«Hace veinte años ya advertimos de que en 2020 iban a faltar médicos»

El cirujano Lino Vázquez pasea por una plaza de Oviedo días después de su jubilación. / ALEX PIÑA
El cirujano Lino Vázquez pasea por una plaza de Oviedo días después de su jubilación. / ALEX PIÑA

Lino Vázquez | Jefe de Cirugía General del HUCA, se jubila tras cuatro décadas de trabajo: «Se había previsto que el nuevo HUCA tuviera dos robots Da Vinci, uno de ellos para docencia, pero la crisis lo frenó todo»

LAURA FONSECA OVIEDO.

Cuenta que nada más acabar Medicina quiso salir a ver mundo sanitario fuera de Asturias, pero un error de cálculo por su parte (marcó en su examen MIR como primera opción formarse en Oviedo porque pensó que su calificación quedaría entre las más bajas) le sitúo entre los primeros de su promoción y le llevó directo al Hospital Central, al que permaneció íntimamente vinculado desde entonces. Lino Vázquez (Ujo, 1953), jefe de servicio de Cirugía General del HUCA desde 2011 y figura histórica de la sanidad asturiana, se ha jubilado tras cuatro décadas de actividad. Vázquez, que pertenece a la tercera promoción de Medicina de Oviedo, suplió sus ansias migratorias con rotaciones por París y Madrid, en el equipo de Enrique Moreno, Premio Príncipe de Asturias, en el 12 de octubre. Pese a que podría haber prorrogado y seguir en el HUCA más allá de los 65 años, Lino Vázquez prefirió colgar la bata. Aún no sabe qué hará con su tiempo libre, «estoy algo desconcertado», confiesa, pero seguro que su gran afición, la pesca, cuenta con buena parte de las papeletas.

-El miércoles fue su último día en la sanidad pública, la mayor parte en el HUCA, ¿qué tal la despedida?

-Tengo plena conciencia de haber cambiado de estado pero carezco de grandes planes. No estoy ni eufórico ni triste, tal vez un poco desconcertado.

-¿Cuántas operaciones pudo haber hecho en estas cuatro décadas?

-Ni idea, sinceramente nunca llevé la cuenta. Dentro de los cirujanos el espectro es amplio, los hay con afición al quirófano y otros, con afición a otras cosas. Yo fui de los primeros.

-¿Le gustaba operar?

-Mucho. De hecho, creo que la gestión del servicio, una tarea en la que me centré tras acceder a la jefatura, me distrajo demasiado de lo quirúrgico. A mí el quirófano me emociona.

-No es consciente de cuántas cirugías realizó a lo largo de su carrera, pero, ¿recuerda la primera?

-Sí, porque fue terrible (risas).

-Cuente, cuente.

-Yo era estudiante y comenté a un urólogo que quería ver una operación y éste aceptó. Entonces, otro cirujano, que era el que iba a hacer la intervención, me dijo que lo mejor para aprender era meterse en quirófano. Así que me preparé y para allá fui. La operación fue a un paciente con un enorme absceso perinefrítico... En cuanto cortaron, aquello se convirtió en un caos de olores y visiones. Recuerdo que me maree y aguanté como pude porque pensé que si me marchaba no volvería a entrar en un quirófano. Fue un bautismo memorable.

-Parafraseando a Jorge Valdano, ¿los cirujanos tienen miedo escénico?

-No, en absoluto, no podemos. Los cirujanos tenemos conciencia plena de la responsabilidad del acto quirúrgico. El miedo escénico no cabe.

-¿Le pesó alguna vez ser jefe de cirugía de uno de los servicios más potentes del país?

-Pesa, sobre todo porque los de mi generación salimos muy bien formados como especialistas pero nos faltó formación en gestión. Estamos hablando de un servicio, el de Cirugía General del HUCA, que tiene 27 cirujanos, que hace 25.000 consultas al año y tres mil operaciones.

-¿Prefiere el quirófano a la gestión?

-Sinceramente no puedo decir eso porque nadie me obligó a ser jefe de servicio. De algún modo, cuando estás comprometido con tu profesión hay cosas que te gustaría cambiar y mejorar, y eso solo se puede hacer si das un paso hacia la gestión.

-¿Trabajó en la medicina privada?

-En los años noventa, pero lo dejé cuando el Hospital Central empezó con los trasplantes hepáticos, en 2002, porque entendí que mi implicación tenía que ser total en lo público.

-Los trasplantes de órganos tardaron en llegar a Asturias. Existe la sensación de que aquí todo cuesta un poco más, ¿es así?

-No creo que cueste más, el problema es que cuando se pierde un tren, alcanzarlo luego es más complejo, y eso fue lo que nos pasó con el trasplante hepático. Nos incorporamos algo más tarde, y hubo que cumplir unos requisitos más exigentes.

