por suerte los fines de semana vienen quienes tienen segunda residencia y hay varias viviendas compradas por madrileños que ocupan en puentes y vacaciones y eso garantiza que, aunque sea de forma temporal, el pueblo tiene ambiente», comenta.

Ginés Sosa e Ignacio Fonfría cortan madera en La Mudrerina.
Ginés Sosa e Ignacio Fonfría cortan madera en La Mudrerina.

Detrás de la barra de su establecimiento, María del Mar también pone su granito de arena. «El bar es el único sitio donde los vecinos pueden reunirse, así que lo que intento es organizar cosas que contribuyan a fomentar esas relaciones sociales que son tan importantes; por ejemplo, ofrecemos servicio de parrilla los fines de semana y una vez al mes organizamos una maratón de tute. Y, si lo piden, hay baile», apunta. Y añade que «lo peor es la falta de transporte, hay una línea al día, o tienes coche o te quedas aislado, por eso mucha gente es reacia a vivir en los pueblos».

Mercedes Noval vive en La Rebollá, en Celles, con siete habitantes empadronados. «La única desventaja es la comunicación, que hace falta el coche, pero por lo demás es una vida estupenda y lo demuestra que hay mucha gente que viene de otros sitios a vivir a la parroquia», defiende. Algo que corrobora una de sus hijas, Begoña Hevia. «Un pueblo te da autonomía, te permite marcar el ritmo de vida que quieras», añade.

Las cifras
Inmaculada Hernández, en La Paranza.

51.892 Son los habitantes empadronados en Siero a fecha 1 de octubre.

190 Son las personas registradas en los treinta y cinco núcleos del concejo que tienen menos de diez habitantes. La parroquia de Santiago de Arenas es la que más suma, con nueve.

4 Son los pueblos con un único vecino: El Castiellu y La Barreona, en Aramil; y La Viesca y Llamargón, en Traspando.

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