La silicosis ya no es solo cosa de mineros

Jesús Zapico Álvarez y José Luis Casas, ambos mineros y enfermos de silicosis, junto a la escultura de un picador en la Escuela de Ingeniería de Minas, en Oviedo./MARIO ROJAS
Jesús Zapico Álvarez y José Luis Casas, ambos mineros y enfermos de silicosis, junto a la escultura de un picador en la Escuela de Ingeniería de Minas, en Oviedo. / MARIO ROJAS

Entre los más de 200 nuevos casos hay decenas de trabajadores de marmolerías y canteras de roca. Lejos de desaparecer, la enfermedad resurge silenciosa

LAURA FONSECA

Fue durante décadas la 'enfermedad del minero'. Decir silicosis era hablar de carbón, de mina y de pulmones maltrechos. También de muertes. Lo sabe muy bien Jesús Zapico Álvarez, que a sus 82 años aprendió como nadie a convivir con sus castigados alvéolos, su tos crónica, la fatiga que le acompaña las 24 horas del día y sus ataques de asfixia. «Muchas veces tengo que dormir medio 'sentao'. Mira, si me dijeran ahora mismo que me quitaban la paga -de 3.000 euros, confiesa abiertamente- pero a cambio dejo de tener silicosis, firmo sin pensarlo», asegura. Zapico, que lo fue todo en la mina, desde pinche, hasta picador y vigilante -«pero, ojo, de los que trabayan y dan tira al compañeru»-, tiene un grado III de silicosis. El más alto. Se lo diagnosticaron en 1972, «cuando tenía 41 años». De aquella, trabajaba ya, tras un largo y forzado periplo fuera de Asturias, en mina Antón, en Mieres. Tal era el estado de sus pulmones que le dieron «la (incapacidad) absoluta a la primera; el médico le dijo a la mi muyer que no duraría mucho y aquí toy. 'Morrió' él primero», afirma socarrón.

Zapico, al que desterraron de «todas las minas asturianas» en 1962 por participar en la 'huelgona' de La Camocha -estuvo en la cárcel casi un año «por defender lo que nos correspondía como trabayadores»-, llegó a pasar «meses enganchado hasta dieciocho horas diarias a una bombona de oxígeno». Ahora, dice, «con los ventolines voy mucho meyor». Ese 'meyor' solo significa poder caminar «unos pocos metros sin afogarme». Este minero, que se quedó huérfano a los cuatro años y que se crió «en el auxilio social», entró en la mina «siendo guaje, con 14 años», falsificando la partida de nacimiento. «Con 16 podías trabajar dentro del pozu y en vez de 7 pesetas te pagaban 10».

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Sus pulmones pagaron los efectos tempranos de la sílice del carbón en unos años «en que ni mascarillas ni na', entrabas así, a 'pelo gochu' a picar». Su destierro «por minero subversivo en la época de Franco» le obligó a buscarse el pan en León, también en Bruselas, «en chamizos», minas pequeñas y privadas, con pocas o directamente nulas medidas de protección.

Casi han pasado cincuenta años desde que Zapico se convirtiera oficialmente en un silicótico. Él tuvo suerte, «con 82 años y un cayao, pero aquí sigo». Muchos de sus compañeros «morrieron en la mina, seguro que tenían silicosis como yo, pero no les dio tiempo a saberlo». En su época, «el bicho» se contraía principalmente por exponerse a la sílice casi sin barreras. Era como una mala lotería: «'Tocote', te decía el doctor resignado».

La silicosis, lejos de erradicarse, resurge silenciosa en toda España. La enfermedad, que afecta al pulmón provocando fibrosis y robando poco a poco el aire que respiramos, está presente en trabajadores de las minas a cielo abierto, canteras de roca, pizarra y, en general, en cualquier actividad industrial donde hay polvo de sílice en suspensión. De los 200 nuevos casos diagnosticados en 2018 por el Instituto Nacional de Silicosis, declarado desde 1991 centro de referencia para todo el país, la mayoría «no son del carbón, sino de actividades vinculadas a la manipulación de pizarra (37%), granito (32%) y marmolería (18%)», detalla Aída Quero, neumóloga que lleva toda la vida tratando a enfermos pulmonares. «Hay una eclosión de silicosis en toda España», alerta preocupada. La coordinadora del servicio de Neumología Preventiva Ocupacional del Departamento Médico del Instituto Nacional de Silicosis señala que «los nuevos focos están en las actividades con roca ornamental, como el granito y la pizarra». Sobre todo, abunda mucho «en explotaciones pequeñas y familiares de Galicia y Andalucía, donde los trabajadores, algunos de ellos menores de edad, han estado expuestos sin saberlo, durante años, al polvo que causa silicosis».