-¿Cuál fue su cirugía más difícil?

-Hay muchas, la verdad, pero a lo mejor recuerdo con más cariño haber operado una hernia estrangulada a una abuelita de 90 años y verla marcharse contenta a casa, fue una proeza técnica.

-¿No le da pena colgar la bata?

-Pena, no. Ya lo tenía decidido desde hacía tiempo. La vida tiene sus etapas y ésta es una más.

-¿Le propusieron seguir?

-Sí, fueron muy generosos, pero contesté que no.

-¿Qué cambios apuntaría de la medicina en estos 40 años?

-Muchísimos, desde el acceso al conocimiento por parte de los profesionales hasta la revolución tecnológica que estamos viviendo dentro y fuera de los quirófanos. Cuando empecé recuerdo que el bisturí eléctrico era un aparato más grande que una lavadora y metía un ruido tremendo (risas). También cambió nuestra relación con los pacientes. Antes, los enfermos eran sujetos pasivos y ahora, no.

-¿En materia de tecnología, es usted pro robot Da Vinci o anti Da Vinci?

-No lo plantearía en esos términos. Los médicos, por lo general, somos propensos a incorporar nuevas técnicas siempre que constituyan una mejoría. Cuando uno se enfrenta a nueva tecnología de alto coste, como es el caso del robot Da Vinci, hay que sopesar lo que se llama coste-beneficio.

-¿Y eso lo da el Da Vinci?

-En algunos campos, claramente, y en otros no tanto.

-Le voy a replantear la pregunta, ¿cree que un hospital como el HUCA debería tener un Da Vinci?

-Si se razona como lo expliqué antes, sí, sin lugar a dudas.

-La compra de ese robot llegó a estar prevista cuando se proyectó el nuevo HUCA, ¿qué pasó luego?

-Estaba casi hecho, no solo íbamos a tener un robot Da Vinci, sino dos, uno de ellos para docencia, pero al final llegó la crisis y los problemas financieros y se frenó todo.

-¿Cómo vivió el traslado al nuevo HUCA, allá por 2014?

-El traslado se merece dos comentarios: primero, que se tomó la decisión política, en mi opinión acertada, de que había que hacerlo sí o sí en ese momento. Y luego, lo segundo es que, una vez allí, se produjo el desastre que fue enfrentarse a un nuevo escenario desconcertante. Desde el sistema informático 'milennium', que fue algo endiablado, hasta la distribución de los espacios, las distancias... Fue abrumador. Tanto, que agotó la capacidad de resistencia de muchos profesionales. Conozco a más de uno que adelantó su jubilación al verse superado.

-¿Y ahora, qué tal?

-Lo paradójico es que ahora nadie se acuerda ya de eso, y aquellos recursos que nos martirizaban, y vuelvo a referirme al 'milennium', ahora son una herramienta fabulosa para trabajar. El problema fue que cuando nos trasladamos no sabíamos cómo manejarnos con todo lo nuevo.

-En Asturias faltan médicos, sin embargo, las nuevas promociones se marchan porque lo que les ofrecen, dicen, es totalmente precario.

-Hace veinte años, el Ministerio de Sanidad formó unas comisiones de trabajo para plantear necesidades de personal, y ya entonces señalamos qué especialidades iban a ser deficitarias para el año 2020.

-¿Y no se hizo nada?

-A la vista de los resultados, parece que no. Hay que tener en cuenta que formar un especialista lleva entre once y catorce años, no es algo que se pueda improvisar. Las previsiones estaban hechas pero nadie hizo caso.

-¿Se perdió el tren?

-Sí, una vez más. También hubo miedos corporativistas a abrir las especialidades a la entrada de profesionales.

-Hablemos ahora de listas de espera. Partiendo de la base de que van a existir siempre, ¿es posible lograr un equilibrio?

-Está bien esa acotación de que lista de espera va a haber siempre, porque es así. La lista de espera tiene que ser racional. Probablemente hay que empezar a introducir otros conceptos, además de los clínicos. Por ejemplo, un chaval de 20 años con hernia inguinal habría que operarlo lo más rápido posible porque para él es un proceso invalidante al cien por cien (no puede trabajar ni estudiar) mientras que otra persona de 65 años a lo mejor puede esperar un poco más.

-Hay procesos, como el de la cirugía bariátrica (reducción de estómago), que acumula demoras de años.

-Sí, es un proceso emergente que como enfermedad nueva nos ha superado. Asturias tendría que contar como mínimo con dos hospitales que hagan esa cirugía. El HUCA ya las hace, pero es claramente insuficiente. Hicimos un acuerdo con Santander para derivar enfermos, pero así y todo, no basta, hacen falta más recursos.