«Los voluntarios somos un apoyo importante en un momento muy delicado»

L. M. GIJÓN.

Numerosos estudios demuestran que las personas quieren morir sin dolor y, en la medida de lo posible, en casa, evitando el sufrimiento de sus familiares y permaneciendo junto a ellos hasta el final. Ocurre que, a veces, en ese proceso, se cuela un extraño que acaba convirtiéndose en casi de la familia de tan intensos que son los lazos emocionales que les unen. Los voluntarios de cuidados paliativos de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), una docena en Asturias, acuden allí donde se les llama, ya sea un hospital o al domicilio del paciente que afronta la fase final de su vida. Su función es básicamente la de acompañar. «Es una relación muy corta, pero muy intensa. Es increíble cómo puedes llegar a intimar con esas personas. Y, en realidad, siempre te llevas más cosas de las que crees que vas a aportar», cuenta Teresa Pérez del Molino.

Lleva dos de sus nueve años como socia de la AECC complementando la tarea del equipo de cuidados paliativos del Hospital Monte Naranco, para lo que ha recibido una formación específica. «Prestamos un apoyo importante en un momento que para las familias y el paciente es muy delicado». Empleada en una farmacia, Pérez del Molino suele cumplir con su labor de voluntariado una vez por semana, aunque no siempre la requieren. Cuando lo hacen, «somos muy bien recibidos».

Cuenta que en esos momentos compartidos al lado de los enfermos, son muchos los que «se sinceran contigo y te hablan de cosas que a la familia prefieren no contar para no generar más angustia». Ella escucha, les sujeta la mano -un gesto que sabe que a muchos reconforta- y se emociona, reconoce, «porque tienes que ir con la idea de entregar también parte de tus sentimientos».

De la decena de personas que ha acompañado en estos dos años mantiene indeleble el recuerdo de tres «con las que guardo una relación especial». Una de ellas, una mujer con la enfermedad de alzheimer ya muy avanzada. Solo estuvo con ella en una ocasión, pero le dejó huella. «Cuando entré en la habitación estaba jugando con un trozo de tela entre las manos. Le puse música y me senté a su lado. En ese momento me miró a los ojos y se puso a sonreír. Fue una emoción tremenda», cuenta. «Sé que son personas que se van a morir, pero yo no quiero olvidarlas. Las recuerdo con cariño». Esa labor «gratificante» que lleva a cabo cuenta también con el reconocimiento de los familiares. Como el de los hijos emigrados de una enferma que «nos escribieron una carta en la que decían estar impresionados de que fuéramos a cuidarla sin conocerla de nada».