Los muebles de color, 'letales'

Como ejemplo de este resurgimiento de la silicosis, Quero expone datos estadísticos: «En el año 2005, de los 225 casos diagnosticados en el Instituto de Silicosis, 125 correspondían a minería de carbón y 50 a trabajadores de canteras de roca. Ahora, la proporción es al revés. Y lo peor es que seguirá subiendo». Los bordillos de las carreteras, por ejemplo, «proceden de esas explotaciones que están causando tanta silicosis». Pero no es la única fuente. «El compacto del cuarzo tiene un alto contenido de sílice». Es el que se emplea para hacer «esos muebles de colores y esas encimeras tan modernas». Abunda sobre todo en Andalucía, donde los trabajadores han declarado una guerra abierta al silestone, un aglomerado de cuarzo que despide mucho polvo al cortarlo y que, al parecer, está detrás de los nuevos casos declarados en el sur.

En Asturias no hay muchas de estas explotaciones, pero empieza a haber enfermos de esta procedencia. Leandro García, marmolero de 62 años, es uno de ellos. Le diagnosticaron silicosis en estado avanzado hace tres años, tras toda una vida viviendo de la marmolería. «Es una empresa familiar. Empezamos en Blimea, yo de aquella era un guaje, hasta ahora, en el polígono de El Entrego». Supo que tenía los pulmones 'acribillados' por la sílice casi de casualidad. «Fue en un reconocimiento médico de la mutua» en 2016. Hasta entonces, «no sabía que la tenía. Es verdad que estaba siempre como cansado y con tos, pero lo achacaba al trabajo». En su caso, sabe cuál fue el origen: «El silestone ese que se puso tan de moda en los años noventa y que es mortal». Pese a usar mascarillas y otras medidas de protección, «la pillé igual», lamenta. Como lamenta también que en 2007, cuando acudió a Urgencias del Hospital Valle del Nalón con un dolor muy fuerte en el pecho, pensando que tenía un infarto: «Vieron que ya tenía silicosis, pero nadie me lo dijo. ¡Como había ido por algo del corazón y no vieron nada coronario, me dieron el alta y para casa!».

«Te limita mucho»

José Luis Casas, de 53 años y vecino de La Mortera, en Olloniego, es uno de los últimos mineros del carbón en recibir la noticia de que la tos que padecía no era del tabaco sino de la silicosis. Fue hace dos años. Él trabajó más de dos décadas en la mina. «En muchos chamizos», como Zapico, y también en Hulleras de San Tirso, en minas Santa Fe y en Jovesa, donde precisamente se jubiló. José Luis no está muy de acuerdo con las estadísticas que señalan que la silicosis baja entre los mineros. «Muchos de mis antiguos compañeros también la tienen, no me parece que la enfermedad esté descendiendo», dice.

José Luis, «de momento», puede hacer una vida «medio normal», en la que no se separa ni un segundo de sus ventolines y otros inhaladores. «La gente, cuando te ve, te dice, '¡pero si estás muy bien!'. Pero esto te limita mucho. Vives cansado y cuando te dan crisis, te ahogas y lo pasas muy mal».

Los sindicatos, que otrora luchaban por conseguir que los afectados recibieran una adecuada atención médica y cobertura social (fueron los años en los que emergió un potente Instituto de Silicosis ahora en horas algo más bajas), pelean actualmente por sacar a la luz toda esa silicosis que late silenciosa. «Tenemos mucho trabajo por delante porque en las canteras de pizarra y en las marmolerías el problema está siendo más grave de lo que fue en la minería», advierte Andrés Avelino Gutiérrez, secretario de Salud Laboral del Soma-Fitag-UGT. Y no le falta razón en lo que dice, ya que más de la mitad de los nuevos casos de silicosis diagnosticados en Asturias «son agresivos».